—“¿Cuánto has cogido?”.

—“Un róbalo”.

—“A ver si dejas alguno para mí”.

La conversación entre Andrés y El canijo —así lo llama— tiene lugar sobre las nueve y media de la mañana, en el mar, en el interior de uno de los nueve corrales de pesca que, todavía hoy, conserva la localidad de Chipiona. Estas construcciones, que tienen un origen difuso —las primeras referencias escritas datan del siglo XIV, aunque se cree que había mucho antes—, están formadas por rocas dispuestas en fila, cubiertas por piedras ostioneras y otros moluscos, que aportan consistencia a las paredes que forman el corral, que se divide en varias lagunas, y que abarca una superficie de entre 40.000 y 70.000 metros cuadrados.

Andrés, lanzando la red. FOTO: JUAN CARLOS TORO.

Unas cuatro horas diarias —dos por la mañana y dos por la tarde-noche— dedica Andrés Sampalo a recorrer el corral Cabito —uno de los tres que están situados junto al faro del municipio—, de cuyo mantenimiento se encarga, una labor que se encomienda a la figura del catador. “Tengo el privilegio de entrar antes que nadie”, cuenta, tarea que realiza diariamente, si no él, su hijo Javier, que hace las veces de ayudante. El ritual se repite todos los días. Andrés sale de su casa cuando sabe que el nivel del mar ha bajado y deja al descubierto el corral, entonces es el momento de buscar peces que, tras acudir a esta zona en busca de comida, no se han retirado a tiempo y han quedado atrapados entre sus paredes.

Los utensilios que necesita son variados. La fija —una cabilla de hierros con dos extremos, uno en forma de tridente y otro con un gancho, llamado garabato—, el cuchillo de marea —con apariencia de sable, aunque no corta, se utiliza para rematar a las especies capturadas—, el francajo —se forma tras acoplar la punta de pinchos de la fija a un mango de madera—, la tarraya —una red circular de un metro y medio que tiene plomos para facilitar su caída—, un martillo y un pulverizador con aceite de freír que usa para que el agua se aclare. Con todo eso, que transporta en un bombo de plástico, y el mono de mariscar, imprescindible para andar por el corral, pasa las horas metido en el agua, buscando entre las rocas algún pez rezagado que poder llevar a su casa, porque lo obtenido es, exclusivamente, para consumo propio.

“Antiguamente, muchos sacaban el pescado en burros”, recuerda Andrés remontándose a unos tiempos que quedan muy lejanos, porque lo cierto es que este estilo de pesca, el más antiguo que se conoce, no aporta grandes cantidades en la actualidad, porque ahora hay más barcos que pescan en la zona, cada vez son más mariscadores y, desde hace unos años, la llegada de peces es más escasa. “Hay muchas veces que no cogemos nada”, dice Andrés, temiéndose que el día que lavozdelsur.es visita el corral Cabito de Chipiona sea uno de ellos.

Vista aérea de los corrales de Chipiona. FOTO: JUAN CARLOS TORO.

Pero la suerte cambia, da un giro, y le sonríe casi al final, en una de las últimas lagunas. Allí ve, a lo lejos, un destello y movimiento cerca de un jarife —una construcción formada por tres piedras dispuestas de forma triangular, que sujetan a una colocada horizontalmente—, donde intenta esconderse. Primero le lanza la tarraya, pero no lo atrapa, aunque queda cerca, por lo que puede sujetarlo empleando el francajo, con el que lo lleva cerca de la pared de la laguna, para allí golpearlo con el cabo del cuchillo de marea. El almuerzo está servido. Hoy toca róbalo. Algo más de tres kilos calcula que pesa este ejemplar que evitará la bronca de su mujer cuando llegue a casa, dice entre risas. “Cuando salgo le digo que voy a ver a mi novia, que es la playa”. Ahí es donde se relaja y olvida todos sus problemas. Pero la labor que realizan Andrés y el resto de mariscadores de Chipiona se ve amenazada, dicen, por el cambio de interpretación de la concesión administrativa que la Junta concedió al Ayuntamiento de la localidad, ya que considera que esta labor debe realizarse exclusivamente dentro de los corrales, y no en sus alrededores, motivo por el que se han interpuesto multas que pueden acabar con esta práctica.

“Desde principios de los 90 hasta 2004, la administración se gastó 1,6 millones de euros en mantener los corrales, y desde esa fecha, esa labor la vienen realizando los socios”, cuenta Raimundo Díaz, secretario de la asociación de mariscadores de corrales Jarife, que cuenta con casi 400 miembros, una organización nacida tras las primeras denuncias a mariscadores tradicionales y coincidiendo con la conclusión de un proyecto para la recuperación y la regeneración de los corrales de pesca promovida por la dirección general de Costas —dependiente del Ministerio de Medio Ambiente—. Esta actividad está protegida por una ordenanza municipal emitida por el Ayuntamiento de Chipiona en 2017, que busca “establecer, ordenar y regular las condiciones y requisitos de los usos y aprovechamientos susceptibles de realización en el interior de estas milenarias artes de pesca” durante la temporada estival, para lo que recoge la posibilidad de sancionar a los maricadores furtivos —hay que contar con acreditación de la asociación para ejercer— con multas de hasta 300 euros.

Andrés, con su captura. FOTO: JUAN CARLOS TORO.

“La aparente fuerza que tiene un corral, al estar hecho de piedra, es solo eso, aparente, porque no tiene más material de agarre que las especies marinas que se fijan a ellas, cuando sufren los golpes del mar hay que repararlos, y para eso hace falta mucho dinero o mucha mano de obra”, dice Díaz, quien sostiene que existe “riesgo real de que puedan llegar a desaparecer”, como se perdieron los existentes en otras ciudades de la provincia como Cádiz, El Puerto o Sanlúcar, que conserva uno. “Hay que conocer esto de primera mano, no se puede explicar con palabras, la paz que te infunde meterte en el intermareal, ver el fondo, buscar peces… es enormemente elevador para el espíritu”, apunta el secretario de Jarife, quien añade que “si bonito es de día, de noche ya es para quitarte el sentido, hay que vivirlo”. Y es que este arte no tiene hora, bueno sí, la que marcan las mareas, que hacen levantarse de la cama a Andrés y al resto de mariscadores de Chipiona que sienten ese impulso irrefrenable de enfundarse las botas, coger los utensilios de pesca y meterse en el corral, sea la hora que sea, aunque con más suerte unas veces que otras.

—¿Has cogido algo?

—No.

—Yo tampoco he cogido nada.

—Mucho viento.

—Otro día será.

Son más de las once de la noche y toca volver a casa.

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