En el mercado de las grandes inversiones millonarias no existen los acentos. Las transacciones bancarias se hacen en silencio y los activos financieros se entienden mejor con billetes que con palabras. De modo que la última operación sonada poco antes de las doce campanadas de fin de año, la de la venta de la Torre Pelli, como se conoce también la oficialmente llamada Torre Sevilla -por el apellido del arquitecto argentino que la diseñó, César Pelli-, no ha necesitado a Andalucía ni a Sevilla, en cuyo suelo arraigan los cimientos del mayor rascacielos de esta tierra, para llevarse a cabo. Es lo que tiene la aseada globalización.

Pero la operación es ya un hecho que, en rigor, no se cerrará definitivamente hasta finales de este primer trimestre de 2026, una vez que Caixabank, la todavía propietaria en los papeles, acabe la segregación legal del edificio CaixaForum, que es lo único que no se vende, con respecto al conjunto de la Torre en sí, el centro comercial y hasta el aparcamiento subterráneo con 3.000 plazas. Todo eso sí se ha vendido, por unos 130 millones de euros, según las primeras informaciones publicadas por la gestora Argis, la nueva dueña de Torre Sevilla y todo lo que la rodea (excepto CaixaForum), que es una gestora de capital (de origen argentino; qué curioso, como el diseñador del rascacielos) integrada por fondos y oficinas en Uruguay e Israel.
La noticia parece haber impactado poco en la ciudadanía sevillana en general, cuya clientela del centro comercial que rodea a la impresionante torre de 180 metros de altura va y viene estos días como siempre, comprando en el Primark, devolviendo regalos en Calzedonia o en Parfois o eligiendo nuevo móvil por las tiendas de tecnología que pespuntean el entramado del consumo habitual.

Al fin y al cabo, los ejecutivos que sí pueden manejar más información al respecto, los de grandes empresas como Ayesa, Orange, NTT Data o Cuatrecasas, no llevan bolsas de plástico y andan a más altura, en cualquiera de las 18 primeras plantas de un colosal edificio de 100.000 metros cuadrados cuyo ascensor te sube a la planta 37ª en menos de 20 segundos. Da escalofrío pensarlo, porque apenas si se nota en los oídos.
Preferencias del alcalde
Hasta el alcalde de Sevilla, José Luis Sanz (PP), valoró la venta de la Torre cuando se oyeron campanas, antes de las últimas del pasado año, e insistió en que él, por preferir, “preferiría que una empresa sevillana pueda quedarse con la Torre Sevilla antes que cualquier fondo de inversión”. Pero también el alcalde sabe que los negocios no son política y que los sueños, sueños son.
En aquellos momentos, hace ya varias semanas, hasta la Fundación Cajasol hizo el amago de interesarse por quedarse con la Torre, pero todo quedó en eso, en un amago más parecido al postureo. Y en el Ayuntamiento nadie ha dicho ya, con la llegada del nuevo año y el avance de las negociaciones con Argis, esta boca es mía.

El trasiego de clientes continúa estos días como siempre, por las rebajas. De vez en cuando, alguien comprueba lo difícil que es hacerse un selfi intentando salir con la torre al completo. Desde la planta 19ª hasta la última, se suceden las 244 habitaciones del hotel de cinco estrellas Eurostars, cuyo perfil de exclusividad da para que la Selección Española de Fútbol, por ejemplo, se aloje en él cuando viene a Sevilla. Por lo demás, más guiris que sevillanos, por supuesto, y el llamado Mirador Atalaya desde donde ver tan pequeñita a la Giralda.
Un otero poco frecuentado por los sevillanos
No hay otro observatorio más privilegiado en toda Sevilla para contemplar la capital andaluza en su conjunto –en círculo-, para escudriñarla como una maqueta o para admirar su dimensión de indudable gran ciudad, con el balcón que supone el Aljarafe sobre el río Guadalquivir de veras rodeando la urbe, las gigantescas infraestructuras desde los tiempos de la Expo 92, los grandes puentes sobre el río convertido en dársena, los monumentos históricos y modernos, los estadios de fútbol y una luz infinita sobre un horizonte más o menos nuboso tras los concentrados barrios periféricos.


Para cualquiera que desee subir a lo más alto, donde además se aloja la cafetería del hotel, basta con comprar la entrada de 8 euros en la recepción de abajo (16 euros con consumición). El horario de cualquier día es de 11.00 a 19.00 horas, aunque los viernes y sábados se extiende hasta la 1.00 de la madrugada. “A mí me sorprende que todavía haya sevillanos que pregunten si se puede subir a la torre”, dice Carolina, camarera de un bar a casi 180 metros de altura y en el que se puede charlar, leer o soñar, además de disfrutar un cóctel oteando una ciudad desbordada de historia como Sevilla.
Sobre los cristales de los grandes ventanales en círculo se señalan con relativa puntería los lugares más emblemáticos: la Torre del Oro, la Plaza de España, la Catedral, el Puente de la Barqueta, la Cartuja, las Setas de la Encarnación, Triana… “La mayoría de quienes suben me suelen preguntar por uno de los dos campos: o el del Sevilla o el del Betis”, cuenta Carolina, señalando a uno de ellos.

El mirador está más frecuentado al atardecer, que es cuando la magia de las luces parece rentabilizar la subida. Para una urbe tan turística como Sevilla, con cuatro millones de visitantes por año, no parece que el mirador sufra de agobios precisamente.
Debate identitario en el olvido
Ahora ya, después de ocho años que hace que se inauguró la Torre, se ha ido diluyendo aquel encendido debate sobre la conveniencia o no de construir una torre como la de Babel, que superase con creces y tan soberbiamente la altura de la Giralda, de 103 metros con Giraldillo incluido. A principios de siglo, y en pleno boom inmobiliario, el alcalde socialista Alfredo Sánchez Monteseirín y el presidente de Cajasol, Antonio Pulido, fueron los primeros artífices de un proyecto rechazado por una buena parte de los sevillanos, los mismos a los que no les gustaba nada el Metropol Parasol (las Setas) en el corazón de la ciudad, frente a la Iglesia de la Anunciación.

Aquellas salidas de tono o de altura en una urbe tan histórica y tan clásica como Sevilla parecían provocaciones para ese sector mucho más conservador y patrimonialista que hubiera tolerado la Torre (el monstruo de la Torre, como la llamaban) más allá de la Cartuja quizá, pero no tan próxima a Triana y al casco histórico. Hasta la Unesco, azuzada por los patrimonialistas, llegó a advertir de posibles consecuencias para la declaración de Patrimonio Mundial del casco histórico (Catedral, Alcázar y Archivo de Indias), aprobada en 1987. Pero de todo ello no parece que haga ya unos años, sino décadas…
La paradoja de un negocio que no lo parece
En los mentideros económicos de la ciudad, y fuera de ella, no ha cesado de comentarse lo que ha parecido, a simple vista, un desastre económico: que construir la Torre costase hace ocho años 300 millones de euros y ahora se venda por 130. Aunque no parece demasiado lógico, la lógica del mercado inmobiliario y de los bancos es siempre otra.
Aunque en Caixabank no están muy por la labor de explicar la operación, al menos hasta que esté definitivamente cerrada, y alguna que otra fuente próxima a la entidad ha afirmado a lavozdelsur.es que el negocio de la Torre, con su hotel y su centro comercial, “no entra en nuestro core” (dicho en román paladino, que no es el negocio objetivo de un banco como Caixabank), hay un dato incuestionable que parece arrojar luz a lo que finalmente supone una paradoja: el informe anual consolidado de 2024 del banco catalán revela que su participación en Puerto Triana –que es la sociedad filial dueña del complejo Torre Sevilla- es de 117.869.000 euros.

Dicho de otro modo: que el coste de la participación directa de CaixaBank en la filial que verdaderamente es la dueña de la Torre, Puerto Triana, ha sido de 118 millones de euros, con lo cual, si ahora la venta se ha llevado a cabo por 130 millones, la diferencia real –el beneficio contable directo- es de 12 millones de euros. Y aunque parezca que Caixabank debería vender la Torre en otros 300 millones como mínimo, lo cierto es que una cosa es lo que pudiera costar construir un edificio y otra bien distinta lo que el mercado de hoy está dispuesto a pagar por ese edificio. En medio, hay una intrahistoria que se remonta a la época del boom.
La Torre no fue un proyecto de Caixabank, sino de Cajasol antes de integrarse en Banca Cívica y antes de que Banca Cívica y por lo tanto Cajasol terminasen absorbidas por Caixabank. Por lo tanto, cuando esto ocurrió en el año 2012, como los trabajos de construcción de la Torre ya estaban bien avanzados, lo único que pudo hacer Caixabank fue asumir el proyecto (aunque no fuera suyo) y terminarlo. El sueño de Torre Sevilla o Torre Pelli fue un sueño más político que financiero, y más de una caja de ahorros como Cajasol que de un banco, cuyo modelo de negocio va por otros derroteros.
En este sentido, conviene recordar que la propia filial Puerto Triana no ha empezado a obtener beneficios de verdad hasta después de la pandemia. Y esos beneficios, aunque ahora sean reales, no son los que busca como preferentes un banco, consciente de que puede ganar bastante más con su propio negocio, que es más exclusivamente el negocio del dinero. Es decir, que la rentabilidad que supone explotar Torre Sevilla puede ser baja si se compara con la rentabilidad que ahora podría obtener con los 130 millones si el banco que los ha recibido se aplica en parcelas que le son más familiares: crédito, deuda u otros productos de inversión.
Además, en el mercado de oficinas en toda Europa han subido los tipos de interés y el teletrabajo ha reducido la demanda, que por otro lado no ha terminado siendo, como se pensaba hace dos décadas, tan de oficinas premium dispuestas a pagar una locura por los alquileres. Una cosa es Madrid o Barcelona y otra es Sevilla.
En Caixabank no sienten ahora mismo que hayan hecho un mal negocio sino todo lo contrario, porque se han quitado un peso de encima que, de alguna forma, lastraba su forma habitual (la forma de los bancos) de generar mucho más dinero y más rápidamente. Si Puerto Triana ha generado 4,6 millones de beneficios en el año 2024, Caixabank necesitaría, hoy por hoy, más de 60 años para recuperar los 300 millones que invirtió en un principio en la construcción del complejo. Y, evidentemente, no es ese el ritmo de un banco.
Para la compradora, Argis, una gestora de capital especializada en el sector inmobiliario y que comenzó su actividad en España en 2015 (quién sabe si desde entonces puso sus ojos en la Torre, antes de que terminara su construcción), la adquisición de la famosa Torre Sevilla supone su primer gran activo en la capital de Andalucía. Ya gestiona en Málaga un inmueble de uso flexible, como ya hace en otras latitudes centrándose en proyectos residenciales como build-to-rent, coliving o apartamentos turísticos.
El rascacielos más alto de Andalucía deja de ser andaluz. Tal vez nunca lo fue del todo, aunque este gigante con sus pies enterrados junto al río Betis siga gozosamente condenado a ofrecernos las panorámicas más excelsas de su capital, que siempre presumió de altura de miras.


