El refino 'de los Muertos' de El Puerto: 73 años entre ataúdes, hilos, juguetes y un fraile

María del Carmen Fernández, de 85 años, comenzó en esta mercería del centro con 12 años cuando su tío la abrió junto a la carpintería donde hacía las cajas de los muertos

María del Carmen Fernández junto a su hija Carmen Carmona en el refino de los muertos.
María del Carmen Fernández junto a su hija Carmen Carmona en el refino de los muertos. Autor: Manu García

Una mañana cualquiera, apoyada en su bastón, María del Carmen Fernández, a sus 85 años, acompañada de su hija Carmen Carmona, entra por la pequeña puerta del refino de los muertos. La mercería donde ha crecido y en la que lleva toda la vida entre hilos, agujas y elásticos. Ya han pasado 73 años de aquel 8 de diciembre de 1947 cuando se inauguró el negocio. Una fecha que la portuense tiene grabada en su mente. Fue su tío Enrique Rodríguez García el que decidió montar este local para su sobrina en el centro de El Puerto, justo al lado de su carpintería. “Yo me quedé sin madre y me criaron ellos, en aquella época mi tío era el único carpintero que hacía las cajas de los muertos”, comenta María del Carmen desde el mostrador.

Con apenas 12 años, se metió en la tienda y desde entonces no ha salido de ella. “Mi tía es la que estaba aquí, y cuando venía del colegio la ayudaba por las tardes, me quedaba y hacía los deberes”, recuerda la que estaba acostumbrada a ver a su tío cortar la madera para los ataúdes. Entusiasmada, María del Carmen echa la vista atrás a los años en los que la plaza se llenaba de gente que pasaba por delante de su escaparate movible. “Esto era una bendición, pero con las grandes superficies se fue perdiendo”, añade.

"Mi tío era el único carpintero que hacía las cajas de los muertos”

La tienda fue bendecida por los sacerdotes de la Iglesia Mayor Prioral y se colocó a la Virgen de los Milagros en una estantería que ahora tiene más de un siglo y en ella reposan bobinas, lanas, cajas y todo tipo de objetos para la costura. “Dentro tenemos una sala muy grande que estaba llena de madera, venía un camión con los tablones y el olor de las maderas me encantaba”, dice. El refino fue bautizado como Casa Rodríguez, pero el nombre que ha trascendido es otro, “de los muertos” en alusión a la labor que hacía su tío en esas cuatro paredes.

María del Carmen Fernández durante la entrevista.
María del Carmen Fernández durante la entrevista. Manu García

“Pensamos que alguien mandó a algún chiquillo a comprar, vete allí, donde hacen las cajas de los muertos, donde los muertos, y los muertos, los muertos y así se ha quedado”, comenta al lado de su hija Carmen, atenta a la historia de su madre. A sus 54 años, ella saca adelante el local en el que lleva “desde que estaba en la barriga”, expone María del Carmen que recupera los recuerdos de cuando “ponía una tabla, ponía a la niña encima y las clientas me la aguantaban”. Una vivencia que se repitió para su hija. “Esto es nuestra casa, ahí está el patio, la cocina, cuando mi abuelo necesitaba, me llamaba: -Chiquita baja”, relata la que se decantó por seguir los pasos de su madre cuando cumplió la mayoría de edad.

Carmen estudió y estuvo trabajando en el Juzgado, “pero la juventud es la que me hizo venirme para acá, además había empezado a salir con mi novio en aquel entonces y él también tenía un negocio”. El curso de su vida tiró por ese camino y con el tiempo se impregnó del mundo de las labores. Desde entonces siempre le han encantado y sigue realizándolas, sobre todo, hace ropa para bebés de ganchillo y de punto.

Aunque en la mercería ofrecen calcetines, medias y botones, los artículos propios del negocio, en otros tiempos han vendido bisutería fina, platos y vasos y hasta colonias a granel. “Los sábados venía la gente y decía mira, dame una peseta de colonia”, dice María del Carmen señalando unos tarros vacíos donde se depositaban las fragancias. Según cuenta, también ofrecían lo que se conocía como brillantina para el pelo, y bolsitas de champú para un solo lavado.

María del Carmen en el interior de la mercería de la calle Ricardo Alcón.
María del Carmen en el interior de la mercería de la calle Ricardo Alcón. Manu García
La portuense durante el encuentro con lavozdelsur.es
La portuense durante el encuentro con lavozdelsur.es. Manu García

Además, el refino contaba con juguetes de todo tipo. “A mí me han dado las cinco de la mañana del día de los Reyes vendiendo juguetes, cuando los niños estaban durmiendo venían los padres a recogerlos. Teníamos una habitación arriba llena de apartados, eso era horroroso”, comenta María del Carmen, que casualmente dio a luz a su hija justo después de una larga jornada repartiendo los regalos.

“A mí me han dado las cinco de la mañana del día de los Reyes vendiendo juguetes"

En el refino de los muertos ya no se encuentran muñecos, pero sí los almanaques de Fray Leopoldo, al que veneran muchos portuenses. Se trata de un punto de venta al que se acercan los devotos de este fraile. Aquellos que cada año esperan con ansia al mes de agosto para comprar su calendario. Las Cármenes empezaron a ofrecer este tipo de artículos, cuanto menos curiosos para una mercería, motivadas por una clienta de la barriada de la Vid que se los regalaba. “Un año me dice esta señora, este año no vamos a tener almanaque de Fray Leopoldo y le digo, no te preocupes que voy a buscar el teléfono y voy a llamar”.

Cartel de Fray Leopoldo a la entrada de la mercería.
Almanaque de Fray Leopoldo a la entrada de la mercería. Manu García

Y así lo hizo, la dueña se puso en contacto con el convento de Capuchinos de Granada donde se encuentran los restos del beato. “Desde entonces vendo todos los años trescientos y pico de almanaques”, cuenta la que conoce al dedillo la historia del fraile. Según ella, “es muy milagroso, cuando mi hijo hizo la oposición para el Ayuntamiento, una compañera le dio una estampita de fray Leopoldo para encomendarle a él y la sacó”.

La mercería está repleta de artículos pequeños que cuestan muy baratos. Según María del Carmen, cada vez hay menos locales como el suyo porque “tiene muy poco margen, el metro de elástico vale 20 céntimos, y una aguja o un botón 10, de mijita en mijita, quién me deja a mí ese precio, para hacer una buena caja tienes que vender mucho”.

Madre e hija ya tienen experiencia en el negocio y conocen a la perfección los recovecos del refino. “Muchas veces nos preguntas cómo nos acordamos de dónde están las cosas, son tantos años ya que se queda grabado”, expresa María del Carmen, que sigue haciendo las cuentas de cabeza, sin utilizar la calculadora de números grandes que sus hijos le compraron.

Carmen Carmona en el mostrador.
Carmen Carmona en el mostrador. Manu García

La portuense disfruta de las horas que comparte con su hija en este rincón al que también azotó la pandemia. Como todos los comercios, este tuvo que cerrar durante los meses del confinamiento. Para Carmen fue un golpe muy duro dejar de atravesar la pequeña puerta de la mercería. Nunca lo había hecho. “Yo decía cuando yo abra la gente se habrá olvidado de mí”, comenta con lágrimas en los ojos. Le emociona recordar la acogida que tuvo los primeros días de desescalada. “Si tu vieras las colas de gente esperando en la puerta, es muy fuerte, es una ilusión de verdad”.

Su madre la mira de reojo y tampoco puede contenerse. “Somos unas lloronas”, ríen agradecidas por el calor que siempre han recibido de su clientela, a la que, después de tanto tiempo ya consideran de la familia. Según cuentan, “hay cuatro o cinco que vienen a diario, a lo mejor no compran nada, pero se vienen aquí a charlar con nosotras, son amigas”.

En la mercería de los muertos, no hay ni un cadáver, solo se encuentra el esfuerzo de esta familia que tira hacia delante pese a la crisis. Ellas observan que el aislamiento hizo que muchas personas comenzaran a dedicarse a labores de costura en sus hogares. “Al estar tanto tiempo en casa la gente ha buscado y se han agotado las bobinas, las cintas métricas las agujas de hilvanar cosas así de costura, que se vende, pero no con esa intensidad de estar acabándose”, expone Carmen.  

Algún que otro bache casi acaba con la mercería, que, dándole una patada a su nombre, está más viva que nunca. “Aquí estamos, a ver el tiempo que aguantamos”. Sus ojos lo dicen todo.

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