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Abandonaron el campo para lanzarse a la construcción en tiempos del boom inmobiliario. Ahora, tras la crisis del ladrillo, Francia les devuelve la oportunidad de trabajar en la agricultura por unos meses haciendo las campañas de la uva y la manzana.

Hace ya tiempo que el campo no da de comer a la mayoría de vecinos de Torrecera. La pedanía jerezana, con 1.300 habitantes, cuenta actualmente con una tasa de paro de en torno al 12 por ciento. “No está mal para los índices que se ven por ahí, pero es verdad que estamos lejos de ese 3 o 4 por ciento residual que era habitual en estos pueblos”, considera el alcalde, Manuel Bertolet (IU). La mecanización primero, que redujo la mano de obra agraria, y la explosión del boom inmobiliario posteriormente, favorecieron que la mayoría de estos trabajadores se refugiaran en la construcción. Esos mismos que, tras el estallido de la crisis, han pasado a convertirse en parados de larga duración. Ahora, el campo les vuelve a dar una segunda oportunidad. Eso sí, a miles de kilómetros de casa.

En el bar Ministro de la pedanía jerezana, Manuela Parra apura su desayuno. Su padre fue uno de esos valientes que en la década de los sesenta hizo la maleta para buscarse la vida en Francia, más concretamente en la empresa nacional ferroviaria. Su madre lo acompañaría poco después para trabajar en un comedor escolar. Manuela nació en España, pero a los dos años ya estaba en el país galo. Su hermana lo hizo a los seis meses, y sus otros cuatro hermanos directamente nacerían en suelo francés. En 2002 volvería a España para trabajar en la hostelería hasta que en 2013, tras un par de años dándole vueltas a la cabeza, decidió aprovechar su conocimiento del francés y del propio país para ayudar a sus vecinos de Torrecera.

Durante sus años en Francia, Manuela residió en una localidad eminentemente agraria. Conociendo la falta de mano de obra, se entrevistó con varios empresarios de la zona para conocer sus necesidades. Investigó todo lo relacionado con la vendimia y con las campañas de la manzana y el melón y decidió aprovechar estos conocimientos para ayudar a su pueblo de Torrecera, donde decenas de vecinos llevaban tiempo cruzándose de brazos por no encontrar un empleo.

Desde 2013, Manuela sirve de enlace entre los vecinos de la pedanía y los empresarios agrícolas franceses que buscan trabajadores para sus diferentes campañas de recolección. Al principio lo hacía a través de la asociación Torrecera Solidaria, si bien ahora es este colectivo el que la apoya para colocar a los torrecereños. De todas maneras, la hispano-francesa también gestiona la colocación de vecinos de Jerez, Guadalcacín, Estella, Sanlúcar, Cádiz o El Puerto.

En total, según datos de la Federación Agroalimentaria de CCOO, serán unos 1.000 gaditanos los que crucen la frontera a finales de agosto para trabajar no sólo la vendimia, también la campaña de la manzana. De ese millar, unos 140 formarán parte de Jerez y sus pedanías, siendo la de Torrecera la que más vecinos pondrá en Francia, aproximadamente una cuarta parte de ellos.

Juan José Ortega, de 38 años, es uno de esos torrecereños que en breve hará las maletas para cruzar los Pirineos. Para él será la tercera vez, después de hacer la campaña entre agosto y octubre de 2014 y de enero a marzo de este año.

Ferrallista de toda la vida, nunca se habría imaginado que acabaría emigrando después de años de bonanza. “No me daba tiempo de acabar una obra cuando ya estaba contratado en otra”, señala. Luego llegaría el estallido de la burbuja inmobiliaria y con ello el fin de la construcción. “Llevaba tiempo sin encontrar trabajo y fue cuando me enteré de la posibilidad de emigrar. Me lo sugirieron y dije, ¿por qué no? Si yo lo que quiero es trabajar…”. Para él no es ningún problema eso de buscarse la vida en el extranjero. “Lo que da un poco de palo es despedirte de la familia, pero en cuanto coges carretera y cruzas la frontera ya se te pasa todo”.

Juan José no tiene ninguna mala experiencia en Francia, al contrario. “Conmigo siempre se han portado de lujo. Es más, el año pasado tuve un dolor de garganta que estuve arrastrando 15 días y mi casero fue el que me llevó al médico, me pagó la consulta, que eran 28 euros, y luego las medicinas”.

Mari Carmen Fernández, de 50 años, tampoco tiene queja del trato recibido en Francia. Son ya dos años viajando al país vecino y a finales de mes volverá, con su marido y otras tres parejas, para hacer la campaña de la manzana.

Parada desde que finalizó su relación laboral con la empresa agrícola en la que trabajaba, afirma que si por ella fuera, no le importaría quedarse en el país galo. De hecho allí tiene a cinco primos trabajando, uno de ellos incluso como alto cargo de Channel. “Si yo quisiera tendría trabajo en Francia, pero soy muy orgullosa y no me gusta pedir favores a nadie”, explica. Su marido, maquinista de excavadora, tiene trabajo actualmente, pero señala que “se viene conmigo, porque le merece la pena dejar lo que tiene. Ganará más”.

Mari Carmen no se equivoca. El sueldo mínimo en Francia es de 9,61 euros la hora, aunque según informa CCOO, en estos días se están cerrando las negociaciones de los convenios colectivos en diferentes departamentos franceses para intentar llegar a los 11,92 euros la hora. Si a esto se le suma que los empresarios pagan el alojamiento e incluso en algunos casos los desplazamientos a los trabajadores, merece mucho la pena el intentar la aventura francesa.

“A la gente joven que no tiene cargas como parejas o hipotecas sí le interesa quedarse allí”, considera Diego Reina Pérez, secretario de la organización Torrecera Solidaria.

Orientada en un principio al ámbito laboral y al de la educación y aprendizaje del francés en estos momentos, la organización, que no depende del Consistorio de Torrecera, tiene un acuerdo con Manuela Parra para cederle su local del salón multiusos de la pedanía, donde gestiona todo el papeleo entre trabajadores y empresarios franceses.

Diego, de 57 años, extrabajador de la construcción, casado con una mujer minusválida y con hijos, uno de ellos trabajando en Francia desde hace poco más de un año, marchará a finales de agosto al país galo para hacer la campaña de la manzana junto a sus mellizos de 21 años y su cuñado. “Realmente no necesito ir a trabajar, porque con los 426 euros que me dan y la paga de minusvalía de mi mujer subsistimos perfectamente, pero es que yo estoy todavía en activo y necesito sentirme útil”, afirma.

Para Diego será la tercera vez que se marche a Francia. Define su experiencia previa como “increíble” y explica el trato tan diferente entre patrón y trabajador que hay allí con respecto a España. “Te dan cuatro explicaciones muy sencillas y si te acoplas a su manera de trabajar eres uno más. No están todo el día encima de ti. A lo mejor lo ves por la mañana y hasta por la tarde o el día siguiente no vuelves a verlo”, explica.

Es más. Uno de sus hijos conoció a través de Manuela Parra una oferta de trabajo para mecánico de hidráulica, y sin tener conocimientos previos, acabó en Francia. “Lo formaron allí, le estuvieron pagando la formación, la comida, el piso y una vez que empezó a trabajar se buscó su casa, se independizó y ahora vive como un rey”.

El goteo de personas que llegan al amplio salón multiusos de Torrecera es constante. La pregunta que dirigen a Manuela es casi siempre la misma. “¿Cuándo nos vamos?” En las paredes cuelgan varios mapas de Francia y de los diferentes departamentos donde acabarán trabajando los vecinos.

José Manuel Colón, de 43 años, llega acompañado de Francisco Fernández ‘el Parralo’, diez años mayor que él. José Manuel fue, de todos los torrecereños, el primero que se atrevió a probar la aventura francesa. “Hay que irse donde está el trabajo”, considera este albañil en paro, padre de dos hijos de siete y cuatro años, que nunca imaginó que a su edad acabaría trabajando en el extranjero. “La experiencia fue buena, lo único malo es cuando echas de menos a la familia y a veces la difícil convivencia entre los compañeros de casa”.

“De convivencia he visto de todo, y cuando es mala suele ser mortal”, explica Manuela Parra, acostumbrada a vivir de todo en los últimos años. A pesar de que organiza en grupos de cuatro o de seis personas las casas, siempre con vecinos que se conocen, explica que a veces ha visto peleas casi surrealistas. “Hay gente que se ha vuelto a España por pelearse por una olla exprés, y hermanos que se han peleado y a raíz de eso volverse uno en autostop”.

Aún así, esos problemas son los menos, y al final el empresario francés acaba quedándose con la “constancia” del trabajador español, explica Parra. “Ellos con vernos andar ya saben que trabajamos bien”, dice el ‘Parralo’, acostumbrado a duras peonadas ya sea “asfaltando carreteras”, “enfoscando una pared en pleno agosto” o “llenándote entero de barro en el campo”. En definitiva, una segunda oportunidad de sentirse útil, aunque en este caso sea allende los Pirineos.

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