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Francisco Javier Zuasti sufrió un accidente laboral que lo dejó tetrapléjico. Todavía espera cobrar la indemnización, de 930.000 euros, y denuncia que su exjefe realizó un alzamiento para evitar pagarle.

Todo lo que pudo salir mal, salió mal. Maldita Ley de Murphy, pensará Francisco Javier Zuasti. El día que su jefe lo mandó subirse a una máquina elevadora para arreglar el techo de la nave donde trabajaba no imaginaba que su vida cambiaría para siempre. Pero lo hizo. Cayó desde nueve metros tras romperse el techo y quedó tetrapléjico. Él era conductor de un tráiler, que transportaba mercancía a distintas ciudades. Pero en Transporte Mialfer SL hacía de todo.

El día del accidente que sufrió era fiesta en Sevilla, adonde debía llevar la carga de su camión. Por eso le encargaron otras tareas, aunque sin contar con ninguna medida de seguridad. Ni casco, ni arnés. Nada. “Allí hacía de agricultor, de albañil… Mi jefe nos explotaba: Te ponía a coger papas o te quitaba parte del sueldo si no hacías lo que quería”, cuenta el propio afectado.

Tenía 25 años y hace ya ocho del suceso. Ganó el juicio. El juez determinó que el dueño de la empresa debía indemnizarlo con algo más de 930.000 euros. Pero su antiguo jefe no tenía ese dinero. Seguridad Social le retiró las tarjetas de transporte y tuvo que cerrar la empresa. Le embargaron sus bienes. “Me quedé con su casa, con la hipoteca y los impuestos. Si la vendo me quedarían 50.000 euros de beneficio”, cuenta Zuasti. “Casi lo mismo que llevo gastado”, añade. El comprador de la finca donde trabajaba, dice, es conocido de su exjefe, y los testigos que ha conseguido tienen miedo a hablar por posibles represalias.

A raíz del accidente, Francisco Javier tuvo que cambiar de casa. En la que vivía, en un bloque, no estaba cómodo. Se fue a una unifamiliar, donde lleva más de dos años, de alquiler, y que ha ido adaptando poco a poco. “No sé si voy a poder comprarla, por eso no me gasto más dinero”, dice. Aunque ya lleva invertidos más de 20.000 euros en ella. En instalar rampas en la entrada de la vivienda, en los accesos, en acondicionar los patios, la cocina y el baño. “Y necesito un ascensor para el sótano”, relata. Pero no puede permitírselo.

"Dejar a una persona en esta situación no puede salir gratis"

Ahora, ocho años después del accidente, sigue esperando justicia. Aún le queda la opción de probar que su exjefe hizo un alzamiento de bienes ­–vendió la nave y maquinaria mientras se estaba juzgando el caso– para evitar tener consecuencias legales. En caso de no ganar éste último juicio, las costas legales podrían ascender a unos 10.000 euros. O lo que es lo mismo, casi lo que cobra de pensión durante un año. “Dejar a una persona en esta situación no puede salir gratis”, se queja. Y con razón. Está incapacitado por “gran invalidez”. La caída, desde nueve metros, le provocó un traumatismo craneofacial, otro vertebral, la fractura de las vértebras séptima cervical y primera dorsal, y una lesión medular aguda.

Su mundo, tal como lo conocía, se vino abajo. Pero supo sacar fuerzas para afrontar la nueva etapa que se le presentaba. Comenzó la rehabilitación y se negaba a usar sillas eléctricas. Perdió movilidad en los brazos, no puede cerrar las manos, necesita una sonda para orinar y ayuda para ir al baño. Pero no se rindió. Al contrario, supo sacarle partido a su discapacidad. “Lo poquito que movía lo tenía que explotar”, cuenta. Su fuerza de voluntad y su gen competitivo fueron claves durante el proceso de recuperación.

“Mi vida es muy cara”, dice ahora. Solo la silla de ruedas que utiliza cuesta 7.000 euros. Por suerte para él, se la cubrió la mutua con la que estaba asegurado. “Llevo 50.000 euros gastados en dos años”, apunta, entre sillas, máquinas para ejercitarse y pequeñas obras para adaptar su vivienda.

Pero Francisco Javier ha encontrado un refugio en el deporte. Apenas hacía nada antes del accidente, pero ahora es una referencia en el mundo del deporte adaptado. Practica handbike, una disciplina (ciclos que se impulsan con las manos) que le ha dado momentos de gloria. Y que le ha permitido tener cierta repercusión. “Sigo en el deporte no por mí, sino por otra gente”, relata. Y afirma tajante: “La mejor forma de inclusión es el deporte”. Zuasti dice que intenta ayudar a personas en su misma situación, para que “salgan de su casa”. “Al principio apenas podía andar 500 metros en handbike, ahora hago 50 kilómetros”. Es el espejo en el que se miran muchos. Da charlas, lo llaman continuamente para que guíe a personas que han sufrido accidentes recientemente y aconseja a todo el que puede. “Normalizo la situación de la gente con discapacidad”, dice.

Por los campeonatos de handbike en los que participa –aunque también practica tenis de mesa– está continuamente viajando por todo el país. Además, gestiona una web (tododisca.com) en la que da información sobre todo lo necesario para que personas discapacitadas encuentren empresas en productos especializados, ofertas de empleo o anuncios de segunda mano.

“No pido dinero, pido mejorar mi calidad de vida, que ahora mismo es nula”, asegura Francisco Javier. Y en eso sigue, ocho años después, en intentar conseguir lo que le pertenece.

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