Los tercios españoles que lucharon en Flandes —lo que hoy son los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y la región francesa de Artois— intentaron evitar la independencia de estos territorios, que querían separarse de la Corona española, algo que finalmente consiguieron. La conocida también como Guerra de los 80 años terminó a mediados del siglo XVII y en ella participaron una media de 65.000 soldados españoles que, para combatir el frío en esas regiones centroeuropeas, iban ataviados con mantas de Grazalema. Esta anécdota es una buena muestra de la importancia y honda tradición textil de la zona, que se mantiene hoy día, aunque mucho más atenuada.

La pequeña localidad de Grazalema, que cuenta con poco más de 2.000 habitantes, tenía más de 9.000 a finales del siglo XIX, cuando la industria de la lana sostenía la economía del pueblo. De hecho, trabajaban en ella unas 4.000 personas, casi la mitad de la población, en las diez fábricas que existían por aquel entonces. Hasta el Rey Felipe V otorgó privilegios a los fabricantes textiles. “Por ello se puede apreciar la grandísima importancia que tuvo este pueblo desde tiempos antiguos como centro eminentemente fabril hasta hace algunos años en que, por desgracia, ha decaído”, escribía Romero de Torres en referencia a la importancia de este sector en el municipio.

Ahora solo sobrevive una fábrica, Artesanía textil de Grazalema, que sigue haciendo mantas, ponchos, bufandas o chales de forma artesanal. La lana, de ovejas merinas, y de una gran calidad gracias al clima húmedo de la zona —es uno de los municipios donde más llueve de España—, permite que el pasto sea bastante abundante y las ovejas críen un magnífico pelo que luego convierten en ropa de abrigo.

Mario Sánchez forma parte de la cuarta generación de productores de mantas de la única fábrica que se mantiene, a las afueras del pueblo. Allí está desde los años 40 del siglo pasado, cuando Vicente Narváez decidió, con la llegada de la energía eléctrica a la localidad, ampliar las instalaciones —llevaba produciendo mantas desde 1908— y trasladar la fábrica de hilados y tejidos de lana Nuestra Señora del Carmen, de la que se conservan los rótulos en la entrada al recinto. Luego tomó el relevo José Mario Sánchez Román, abuelo de Mario y sobrino de Vicente, que creó la actual Artesanía textil de Grazalema SA en 1986, incorporando los primeros telares mecánicos. Su hijo, José Mario Sánchez Campuzano, padre de Mario, tomó el relevo en 1995 y se mantiene hasta hoy día.

“Esto es historia del pueblo”, dice Mario durante la visita a las instalaciones, unas naves que tienen más de 100 años de antigüedad. Como alguna de la maquinaria que todavía conservan, como un batán del siglo XIX —que golpea los tejidos con unos mazos de madera húmedos para compactarlas y que ganen en calidad y resistencia—, que cuidan con mimo. “Oyeron un gran estruendo similar a un gran salto de agua. Sancho sintió miedo porque además se empezaban a oír los golpes de unos hierros y cadenas que rítmicamente golpeaban algo...”, así describía Miguel de Cervantes en El Quijote el sonido que produce esta maquinaria

Además, la fábrica de mantas de Grazalema también tiene un tren de cardaje —para sacar el pelo a los tejidos—, la maquinaria de hilatura, telares de madera —que perfilan el dibujo— y perchas de cardos naturales —para quitar el pelo sobrante—. Los flecos se hacen a mano, enrollando la tela en la palma de la mano y haciendo un nudo al final, algo que marca la denominación de origen de las mantas grazalemeñas.

“Para este trabajo no vale cualquiera”, señala Mario Sánchez, que apunta que hay que ser muy hábil con las manos y tener paciencia para poder dedicarse a este sector que, desgraciadamente, no es lo que era hace un siglo: “Había 4.000 personas trabajando el textil, éramos como Ubrique con la piel, pero la Revolución Industrial, la falta de mejores comunicaciones y la aparición del algodón nos lastró”, cuenta Mario, que cuenta que éste “es un trabajo de chinos”, pero que “no había forma de hacerlo de otra manera para conservar la tradición”.

Los numerosos visitantes que recibe la zona mantienen a una industria que busca adaptarse a los nuevos tiempos. La fábrica de mantas, cuenta Mario, exporta textil a Francia, Reino Unido, Holanda o Japón, aunque señala que las exportaciones representan apenas un 15% de su facturación. Ahora se afana por fomentar la venta online. “Nos salva el turismo”, señala Mario Sánchez. Como a tantos otros negocios de la provincia.

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