Hace seis años, el creativo gaditano Salva García-Ripoll tenía 30. La crisis por esa época ya arrancaba de cuajo las ilusiones de muchos jóvenes y dejaba en la calle a miles de trabajadores. En su caso, no le renovaron en la empresa de diseño gráfico en la que trabaja en su ciudad natal y se quedó sin pareja. "No tenía nada que perder", cuenta. Era 2010. La economía hacía aguas y las oportunidades laborales en la provincia eran sencillamente una quimera. Tenía dos opciones: o largarse fuera —como más de 50.000 españoles desde el inicio de la recesión— o autoemplearse dentro. Optó por lo segundo. Y a día de hoy puede decir que se salvó de lo peor. "Pensé en aquel momento que tenemos marcas y productos buenísimos en la provincia y que, al mismo tiempo, tenían y siguen teniendo mucha necesidad de imagen para potenciarse a nivel nacional e internacional. Veía muchas posibilidades". Ahí surgió Salvartes. Su propio estudio de diseño que, paradójicamente, montó en uno de los epicentros del crack del ladrillo en Cádiz: la Ermita de Guía de Jerez. Casi 200 viviendas levantadas en el acceso sur del municipio por la promotora Osuna, que entró en concurso de acreedores pero logró sortear el vendaval, y que, con el naufragio inmobiliario, se convirtieron en pisos fantasmas.

"Mi padre me ofreció durante un año el piso, pero no fue hasta que vine con él para unas cosas cuando entré en el salón y me enamoré de las vistas: veía las cúpulas de las iglesias, la bodega enfrente, la cuesta de la Alcubilla... Ahí quería tener mi estudio". Años antes estudió diseño también en Jerez, en contra del criterio de sus padres, que esperaban que tras cinco años de administrativo se dedicara a la banca, "pero siempre fui a la contra". En plena crisis, "y sin tener ni idea de llevar una empresa, hablar con clientes o hasta de enviar un presupuesto para que me lo aceptasen", este joven gaditano se embarcó en su propio negocio. Se fue a Barcelona a aprender con Pati Núñez, Premio Nacional de Diseño, "y adquirí su metodología de trabajo".

Alguna que otra experiencia en Madrid y, finalmente, "me quedé aquí, me lié la manta a la cabeza, y pensé en empezar a evangelizar un poco entre las empresas, que vieran la importancia de una buena imagen de marca (branding) y de un buen diseño al vestir el producto (packaging). Y fui haciendo clientes, algunos desde cero: creándole el nombre, diseñando interiores...". Van entrando trabajos, de aquí y de allá: restaurantes de la provincia, aceiteras, alguna marca de patatas fritas artesanas, bodegas... Y llegamos hasta la actualidad. Especializado en diseño para alimentación, cosmética y moda, a día de hoy Salvartes cuenta con otra joven creativa contratada a media jornada —"Nuria López, que llegó de prácticas de la Escuela de Arte de Jerez—, y su responsable genera a su vez carga de trabajo a ilustradores, informáticos, videógrafos, historiadores... "Generas economía alrededor y eso te hace sentirte muy orgulloso", mantiene.

Sobre su oficio, García-Ripoll cuenta que, pese a todo, "un logo no te salva". "En la gastronomía, por ejemplo, hay una burbuja, eso es innegable, pero trabajamos para restaurantes que suelen ser bastante buenos. El diseño sirve para potenciar a las empresas durante un tiempo pero luego las empresas tienen que dar un buen servicio y un buen producto para poder mantenerse en el tiempo. Muchas marcas no tienen diseño y venden perfectamente sus productos. Aquí hay sectores muy potentes, como el de los quesos, que no apuestan por marcas bonitas. Hay mucho por hacer. En los aceites, en los vinos, sobre todo…" Ha trabajado en el rediseño de las marcas de bodegas tan legendarias en Jerez como Maestro Sierra y, aun así, asegura que a los vinos del Marco "les cuesta mucho arriesgar". Hay bodegas catalanas, cuenta con entusiamo, que "no tienen apenas historia y se la inventan, y aquí en cambio no se aprovechan las historias maravillosas que hay tras el vino de Jerez, como la del pirata Drake que venía a ver a Cádiz a su amante y solo bebía sherry. Eso serviría para contar una historia en la botella".

Su proyecto y su vida profesional crecen desde Jerez. En un estudio dentro de una urbanización de unas 200 viviendas en la que solo hay habitadas "unas 30 o 40". "Pero cada vez somos más vecinos, ¿eh? Antes por la noche esto daba miedo", recuerda. ¿Y un gaditano enamorado de Jerez no es una leyenda urbana? "Soy gaditano, a mucha honra, pero también me gusta la provincia: me gusta Jerez, me gusta Sanlúcar, Arcos… y no me quería ir de Cádiz, como todos los gaditanos. Yo nací al lado del Falla, en San Rafael, pero no me considero ni carnavalero, ni semanasantero, ni del Cádiz CF. Soy un gaditano sueco. Y un día, casualmente, vine a este piso y aquí me quedé. Soy gaditano pero me encanta Jerez, como diría Pacheco". Y lo dice tan ricamente. En el salón que ha convertido en su hogar y en su trabajo. En uno de los pisos de un horrible mamotreto que, probablemente, represente lo peor de los años de ese cóctel compuesto de pachequismo y urbanismo salvaje. Una borrachera cuya resaca parece que no acabará nunca.

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