La localidad serrana, incluida en la lista de los municipios más bonitos de España, supo girar su economía hacia el turismo, que inunda sus blancas calles durante todo el año.

Después de conducir por carreteras sinuosas, con curvas cerradas, vistas de vértigo y paredes rocosas a uno y otro lado, se llega a Grazalema. La lluvia no tarda en aparecer, algo que no debe extrañar, ya que en este pequeño municipio de la Sierra de Cádiz es en el que más precipitaciones se registran a lo largo del año: más de 2.000 milímetros de lluvia cada doce meses. Por eso sus habitantes están acostumbrados a la lluvia, que cae lenta, sin apenas fuerza, pero de forma constante, sobre sus blancas casas y sus estrechas calles. “Hoy no me he traído paraguas, ¿está lloviendo?”, pregunta a su compañera una camarera de un bar del centro de la localidad. La respuesta es evidente. Por intervalos, apenas deja de llover unos minutos cuando vuelve a aparecer el agua, una de las señas de identidad del pueblo.

Aunque, eso sí, los mayores del lugar aseguran que ya no es como antes. “Se nota el cambio climático, ahora llueve menos”, comenta un vecino que se resguarda del agua en los soportales del Ayuntamiento. A pocos metros de allí está el Círculo La Unión, o “El Casino” como se conoce en el pueblo, donde acuden sus socios, pensionistas, a leer prensa o a jugar al bingo o a algún otro juego similar. Un cartel en la puerta dice que se fundó en 1891. Dentro, sentado junto a una mesa circular, está Andrés Rincón leyendo el periódico. Él confirma la teoría de que como las lluvias de antes, ningunas: “Nosotros estuvimos tres meses encerrados en casa porque no paraba de llover”. A La Unión, dice, van a quitarse el frío. Él ha pasado mucho. Apenas lleva unos años viviendo en Grazalema, pero toda su vida lo hizo en una pequeña casa que tenía a unos cinco kilómetros del pueblo.

Andrés ha sido siempre hombre de campo, como muchos de sus paisanos. “Aquí se vive del campo y del cuento”, dice entre risas. Fue pastor hace unos años y recuerda que iba y venía a Grazalema montado en un mulo. En su casa tenía aceite de sus olivos, garbanzos… de todo para subsistir. Por eso visitaba poco su Grazalema natal. Ahora, ya jubilado, la vive a su manera. “Como el pueblo de uno mismo, ninguno”, dice exhibiendo una buena dosis de chovinismo. “Me parece bello por naturaleza”, añade. Y no es el único que lo piensa. De hecho, Grazalema ha sido incluida, junto a otros doce municipios, en la lista de los pueblos más bonitos de España, que integran otras 44 localidades.

Su alcalde, el socialista Carlos Javier García, saca pecho ante tal distinción, como no podía ser de otra manera. “Es una buena noticia para todo el mundo, no solo para este Ayuntamiento como administración local, sino para mis vecinos y me atrevería a decir que para toda la comarca”, señala. “Grazalema está situada en un lugar inmejorable, en mitad de un circo natural, rodeada de montañas, que se tenía que compensar con una trama urbana que fuera ejemplar, y eso es lo que tenemos”. García recogió en las municipales de 2015 el testigo de su compañera de partido María José Lara, que a su vez sucedió en el cargo a su tío, Antonio Mateos, por lo que la localidad no ha conocido en democracia a un alcalde —o alcaldesa— que no defendiera las siglas del PSOE. Hasta para eso es pueblo de pocos cambios. También en lo que respecta a sus viviendas, que conservan el aspecto que tenían a principios del siglo pasado: pintadas de blanco, sin terrazas, con doble canalización para evacuar el agua de las constantes lluvias y con macetas llenas de flores, muchas flores.

Cerca de la plaza del Ayuntamiento, bajando hacia una bolsa de aparcamiento, está Juan, “hijo de Grazalema”, como él mismo se define. “Aquí nos hemos criado comiendo sopa de tomate y garbanzos con sus buenos pedazos de tocino, y así vamos, tirando”, añade Juan, hombre de campo y de andamio. Está mirando al infinito, hacia las tierras que rodean a un enorme mirador instalado en una peña de varias decenas de metros de altura. Él no lo llama mirador, prefiere decirle “asomadero” —de hecho así se llama la calle— y eso es lo que hace, asomarse a contemplar el paisaje. Juan recuerda cuando la zona se utilizaba para tirar escombros. “Y ahora tenemos un aparcamiento”, exclama. Grazalema hace mucho que enfocó su economía hacia el turismo. Los negocios, de todo tipo, tienen una imagen cuidada y están acostumbrados a recibir visitantes. A Juan Menacho, que va para 83 años, dice que no le molestan. Ha aprendido a convivir con ellos. “A mí no me estorba nadie…”, comenta Juan. “Lo que estorban son los años”, dice un vecino que se acerca. Tarda poco en salir el tema estrella de conversación en el pueblo: “Esto es lo más bonito que hay, ¿no lo has visto en la televisión? Dicen que es el pueblo más bonito”. El orgullo le sale por los poros al comentarlo.

“¿Y bandolero queda alguno en el pueblo?”, pregunta a Juan el compañero Juan Carlos Toro. “Ahora es cuando más hay”, dice con guasa. En las montañas que rodean el pueblo se resguardó más de un bandolero —y más de dos— durante el siglo XIX. El más conocido es José María El Tempranillo, al que se le recuerda durante una fiesta que se celebra en el mes de octubre y en la que el pequeño municipio serrano recrea el modo de vida que llevaban por aquel entonces. Como un “Robin Hood andaluz” definen a El Tempranillo, que con tan solo 16 años tuvo una trifulca que acabó en muerte. “Temprano empiezas, muchacho”, le decían, de ahí el apodo.

Pasar por Grazalema supone estar en la tierra de una especie arbórea única, el pinsapo, un abeto que solo crece en esta zona y que es santo y seña de la localidad. De hecho, en la bandera del pueblo aparece, de color verde sobre fondo blanco. Gastronómicamente hablando, hay que probar el queso payoyo, típico de la Serranía gaditana, o el cordero al horno, que con tanto esmero se prepara aquí. De postre, amarguillos y cubiletes, dulces originarios del pueblo.

Con estos ingredientes no es difícil que los visitantes se queden prendados de Grazalema. Pierre Soucher es un venezolano, de mujer francesa, que lleva apenas un mes viviendo en el municipio porque quiere que sus hijos aprendan el idioma. “Aquí lo malo es la lluvia, pero la gente es muy simpática y abierta de espíritu”. A este traductor, que también ha ejercido de periodista en su Venezuela natal, de la que no habla muy bien —“el socialismo ha hecho mucho daño”—, no le ha costado adaptarse, cuenta. Sus hijos, incluso, hasta están apuntados al equipo de fútbol de la localidad. La recomendación del amigo que le aconsejó instalarse en Grazalema parece que no pudo ser más acertada.

El frío aprieta y toca marcharse de la tierra de los pinsapos y las mantas —que se hacen con lana de oveja merina—, de las tradiciones ancestrales como la del toro de cuerda, las casas de blanco y las lluvias interminables.

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