Hace ya una década larga que se localizaron en la provincia de Cádiz los primeros ejemplares del alga invasora Rugulopteryx okamurae, más conocida como alga asiática. Por entonces, en 2015, pocos podían imaginar que esos especímenes dispersos hallados en el Estrecho, con el tiempo, iban a convertirse en un auténtico problema para la pesca, para el turismo, e incluso para la propia diversidad marina autóctona.
Con este panorama y una preocupación creciente por parte de los sectores económicos y los ayuntamientos afectados, dieron comienzo, con desigual suerte, distintos estudios científicos y proyectos empresariales, en los que siempre se ha barajado el uso de estas biomasa como materia prima para la elaboración de numerosos y muy distintos productos, como combustibles, cosméticos, abonos, aditivos alimentarios, calzados, medicamentos e incluso tejidos. Por muy diversos que parezcan, todos tienen algo en común: ver la forma en que esta indeseada profusión de algas podría incorporarse a la economía circular... aprovecharlas, en definitiva.
En este contexto se mueve la línea de investigación abierta de manera conjunta por la Universidad de Sevilla y Red Eléctrica (RE), cuyas conclusiones fueron presentadas hace poco más de un mes en La Línea, precisamente una de las localidades que más sufre la presencia de estas algas. Si, desde un principio, esta iniciativa se ha contemplado como de las más sólidas que han comenzado a desarrollarse –su propia presentación en diciembre fue un hito–, ahora su publicación en la revista científica Ecological Indicators supone un importante espaldarazo a este estudio que, sin duda, es uno de los más completos de todos lo que se han realizado hasta el momento acerca de la presencia en la costa gaditana del alga asiática y su posible aprovechamiento.
Este estudio comenzó en 2019 y, como ocurre tantas veces en la ciencia, cuando el foco de la investigación estaba puesto en otra cuestión. El caso es que RE había comenzado a trabajar en un proyecto de interconexión marina entre la península y Ceuta… y la investigación reparó también en los efectos perjudiciales que el alga estaba causando en la fauna que puebla el fondo marino del Estrecho. A partir ahí, ya en 2022, se comenzó a trabajar desde un punto de vista no solo medioambiental, sino de gestión y reutilización de recursos. La apuesta primera fue por el compostaje con la intervención de distintos organismos invertebrados que permiten reducir tanto la toxicidad como la salinidad, con una calidad aceptable para uso agrícola del producto resultante. A partir de aquí, el estudio incluso plantea la posibilidad de granjas (ese es el nombre que le da) de compostaje que podrían estar incluso imbricadas en la economía local. Pero el estudio también habla de las posibilidades de esta biomasa para la elaboración de metano o biogás, sin renunciar a buena parte de las posibilidades expresadas más arriba en industrias como la alimentaria, la farmacéutica o la cosmética, que es a partir de donde entra la Universidad de Sevilla.
El futuro pasa por aquí, claro está pero, aunque hace años que se incide en el aprovechamiento de esta alga, ese, hay que decirlo ya, no es exactamente cómo ven el tema los ayuntamientos costeros, que lo que querrían, directamente, es no tener que seguir lidiando con este problema totalmente inesperado. Es decir, los ayuntamientos entienden que está bien que se dé una utilidad a las toneladas de algas que acaban almacenando tierra adentro, pero realmente la cuestión para ellos es simplemente su desaparición, no tener que recogerlos de playas y puertos, que no vuelvan a llenar las redes de los pescadores (incluso romperlas) y, por descontado, que impidan el baño o un simple paseo por las playas de La Linea hasta Sanlúcar, con destinos por medio tan solicitados como Barbate, Vejer (El Palmar), Conil, Chiclana, el propio Cádiz, El Puerto, etc...
