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Conchi y Carmen contrajeron matrimonio hace diez años en el Ayuntamiento de Jerez y desde hace cinco son madres de Nicolás y Lucas.

“Los dolores los tenía yo, el malestar lo tenía yo, empaticé tanto con Carmen que la que vomitaba por las mañanas era yo”. Así vivó Conchi el embarazo de su mujer, logrado después de tres inseminaciones artificiales con donante de semen fallidas. El tratamiento fue un regalo de bodas de un amigo ginecólogo, “un detallazo”. El 15 de noviembre nacieron los mellizos Nicolás y Lucas.

Carmen siempre había deseado tener niños, lo tenía muy claro. Conchi por el contrario, no, “nunca me lo había planteado, luego accedí”. Ambas se conocieron a través de una amiga en común en el 99 del siglo pasado en la sugerente avenida portuense de Los Enamorados. Siete años más tarde, un 10 de marzo muy frío en Jerez, contrajeron matrimonio en el Ayuntamiento de la ciudad. Se trataba del tercero celebrado allí entre personas del mismo sexo, apenas nueve meses después de ser aprobada la ley del matrimonio homosexual en España.

Carmen es la mamá biológica de ambos por su anhelo de convertirse en madre y porque había probabilidades de que su pareja tuviera hijos con síndrome de Down. Así que rápidamente desecharon esa posibilidad por recomendación médica. El tratamiento de inseminación fue muy duro; tres intentos fallidos. “Se lo tomó bastante mal, eran muchas hormonas y el humor le cambió”, recuerda Conchi. Ya todo eso es un recuerdo lejano. Los mellizos están en el mundo desde hace cinco años. “Nicolás es como su madre (Carmen) físicamente, hasta en el sudor; le gusta mucho el campo como a ella, su mundo es campo, la tierra. Lucas es más señorito, como yo, no le gusta mancharse las manos; todas las manías de los niños son las mías”, cuenta encantada.

Pese a que en un principio se mostraba más reticente a la maternidad y a que ella no los ha llevado en el vientre, ha pasado mucho tiempo con ellos, porque trabajaba de noche, mientras su mujer trabajaba de día. “Los niños son míos porque los he criado yo desde el principio; puede que yo los considere más míos que ella. Hasta la abuela —la madre de Carmen—, dice que son iguales que yo”, afirma Conchi en tono jocoso. Para sorpresa de muchos, el padre Antonio hizo todo lo necesario y los pequeños recibieron el sacramento del bautismo en la barriada de La Ina. “No todo el mundo es homófobo; el padre Antonio tuvo la deferencia de referirse a mamá y mamá cuando toca decir, padre y madre”. 

Nicolás y asisten a clase en un colegio concertado de Jerez. “Mi familia de Chiclana va a La Salle y yo tenía claro que mis hijos iban a La Salle”, espeta Conchi, jerezana de adopción. Dicho y hecho, sin polémica de por medio. A la hora de cumplimentar la inscripción preguntaron por el padre, el matrimonio explicó que los niños solo tenían dos mamás y nadie puso el mínimo inconveniente. En el día a día, los niños muestran más respeto y madurez que los mayores: "Los compañeros no tienen prejuicios, han asimilado que Lucas y Nicolás tienen dos mamás”. Con respecto a los mayores difiere algo, pero no mucho. “Se da el clásico murmullo, normal… somos las primeras madres ‘lesbi’ con niños en colegios concertados de Jerez, pero la aceptación es genial”. Alguna madre le ha preguntado por qué lleva a sus hijos a un colegio religioso si son lesbianas y en una ocasión hubo un tira y afloja con otra que se subsanó, aunque el asunto llegó a dirección, pero sin trascendencia. Lo más importante es que sus hijos son felices, “y muy malos”, asegura.

Aunque la historia de esta familia parece un tanto idílica, casi como el resto de las personas y parejas del colectivo LGTB, no lo han tenido del todo fácil. Conchi, natural de Chiclana, presume de discreción, no tuvo ningún problema con su familia cuando les contó que era lesbiana. “Lo supieron cuando yo quise y como yo quise”. Carmen, que vivía en la barriada El Mojo Gallardo, lo tuvo un poco más complicado. La madre llegó a llevarla a un doctor.

Cuando la relación se consolidó los familiares lo asumieron, sin embargo a la hora de anunciar que se casaban de nuevo surgen asperezas: "Su padre nos dijo que por qué íbamos a formar un circo si estábamos bien como estábamos. Al final fue a la boda, lloró... Hay que entenderle, Carmen para su padre fue el hijo que nunca tuvo, se casaba su ojito derecho”.

Ambas son conscientes de la suerte que tuvieron a la hora de ser madres. Sus hijos son un regalo en el sentido estricto de la palabra. Se solidarizan con las parejas homosexuales y consideran que deben haber igualdad de derechos para las mujeres lesbianas a las cuales la Seguridad Social no les cubre la inseminación artificial. Y Conchi va más allá: “Si por mi fuera los hombres deberían tener las mismas posibilidades o más”.

Diecisiete años juntas, casadas desde hace diez, y con dos hijos. “Ha merecido la pena, desde que conocí a Carmen, me tocó la lotería cuando la conocí y ella dice lo mismo de mí”. Según la chiclanera, las claves son el amor y un continuo proceso de negociación, son excepcionales los matrimonios duraderos como el suyo. “Y pensar que una semana antes coincidimos las dos en el mismo sitio y no nos vimos. La vida…”.

Sobre el autor:

María Luisa Parra

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