La localidad, puerta de entrada a la Ruta de los Pueblos Blancos de la Sierra de Cádiz, destaca por sus miradores y por su valioso casco histórico, que alterna con un lago y una 'playita' que le aportan peculiaridades propias de poblaciones más cercanas a la costa.

Arcos de la Frontera,
el pueblo arriba,
el río abajo,
—en peña vieja,
nuevo lagarto—.

El perro azul de su río
echado a los pies del amo;
y en la iglesia huele a uva
y el olivo huele a nardo.

De la frontera del sol
son tus invisibles arcos.
¡Ay Arcos de la Frontera
con tu poeta descalzo!

Niño, dame otro aguardiente
de Arcos,
que esta tierra es mucha tierra
y me estoy enamorando.

La poetisa Gloria Fuertes refleja con estos versos el sentir de los visitantes que se acercan hasta Arcos de la Frontera. Arx Arcis para los romanos —fortaleza en las alturas en su traducción al castellano—, Medina Ar-kosch durante su etapa como reino de taifas, de cuando le viene su “apellido” —de la frontera—, recuperada luego por Alfonso X El Sabio para los cristianos, capital del Ducado de Arcos más adelante… un paseo por sus calles da buena muestra del paso de estas civilizaciones por una localidad que sirve de entrada a la Ruta de los Pueblos Blancos de la Sierra de Cádiz.

La localidad tiene un encanto especial. Su fisonomía es peculiar, ya que se ubica sobre un cerro que se estira por la conocida peña, por encima del río Guadalete y, a pesar de ser una localidad de interior cuenta con características propias de ciudades más cercanas a la costa —hasta tiene una playita artificial durante los meses de verano—. Las empinadas y estrechas calles de su casco antiguo, declarado conjunto histórico, tiene tantos enclaves que visitar que es casi imposible enumerarlos todos —el Castillo de los Duques, la Basílica de Santa María o la Iglesia de San Pedro, por citar algunos—.

No hay que irse de Arcos sin visitar el mirador de la Peña o el lago. Quien hace estas recomendaciones es el alcalde de la localidad, Isidoro Gambín, quien asegura que “Arcos es muy completo”. Y abunda en esta idea: “Disponemos de todos los elementos necesarios para ser un referente a nivel turístico, cultural y deportivo”. A los lugares citados anteriormente suma las fiestas —la Zambomba está declarada Bien de Interés Cultural, la Semana Santa está considerada como Fiesta de Interés Turístico Nacional— el turismo rural —la población está rodeada de senderos—, la gastronomía —destacan la alboronía, el gazpacho serrano y los platos cocinados con productos de la huerta— y sus vinos. “Si quieren ver algo diferente, Arcos tiene esa diferencia”, señala el alcalde.

Pero Arcos también es tierra de poetas. La producción poética de la localidad, de unos 34.000 habitantes, es bastante prolífica. Ahí están los Antonio Murciano — cofundador de la revista Alcaraván—, Antonio Luis Baena, Pedro Sevilla, José y Jesús de las Cuevas, Rafael Pérez Mayolín, Ramón Vázquez Orellana, Carlos Murciano, José María Velázquez-Gaztelu, Diego Jiménez de Ayllón o Julio Mariscal para demostrarlo. Se ve que la belleza de sus calles y paisajes desata la inspiración de sus vecinos.

Francisco y Sebastián conocen bien el pueblo —el primero, de 75 años, y el segundo, de 86—. De eso hablan animadamente en un banco del Paseo de Andalucía durante una calurosa mañana. Por eso se resguardan del sol bajo la sombra de un árbol, donde recuerdan sus etapas como temporeros en países como Francia y Alemania. Ambos tuvieron que emigrar para encontrar el trabajo que aquí se les negaba, aunque reconocen que “había más que ahora”. Francisco Ramírez trabajó en las campañas de la remolacha, la manzana o la vendimia, también en una fábrica de cerveza en el país galo, y en una de coches en territorio germano. Sebastián Mariscal estuvo doce años viajando a Francia por temporadas, otro más empleado para Citröen y un tiempo en una fundición alemana. “Íbamos a ciegas, no sabíamos leer ni escribir”, recuerda. Cuando volvió a Arcos, dice, compró unos terrenos y algunas vacas, en el que fue “el peor negocio que pude hacer”. Los dos amigos derivan la conversación hacia la corrupción política y aseguran estar “hartos de chorizos”, de lo que continúan hablando cuando nos alejamos para seguir con el reportaje.

Emilia y Nela descansan más adelante junto a la persona mayor a la que cuidan. Emilia González es asturiana y lleva 45 años viviendo en Arcos. “Me casé con un andaluz que trabajaba en el Parador”, explica. Con él tuvo trece hijos, que tiene repartidos por diversas poblaciones. “Uno tiene 27 años y dos meses cotizados, ahora se ha ido a Sevilla, pero ganando muy poco”, relata. Esa es la gran lacra de Arcos, el paro, que ronda el 40%. Nela, auxiliar de enfermería, es vecina de la localidad, y dice que encontrar trabajo es “lo más difícil”. “Pagan poco y mal, tengo amigos a los que les deben dinero”, dice, por eso anima a los jóvenes a “movilizarse” para protestar ante la situación que vive el país. “Todos los días hay un político nuevo que ha robado, ¿y sale alguien a la calle? Lo último que he visto es que salen porque gana un equipo de fútbol”, se queja. Emilia echa en falta algunas tiendas. “Los negocios no cuajan porque la gente se va a comprar a Jerez”, señala, por eso pide “más facilidades para las pequeñas empresas”. Velázquez-Gaztelu ya se lo preguntó en su día: “Qué tormenta te hizo naufragar?”

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