Más de medio siglo en la joyería Fernando Marín de El Puerto: “Nos han pedido medallas muy raras”

Los hermanos Fernando y Mercedes Marín continúan la tradición en este negocio especializado en temática religiosa y fundado por sus padres en 1969 que se adapta a los tiempos y cuida a su clientela fiel como si fuera oro

Los hermanos Fernando y Mercedes Marín junto a sus padres y a Mamen Peinado en la joyería de El Puerto.
Los hermanos Fernando y Mercedes Marín junto a sus padres y a Mamen Peinado en la joyería de El Puerto. MANU GARCÍA

Frente a un escaparte repleto de pendientes, anillos, broches o pulseras que relucen a través del cristal se detienen generaciones de familias.  En la plaza Isaac Peral de El Puerto un negocio con solera se hace notar pese al transcurso de los años y a los contratiempos pandémicos. La joyería Fernando Marín sigue brillando tras más de medio siglo en el foco de la actividad comercial. Ya han pasado 52 años desde que el cordobés Fernando Marín Rodríguez y la portuense Consuelo García Máiquez, inauguraran este espacio justo al lado de la panadería que regentaban, primero los abuelos, y luego los padres de ella. “Mi marido es joyero artesano, trabajaba en un taller de Córdoba en la cocción del oro, haciendo piezas, conoce todo el entramado”, explica Consuelo desde el interior del local.

El matrimonio decidió emprender en la ciudad gaditana debajo de la que ahora es su casa el 3 de noviembre de 1969, coincidiendo con la festividad de San Martín de Porres. “Mi madre era muy devota, y el 2 era el día de los difuntos”, recuerda apoyada en un mostrador. Una fecha grabada en su mente que indica sin que le cueste trabajo rescatar. A Consuelo se le dibuja una sonrisa en el rostro al revivir los inicios de esta joyería donde antaño se colaba el olor a pan recién hecho. “Esto fue el día antes de abrir”, dice señalando una fotografía en blanco y negro enmarcada. En la imagen, dos jóvenes se muestran ilusionados por la nueva etapa que estaba a punto de comenzar.

Fernando sujeta una fotografía de sus padres.
Fernando sujeta una fotografía de sus padres. MANU GARCÍA

“Los inicios de un negocio siempre son duros. Nuestras primeras clientas fueron las que venían a comprar el pan”, cuenta a lavozdelsur.es. Con el tiempo, Fernando empezó a darse a conocer como joyero y pronto se ganó a su público gracias a su profesionalidad. Desde un pequeño taller manipulaba los materiales mientras en el local de al lado se elaboraban las barras y las vienas hasta el 5 de octubre de 1980, cuando la panadería cerró sus puertas.

“Antiguamente se vendía bastante mejor el oro”

A partir de ese momento, se llevaron a cabo ampliaciones hasta formar las salas que presenta en la actualidad. “Ahí es donde Fernando se puso su taller para hacer las piezas nuevas y los arreglos”, explica apuntando a una puerta cerrada. Al comienzo, las ventas en el negocio apuntaban a un metal precioso que ya apenas se estipula. “Antiguamente se vendía bastante mejor el oro, pero llevamos unos años que el poder adquisitivo ha bajado”, comenta Consuelo. A su lado, Fernando y Mercedes Marín García ponen el mostrador a punto. Sus hijos conocen al dedillo los entresijos del local y forman parte de la segunda generación que relevó a sus padres a finales de los años 90.

Consuelo García durante la entrevista.
Consuelo García durante la entrevista.  MANU GARCÍA

“Nos hemos ido adaptando a lo largo de los tiempos a todas las tendencias. Hemos asistido a ferias para ver qué se llevaba en cada momento. Somos una joyería muy dinámica y siempre estamos evolucionando”, comenta Fernando, el hermano pequeño, que entró a trabajar con sus padres recién salido de una escuela de joyería en Córdoba. “Pero de chico siempre estaba aquí y en navidades echaba una mano”, dice el portuense, que acumula 20 años entre metales junto a su hermana. Mercedes comenzó en el local en 1998 pero con 16 años ya ayudaba a su familia. “Como todavía no podía atender, lo que hacía era envolver los regalos”, añade.

Juntos han vivido los cambios que ha sufrido la joyería en las últimas décadas. Para ellos, la clave del éxito está en la constante renovación, adaptarse a las nuevas tecnologías, estar presentes en las redes sociales y añadir nuevas colecciones. “Ahora se venden cosas en acero y hemos experimentado con otros metales como la plata dorada, el metal chapado o el latón dorado antialérgico, tenemos una colección de piezas arqueológicas de la provincia hechas con este material”, detalla Fernando con entusiasmo.

Pulsera de El Puerto en la joyería Fernando Marín.
Pulsera de El Puerto en la joyería Fernando Marín.  MANU GARCÍA

El joyero destaca entre sus múltiples opciones para regalos una pulsera que rinde homenaje a El Puerto. “Somo la única joyería que la vende”, comenta mientras muestra el accesorio de plata compuesto por cinco piezas. La Iglesia Mayor Prioral, el Castillo de San Marcos, la plaza de toros, botas de vino y un corazón grabado cuelgan de la cadena. Un recuerdo con lo más representativo de la ciudad muy demandado, sobre todo, por los visitantes. “La hemos enviado a muchas partes de España y a Inglaterra, Italia o Suecia”, explica.

“Somos una joyería muy dinámica y siempre estamos evolucionando”

Otros de los artículos más característicos de la joyería son aquellos relacionados con la temática religiosa, en la que está especializada. Medallas, crucifijos o relicarios que también han viajado a otras ciudades. “Nos han llamado personas buscando medallas muy raras”, expone Fernando que menciona cuando una señora se acercó desde Algeciras en busca de una que estuviera grabada con la patrona de Cuba, Nuestra Señora de la Caridad del Cobre.

Mamen y Consuelo en el mostrador.
Mamen y Consuelo en el mostrador del negocio portuense. MANU GARCÍA

Además de la joyería, el negocio sumó objetos de decoración y artículos de regalo entre los que triunfan los detalles para bebés. En la entrada, Mamen Peinado echa un vistazo a su alrededor. La portuense lleva 46 años atendiendo a los clientes y asesorándoles en sus peticiones. “Para mí es como una hermana, mucha gente piensa que soy su madre”, expresa Consuelo. Entró en el negocio en 1975 tras unos días de prueba, “me acomodé y me quedé super a gusto”, confiesa la empleada. Sus ojos también han contemplado la evolución de este comercio que sigue manteniendo a su clientela fiel, “prácticamente familia”.

Una pareja que se asoma a la puerta da fe de ello. “Llevamos 46 años viniendo y jamás nos hemos ido defraudados, al revés, si no, no hubiésemos vuelto”, comenta. Para Consuelo, el secreto para estar tantos años al pie del cañón reside en “la confianza mutua” que guarda con las familias. “Hay que dar muchas facilidades, yo te lo llevo, te lo traigo, te lo recojo, te lo pongo y te lo quito”, dice Mamen con desparpajo.

Unos clientes fieles entran en la joyería.
Unos clientes fieles entran en la joyería.  MANU GARCÍA

La familia lanza sus reflexiones poniendo en valor la cercanía que presenta el comercio local. “La gente necesita ser escuchada, en un centro comercial nadie oye y todo el mundo va corriendo, aquí se pueden llevar hasta una hora”, destaca Mercedes al otro lado del extenso mostrador. Y sobre todo, lo más importante es no vender humo. “Cuando dices la verdad, la gente se siente cómoda y vuelve”, apunta Mamen.

Aunque la pandemia ha golpeado al casco histórico y “se ha notado bastante”, el negocio avanza firme, según Fernando, con “mucho esfuerzo y tesón, este tipo de negocios es de ir al día, pero siempre con optimismo”. Los hermanos Marín se han percatado más que nunca de que “esto es un círculo, si falla uno, fallamos todos”. Se refieren a los clientes de la hostelería que, cuando marchan, pueden regalar joyas a sus familiares. De momento, la familia afronta con actitud todo lo que venga y sigue al tanto de las últimas novedades. Modernidad, tradición y trato sacan adelante a este negocio histórico al que muchos le guardan un cariño especial.

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