Había que asegurarse. La declaración del día anterior de la acusada Carmen Rodríguez Quijano se había desarrollado entre tropiezos, dudas, equivocaciones, fechas que se iban y volvían, nombres que mutaban. Su intervención no debió ser muy provechosa para su propio derecho de defensa. El interrogatorio de su abogado se cortó cuando le quedaban apenas unos minutos: se dejó para la mañana siguiente. El presidente del tribunal consideró que sí, que así mejor.

Al juez Hurtado, cuando habla Quijano, se le intuye una expresión de piedad o de perplejidad detrás del bigote. El día 1 de diciembre, el hombre mantuvo esa mueca mientras ella aplanaba las hojas que había traído imprimidas de casa. Su defensor llegó con la intención de matizar y arreglar el entuerto que Rodríguez Quijano había montado. Ella observó el papel y se arrancó a leer según le iba indicando su abogado. Poco a poco, de sílaba en sílaba, nos percatamos de que el objetivo era desprenderla de responsabilidad; remarcar que, en todo momento, dependía de órdenes ajenas. Lo más práctico para comprender cómo quedó la intervención de la exmujer de Don Vito es compararla con una pared en ruinas: roturas, pegamento, restos viejos de papel pintado, humedades, alcayatas que no sujetan ningún cuadro. El abogado, todo lo más que consiguió fue aplicar un poco de masilla para disimular el estropicio.

Quijano regresó a su asiento. Sonó un resoplido de alivio general acompañado de un cascar de latas. Aquí se celebra todo abriendo refrescos. Cualquier día nos enteraremos de que detrás de la Gürtel está algún gerifalte de Coca Cola que trazó un plan muy fino para aumentar las ventas a largo plazo, y eso que corre el rumor de que uno de los botones de la máquina sirve cerveza. Con lo que va a durar el juicio, los vendedores de felicidad cerrarán unas cuentas estupendas.

La sala llamó a Jacobo Ortega, el hermano de Guillermo Ortega, exalcalde de Majadahonda. Jacobo se sentó amablemente, habló amablemente y escuchó y respiró y tragó amablemente. Era todo circunspección. Imposible adivinar el lazo de sangre que le une al 'Rata'. Uno es el negativo del otro. Cuando dos hermanos nacen con temperamentos distintos tienen dos opciones: armonizarse año a año o alejarse y tomarse cada nueva diferencia como una confirmación de uno mismo. Ese es el camino que tomaron Jacobo y Guillermo. La formalidad de Jacobo era tan religiosa que, por puro juego, era fácil fantasear con que realmente él fuera el capo en la sombra, es decir, que este pobre hombre desorientado y educado significara para la Gürtel lo que Gus Fring para los cocineros de metanfetamina de Breaking Bad. El hermano del exalcalde era tan convincente en el desconocimiento de cada uno de los hechos que le exponía la fiscala que daba pavor imaginarlo en el centro de todo, mirando a Correa con el desdén con que miran los líderes a los subalternos.

Si esto fuera una película de intriga, sin duda, Jacobo Ortega sería el malo malísimo. Pero no lo es (no jodamos). Ortega es sólo un señor al que su hermano utilizó, abusando de la confianza familiar, para colocarlo de testaferro en las sociedades Sundry Advices y Alcancia Corporate que se dedicaban a las inversiones en el sector inmobiliario y a camuflar y evadir dinero. El 'Rata' quiso desvincularse de estas sociedades para que los vecinos de su pueblo no concluyesen que dedicaba más tiempo a las empresas que a sus labores como alcalde. Dentro de su cordialidad, Jacobo, cada vez que pudo, disparó pullitas a su compañero de linaje. Su relación dejó de ser fluida cuando se enteró del percal: “El problema es lógico, yo estaba en unas empresas que pensaba que eran legales y un día me llama el abogado de mi hermano diciéndome que la policía me iba a citar para declarar al día siguiente”, lo contó con tembleque de voz. El exalcalde no le avisó de que la justicia investigaba las compañías.

El acusado, al que le piden 5 años de prisión, se subió al carro de Sundry y Alcancia sin mirar. “Confiaba en mi hermano, en aquel momento”. No conocía si tenían actividad o no, sólo recordaba que una de ellas poseía un salón de masajes. Fue propietario de las sociedades y firmó compras y ventas sin percatarse de unas operaciones sospechosas que olían a blanqueo desde el pueblo de al lado. El pueblo de al lado, por cierto, era Pozuelo: allí el devorador de gulas y exmarido de Ana Mato, Jesús Sepúlveda, gürteliano de pura cepa, enchufó a Jacobo Ortega en un puesto del ayuntamiento. Tranquilamente.

A todo esto asistía el aludido, Guillermo, desde su silla de palo. Días atrás ejecutó una estrategia que le salió redonda. Cambió de letrado cuando le quedaba una jornada para enfrentarse al tribunal. Enseguida, nada más acceder el nuevo defensor, trataron de retrasar su comparecencia porque el susodicho, recién incorporado, no tenía tiempo para prepararse el material. No coló. Al día siguiente ampliaron la reclamación: además de la incapacidad de agarrar las riendas de la defensa, resultaba que el 'Rata' sólo iba a responder a su abogado, ni ministerio público ni defensas; sólo a su defensa. Entonces sí coló. Hurtado aceptó que el exalcalde declarara el último del grupo de Majadahonda. Y ahí estaba, con la rebeca abierta, tomando nota de todo lo que se diga sobre él para construirse una defensa ventajosa. Guillermo Ortega, bromista, de descojone fácil y escandaloso, posee una virtud inteligentísima: sabe conseguir que no se le tome en serio.

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