La muerte de Ángela, una menor de 14 años que se suicidó el pasado sábado en Benalmádena (Málaga), ha provocado una profunda conmoción social y vuelve a poner sobre la mesa la responsabilidad de la comunidad educativa en estas tragedias. La adolescente cursaba estudios en el IES Benalmádena y, según denuncia su familia, se encontraba en tratamiento psicológico en el momento de los hechos. Sus padres sostienen que el centro no activó el protocolo antibullying pese a la situación que, a su juicio, atravesaba la menor.
Investigación abierta y exigencia de responsabilidades
Los familiares han anunciado que exigirán explicaciones al instituto para esclarecer por qué no se actuó ante un posible caso de acoso y que iniciarán acciones judiciales una vez concluya la investigación policial. La Policía Nacional mantiene abiertas diligencias para determinar si existieron situaciones de bullying vinculadas al caso, mientras la Junta de Andalucía continúa recabando información sobre las circunstancias que rodearon la muerte.
La consejera de Educación, Carmen Castillo, ha manifestado que “no me consta que existiera un protocolo abierto en el caso de esta chica. Sí que había otros protocolos en el caso de otros alumnos como de acoso como de conductas autolíticas”.
Desde la Consejería de Desarrollo Educativo y Formación Profesional se insiste en que, según las primeras indagaciones, "todos transmiten la misma información: no hubo ninguna alerta ni indicio de una posible situación de acoso escolar y en ningún momento, ni la familia ni la propia alumna, comunicaron al centro que lo sufriera". Del mismo modo, añaden que "tampoco consta ninguna comunicación de compañeros o de profesores advirtiendo que sufriera acoso escolar".
El testimonio que reabre viejas heridas
En medio de la conmoción, Andrea Lozano, antigua alumna del mismo centro entre 2013 y 2017, ha decidido hacer público su testimonio sobre la violencia escolar que asegura haber sufrido. En su relato describe un clima de agresiones físicas y humillaciones reiteradas: “Los cuatro años que estuve había peleas de arrastrar a personas por el suelo, les pegaban, les escupían. Los profesores no hacían nada hasta que no veían el corrillo de gente o veían a gente sangrando. Llevo más de diez años callada y ya no más. Desde el minuto que entré en ese instituto se me hizo la vida imposible; me hacían zancadillas en los pasillos, me agarraban por los pies en las escaleras para que me cayera”.
La joven también relata episodios concretos de hostigamiento: “Vino la persona que me hacía bullying, me tocó el hombro y cuando me giré, me tiró un escupitajo. Cada cosa que hacía era motivo de burla. En segundo de la ESO me pusieron un mote denigrante, que no sabía de dónde venía, y me lo llamaban en clase o cada vez que salía. Se metían conmigo porque hacía baloncesto. Llegó un bulo y dejé de comer; tiraba los bocadillos que mi madre me hacía. El baloncesto es un deporte en el que las piernas se te ensanchan y yo no quería eso”.
Según su versión, el acoso también se extendía al ámbito digital, en una etapa en la que estaba en auge la red social Ask. “Había días que me hacían el vacío y otras veces que me hacían preguntas anónimas muy fuertes, metiéndose con mi físico, con mi familia o pidiéndome cosas como le han hecho a Ángela. Me realizaban amenazas y me decían que si no lo hacía, me iban a pegar”, afirma.
La exalumna sostiene que soportó durante años agresiones físicas y virtuales y que, cuando finalmente se activó el protocolo, las medidas adoptadas la obligaban a salir antes del centro para evitar nuevas agresiones. “Estuve en el baño de mi casa con una cuchilla con ganas de quitarme la vida para no ir más a ese instituto, de no aguantar más, de no más llantos”, concluye en un testimonio que ha vuelto a poner el foco sobre la prevención y detección del acoso escolar.





