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La izquierda aparece titubeante, a veces incluso entregada.

En las numerosas encuestas que los medios de comunicación nos regalan, en los últimos tiempos, encontramos una coincidencia permanente. Al margen de la clasificación, en la que PP y Ciudadanos se intercambian, según la encuesta, el primer y segundo puesto, la victoria de la derecha política, a la que ambas formaciones representan, parece asegurada. El segundo rasgo que presentan, también coincidente, y sorprendente en mi opinión, es la resistencia del partido gobernante al desplome. Con un problema estructural de corrupción y con una política económica que ha laminado a casi la mitad de la clase media de nuestro país, que ha generalizado el pago de salarios por debajo del umbral de supervivencia y que está provocando grandes bolsas de exclusión social —todo ello en un país de asalariados—, el Partido Popular resiste sorprendentemente bien.

Junto a los dos rasgos ya señalados, la tercera característica, igualmente coincidente, es el auge de Ciudadanos que, tras su buen papel en las elecciones catalanas —en lo electoral y en lo discursivo—, parece haberse convertido en el recambio previsto, por el poder financiero y la gran empresa, cuando se confirme, finalmente y si es el caso, el descalabro electoral del partido de Rajoy. Y, finalmente, la cuarta coincidencia, presente en casi todas las encuestas, es la derrota de la izquierda en su conjunto. Con un Partido Socialista fragmentado, ocupado en sus cuitas internas más que en hacer oposición y elaborar y proponer discurso alternativo, y con un Podemos zigzagueante en lo discursivo, y que viene perdiendo apoyos elección tras elección, la izquierda, como dijo un amigo, se ha instalado en la irrelevancia.

Centrándonos en la izquierda, habría que señalar que esta situación descrita, someramente, no es exclusiva de nuestro país. Bastará una ligera mirada a nuestro entorno más cercano para comprobar cómo también en Alemania, en Francia o en Italia, la izquierda, democrática y reformista, no pasa por sus mejores momentos. Al margen de las circunstancias biográficas concretas de cada país, que también existen, se dan, sin embargo, razones comunes a todos ellos. La implantación del estado de bienestar, la aplicación de políticas económicas keynesianas y la ampliación de los márgenes de libertad, individual y colectiva, instauradas tras la segunda guerra mundial, ante la amenaza del comunismo y la política de bloques, vinieron a significar la generalización de una buena parte del programa de la socialdemocracia occidental. Y quizás este hecho, al tiempo que lideraba —el discurso socialdemócrata, digo— el período de mayor crecimiento económico y de redistribución jamás conocido, provocara que los pensadores de la izquierda, democrática y reformista, se tomaran  unas prolongadas vacaciones.

Y tan prolongadas, que no han sabido reaccionar ante la ofensiva ultraliberal pergeñada a partir de los años ochenta del pasado siglo y que ha alcanzado su cénit en la respuesta impuesta a la crisis iniciada en 2008. Esta ofensiva del liberalismo más rancio, aunque pretendidamente moderno —al fin y al cabo no nos proponen más que la vuelta al siglo XIX—, tiene como características esenciales la contención del gasto público, la desregulación de los mercados y  la reducción a la mínima expresión del estado de bienestar, las privatizaciones de tradicionales servicios esenciales de la comunidad y reformas laborales que reducen los derechos de los trabajadores y, sustancialmente, el papel de los sindicatos. Y todo ello bajo el eufemístico nombre de “reformas estructurales”, palabro pretendidamente técnico para esconder una realidad muy antigua.

Sin embargo, ante una ofensiva de calado tan hondo, la izquierda no ha tenido respuesta. Aparece titubeante, a veces incluso entregada, con una incapacidad manifiesta de explicar, con un lenguaje nuevo y claro, cómo corregir, eliminar o reducir en lo posible, los desequilibrios socioeconómicos que a tantas personas afectan, sobre todo, como consecuencia de las recetas aplicadas para superar la crisis. En España, además, están más preocupados por superar a la formación con la que se juegan el espacio, que en proponer un proyecto alternativo e ilusionante. Aunque en eso anda también la derecha española, distraída con sus querellas domésticas..

Parece evidente, por tanto, que las izquierdas, española y europea, la democrática y reformista, necesitan repensar el proyecto alternativo. Elaborar un lenguaje nuevo y claro,  adaptado a las muevas realidades y que permita explicar con perspectiva los nuevos procesos económicos y sociales. Al mismo tiempo, y como elemento que contrarreste el individualismo imperante, resulta imprescindible reconstruir una cultura del bien común, que restituya el valor de lo público, como instrumento imprescindible para la cohesión social. También, y en este sentido, se hace indispensable la recuperación de la idea de la Europa Social, y del protagonismo que nunca debió perder.

La redefinición de la estrategia de defensa del Estado de Bienestar, joya de la corona que se encuentra en verdadero peligro, incorporando un nuevo catálogo de los estados de necesidad a proteger, es otro de los campos sobre los que, en mi opinión, debe reflexionar la izquierda. Así mismo, la definitiva revolución de las mujeres, transformando los reconocimientos en efectividad, debe ser un elemento esencial en el nuevo proceso de recuperación de la izquierda, porque la misma o pasa necesariamente por la incorporación de la efectiva igualdad de género, o no será. Finalmente, hay que recordar que los movimientos reivindicativos acaecidos en nuestro país, en los últimos meses, han sido impulsados al margen de las estructuras de representación, tradicionales, políticas y sindicales, lo que viene a confirmar la incapacidad de las mismas para la reacción. La izquierda en su tempestad o el drama de la izquierda, ardua tarea.

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