Las vidas de La Fontanilla, relatos desde un verano sin extranjeros en Conil: "A ver si se va el bicho este"

La heladera, el encargado del chiringuito, la empleada de Protección Civil... Cada uno ve el verano de un color

La playa de La Fontanilla. FOTO: MANU GARCÍA
La playa de La Fontanilla. FOTO: MANU GARCÍA

La vista desde lo alto de un escarpado, claro, impresiona. "Aquí no se cumple la distancia, vamos, que no, te lo digo". Frente al mar azul, un mar de sombrillas multicolores. Vuelvo a insistir y el fotógrafo escucha y asiente mientras bajamos un camino de tierra que serpentea entre algún arbusto hasta la playa de La Fontanilla, en Conil. La realidad es tozuda. "Ah, pues sí se cumplía, sí". Era un efecto óptico, de estos de ver desde lejos.

No somos los únicos que creemos ver lo que no hemos visto. Unos opinan que la gente, fatal, que no cumplen. Otros, mayoría, que sí, que la familia playera, que los grupos de amigos, asumen la mascarilla con naturalidad. Resuenan más los enfados, igual que casi gritaba al compañero que aquello no había por dónde cogerlo y que si a la gente se le había olvidado lo de confinarse, pero casi en voz baja asumo el error porque entre sombrilla y sombrilla, en realidad, hay al menos cuatro o cinco metros de distancia.

Cruza hacia la torreta de vigilancia una chica con camiseta naranja. Protección Civil. Se refiere a la Policía Local como los "papa lima", que significa en sus radios P-L, que significa policía local. Inmaculada dice que ve más gente que otros años. "Los papa lima multaron el otro día a los que estaban con la pelota, pasándosela con la cabeza", reprocha. En general, eso sí, se comporta el público. La mascarilla a ella misma, empleada en playa, le molesta, pero ya se va acostumbrando.

Roberto Sánchez, en su chiringuito Feduchy. FOTO: MANU GARCía

Paqui Robles es conileña y tiene un kisoko a pie de playa, de helados, alguna cerveza, refrescos, patatas. En apenas dos minutos de charla ya se ha formado una cola de varios clientes. "La verdad es que están respetando bastante el tema de la distancia". La policía pasa con frecuencia. Inmaculada decía que hace una semana que no ve pasar a los famosos vigilantes de la Junta, pero Paqui, sí. "Acaban de pasar, vamos". Tienen trabajo, claro. "La gente respeta, la mayoría". Pero "el que no respeta, no respeta, eso sí".

A quien sí echa de menos es a los extranjeros. Los llamados guiris, un término que a veces es cariñoso, otras despectivo, y otras ni una cosa ni la otra. Aquí en Conil son los extranjeros, simplemente. Nada. Falta un 98%, dirá un hostelero. Ni alemanes, ingleses... Los otros guiris, los de fuera, esos sí, de Madrid, Sevilla, Barcelona, País Vasco... "Hay hoteles para extranjeros que no han abierto este verano", añade Paqui. Por lo menos, no es un año en blanco para ella. "Lo estamos trabajando, al menos".

Un hombre baja hacia la playa de La Fontanilla. FOTO: MANU GARCÍA

La realidad es que las imágenes de locales de ocio llenos son clave en la historia del verano 2020. Las dos zonas más castigadas actualmente, Málaga y Almería, tienen brotes derivados de fiestas que multiplican las cifras. Lo mejor es que afecta directamente a jóvenes, que en general, con tristes excepciones sobrellevan mejor la enfermedad. Indirectamente, lo preocupante es que son vectores de infección posterior que elevan potencialmente el riesgo.

Roberto Sánchez es propietario del chiringuito Feduchy, en La Fontanilla. "Empezamos con mucho miedo e incertidumbre, las medidas no estaban claras. Hemos llevado todas las medidas, desinfecciones de mesa, limpieza de manos... Nos estamos acostumbrando", dice bajo una masacarilla en una mesa de su establecimiento. "El turismo está viniendo, ahora estamos funcionando muy bien", con excepción de la falta de extranjeros. Y eso se va a notar, sobre todo, en adelante, porque los visitantes de fuera ayudan a alargar las temporadas. "Nosotros estamos siete, ocho meses". Este año, menos, entre el confinamiento y las dudas a partir de septiembre. "A ver cómo viene ese turismo que es muy importante, para que la temporada no se quede en tres meses. A ver si se va ya el bicho este, hombre".

 

Jairo es el encargado de El Roqueo Playa. "Hay gente que respeta que sí y otra que no. Hay que estar detrás de ellos. Hay quien lo acepta y quien no. El otro día una mujer entró y se lo dijimos, que para entrar se la tenía que poner. 'Es que yo la veo una tontería'. Pues no lo es. Pero no lo digo yo, lo dice el Estado". Desde la desescalada, hay quien lo dice abiertamente y quien no. Jairo sí, porque es lo natural, porque tiene razón. Son normas el Gobierno. Al entrar hay que llevarla. Cuando se empieza a consumir en el interior, no hace falta. Pero es lo que puede diferenciar que no se contagie más que el comensal con el que uno se sienta o que se contagie todo un establecimiento. Lo dice el Estado, pero también el sentido común. "Le moleste o no, hay que decirle", dice con amabilidad, con esa mano izquierda de la cara al público. "Nosotros lo hacemos por ellos. Pero ellos tienen que hacerlo por nosotros. Esto es entre todos".

La Fontanilla, desde la altura, a lo lejos. FOTO: MANU GARCÍA

Subimos de nuevo el camino de la playa hacia el aparcamiento. Sí se cumple, en general. No todos, claro. Pero este verano de 2020, al menos en agosto, en Conil, en La Fontanilla, a eso de las dos de la tarde, parece normal. No lo es si uno mira a los rostros embozados. Las pieles tostadas. Las cervezas. Algo de alegría. Dan ganas de quedarse. "A ver si se va el bicho este".

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