Las fórmulas magistrales de la farmacia Viqueira: 74 años aprendiendo a "leer las recetas de los médicos"

Los hermanos Florencia y José María Viqueira rememoran la evolución de este comercio histórico ubicado en el casco antiguo de El Puerto desde 1903 que ha "llevado los medicamentos a las casas de los mayores" en pandemia

Florencia y José María Viqueira en el mostrador de la farmacia.
Florencia y José María Viqueira en el mostrador de la farmacia. ESTEBAN

En la esquina de la calle Larga con Palacios hay un rincón de El Puerto que tiene solera. La farmacia Viqueira se erige como un auténtico museo que revela los orígenes de esta materia. La esencia de las boticas se respira en este establecimiento longevo donde los hermanos Florencia y José María viven los entresijos de la profesión desde hace más de 40 años.

Una caja registradora con tecnología alemana del primer tercio del siglo XX que sigue funcionando “con corriente continua de 50 hercios”, o un suelo de losa de tarifa del siglo XIX alardean la antigüedad de esta farmacia que conserva la estructura básica y el mobiliario original. Es la única de la ciudad que todavía no ha sufrido reformas y remodelaciones. Se mantiene, intacta —con pequeños arreglos lógicos— desde que entre 1902 y 1903 dejara de ser un bar.

José María utilizando la caja registradora.
José María utilizando la caja registradora.  ESTEBAN

Por entonces, la farmacia, que ya existía en un local de la misma calle, se trasladó a su ubicación actual. José María, el hermano mayor, rebusca entre unos documentos antiguos guardados en una carpeta para desentrañar la historia del lugar.

Según las escrituras, en el año 1933, pasó a manos de José Luis Fernández Pernía tras comprársela a Víctor Ojeda, un republicano que no sabía que dejaba el local al cargo del que en 1947 solicitaría un nuevo regente porque debía incorporarse a las filas en el bando nacional. Fue en ese año cuando el jerezano, nacido en la calle Sol, José María Viqueira Prieto, su padre e inspector farmacéutico municipal, colgó un letrero de madera con su nombre sobre el mostrador de la farmacia. “Fui al archivo municipal y estuve buscando licencias y papeles, he ido tirando de los hilos, pero el archivo sufrió un incendio en la Guerra Civil”, comenta el farmacéutico analista que quiso conocer el pasado del espacio donde ha crecido.

En un habitáculo ‘secreto’ repleto de manuales, el portuense, cuarterón del Cristo de la Expiración de Jerez, muestra —su medalla con orgullo— varias fotografías del siglo pasado. “Esta sería de la época de la gripe española porque aparece quitado el mostrador, y aquí está el cartelito: -Se recomienda no escupir por razones de higiene”, explica sujetando curiosas imágenes. José María se detiene en una de ellas en la que se observa al mismísimo Rafael Alberti en la farmacia. El literato, a su regreso a España, en 1978, cuando salió Diputado del Partido Comunista por Cádiz, visitó a los Viqueira. “De joven, antes de irse a Madrid, estuvo trabajando aquí, estuvo aprendiendo de mozo a ver si le gustaba, probó varios oficios”, cuenta.

El farmacéutico muestra las fotografías.
El farmacéutico muestra las fotografías.    ESTEBAN

Cuando su padre falleció en 1983, sus hijos, Florencia y José María, se hicieron cargo, el farmacéutico volvió de Málaga, donde ejercía, y al poco tiempo, su hermana se incorporó al negocio. “Yo he nacido aquí arriba, antes se nacía en las casas, y de ahí arriba me he venido aquí abajo, yo no me he ido de aquí nunca”, comenta Florencia entre estanterías de medicamentos y armarios con encanto.

“Antes el médico escribía de puño y letra y aquello no había quien lo leyera”

Juntos, han vivido la evolución de las boticas. Cosas que se han perdido y otras que han llegado, “para bien”. El cambio más agradecido fue la llegada de los ordenadores. “Antes el médico escribía de puño y letra, y aquello no había quien lo leyera”, dicen. Para los farmacéuticos “ha sido gloria bendita” dejar de ver las letras de los doctores. Cada caligrafía era un misterio complejo de descifrar. José María recuerda aquellas guardias en las que recurría al Vademécum con esperanza. “De pequeños mi padre nos decía: -Sentaos ahí para ir aprendiendo a leer la receta. Cuando terminabas la carrera, había que aprender a leer a los médicos y poco a poco las vas conociendo. No es como ahora que metes la tarjeta y ya está”, relata Florencia. Para ella, las claves eran “un poquito de intuición, entre lo que pone y lo que tu conoces”.

El portuense señala el curioso cartel.
El portuense señala el curioso cartel.   ESTEBAN

En las recetas, de señalar los principios activos se pasó a indicar las marcas, “y ahora hemos vuelto otra vez al principio activo”. Aunque en la actualidad “todo está un poco más industrializado”, los Viqueira destacan que lo que no se ha perdido es el trato con las personas. La familia lleva dando consejos a generaciones y generaciones de portuenses que han confiado en su profesionalidad. “Tenemos pacientes de la época de mi padre, que ya ni viven por aquí, se fueron a la periferia, pero siguen viniendo. Y vienen niños a los que yo he pesado de bebés”, explican.

Muchas son las anécdotas que se les vienen a la cabeza después de tantos años despachando. Una vez, a un hombre le recetaron unas gotas para el oído para ingerir por vía oral, pero él se las puso directamente en la oreja. Cuando Florencia le advirtió dijo: “-Pues me las voy a seguir echando en el oído porque me han ido super bien”.

Exterior de la farmacia.
Exterior de la farmacia.  ESTEBAN

Desde la farmacia, los hermanos también se han tenido que enfrentar a los contratiempos de la pandemia. En los primeros meses del confinamiento las pasaron canutas. Sin más remedio que seguir al pie del cañón, se toparon con la escasez de recursos. “Estábamos sin mascarillas, sin mamparas, sin geles, sin alcohol, no había nada, y eso en una farmacia no ha faltado nunca”, señalan. Al principio se sintieron “desprotegidos” ante una tempestad que todavía no cesa. Según José María, “fue grave, el Gobierno llegó a las centrales de compra y lo requisaron todo”.

“Estábamos sin mascarillas, sin mamparas, sin geles, no había nada"

Pese a las circunstancias, los Viqueira no dejaron de atender a los clientes y continuaron con su labor. “Nosotros hemos llevado medicamentos a las casas de las personas mayores que viven solas, mi hermano ha tenido que ir a sus casas, coger la tarjeta, traerla, preparar el pedido, y volver a llevarlo”, explica Florencia que también destaca las labores de desinfección diarias que tuvieron que acometer.

La farmacia era el único establecimiento abierto en la calle en aquellos meses. Solos, pero no desamparados.  Según comentan, “la Policía nos ha protegido, ellos pasaban y se acercaban. En ese sentido super bien, además, el Ayuntamiento mandaba a Apemsa a que desinfectara las puertas con mangueras todos los días, esa labor no se ha visto”.

Florencia con los botes antiguos.
Florencia con los botes antiguos.   ESTEBAN

Entre vivencias, José María se adentra en el interior del local hasta llegar a una sala con un laboratorio de lo más pintoresco. Una reliquia escondida donde se realizaban las fórmulas magistrales. Por sus manos han pasado recetas de todo tipo, algunas inverosímiles, desde “reposo relativo” hasta “un detergente” y otras que ha preparado en la mesa a base de mezclas.

Un sinfín de tarros reposan en un estante, y otros tantos sobreviven al paso del tiempo dentro de una vitrina a la que Jose María llama “la sacristía” en términos bodegueros. Los botes más preciados, etiquetados y ordenados, contienen polvos, extractos o tinturas que ya no se usan. “Son muy antiguos”, confirma poniendo su dedo índice en el cristal. Una caja de aspirinas de 1924 o ampollas de Suiza son otros de los tesoros que siguen guardados en los recovecos del local. 

Ampollas.
Ampollas.   ESTEBAN
Caja de aspirinas.
Caja de aspirinas.  ESTEBAN

En el laboratorio, ya solo se elaboran soluciones para la caída del pelo. Los preparados artesanales pasaron a la historia desde que las grandes industrias empezaron a comercializarlos en cajas. Las palabras de Florencia retumban en las vetustas paredes. “Antes todo eran formulaciones prácticamente, el médico recetaba y nosotros preparábamos el medicamento para cada persona”.

Los Viqueira conocen al dedillo la profesión, son muchos años de experiencia en este establecimiento que perdura en el imaginario colectivo de la ciudad. Son la última generación de la familia que lleva cuidando a los portuenses con dedicación y sacrificio desde hace 74 años. “No tenemos hijos farmacéuticos, esto te tiene que gustar, he estado días de Reyes aquí con mis niños chicos”, dice Florencia. Acaba de contar “lo que ha sido toda la vida de Dios una botica”.

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