Los vecinos de San Telmo desalojados de sus viviviendas intentan rehacer sus vidas: "Esto es partirte por la mitad".

Estaba en pijama, en su casa, cuando una vecina le dijo que iba a venir la Policía. Y luego los bomberos. Ahí ya se temió lo peor. Pocas horas después, tras analizar el edificio, prefirieron no correr riesgos y desalojarlo. De eso hace un mes y ha entrado en su casa apenas cinco o seis veces. Charo, vecina del quinto piso del bloque 26 de San Telmo Viejo, no termina de acostumbrarse a su nueva vida. Ahora está, con su marido, su hija y su perro, viviendo en La Unión. Allí la ha reubicado el Ayuntamiento, que ha buscado alojamiento para las cuatro familias que no tenían adonde ir. Han firmado un contrato de seis meses, hasta abril, pero espera volver antes a su vivienda, donde llevaba 18 años. “Lo único que le pido a los Reyes Magos es que me digan pronto que me vaya a mi casa. Esto es partirte por la mitad”, señala angustiada.

El 12 de noviembre se dio la voz de alarma. Las obras de la vecina del bajo del bloque 26 de San Telmo Viejo habían provocado grietas en pilares estructurales del edificio. Los bomberos primero, y los técnicos de Urbanismo después, certificaron que era mejor dejar vacío el edificio ante el riesgo de derrumbe. Los vecinos aseguran que no llegaron a escuchar ningún crujido, pero el informe técnico desaconseja seguir habitando las viviendas. Después de estar más de 15 días alojados en un hotel, ahora rehacen sus vidas —o lo intentan— en los pisos que costea el Ayuntamiento.

La primera medida que hay que tomar, el apuntalamiento del edificio, aún no se ha hecho efectiva, y los vecinos ya amenazan con entrar en el edificio si no empiezan los trabajos antes del lunes 12 de diciembre. “Creo que han pedido los puntales por Aliexpress”, bromea Charo, que añade: “Me han echado un mal de ojo, desde mis Bodas de Plata, que fueron en septiembre, ha venido todo como el culo”. Charo Campillo, una de las vecinas desalojadas, ha sufrido desde entonces un intento de robo o ha visto cómo empeora la enfermedad de un familiar. Charo tiene fibromialgia —lo que le produce fuertes dolores musculares por poco esfuerzo que haga— y ha vuelto a tomar “la pastilla de la depresión”, algo que no hacía desde que falleció su padre, hace ahora dos años y medio. “He comprado Lotería con mi madre a ver si me toca, espero que no me vengan más cambios”, dice.

“Aquí no duermo”, señala, en referencia a su nueva casa, en La Unión. Hasta tiene sueños perturbadores. “La otra noche soñé que estaba en el bloque recogiendo cosas y se caía con nosotros dentro”, dice. A su vecina Paqui, la del tercero, le pasó lo mismo. “Esto es desesperante”, señala Charo, que teme que la situación “va para largo”. Mientras, los vecinos se turnan para hacer guardia frente al edificio, ya que el Ayuntamiento, que mantenía a una pareja de Policía Local las 24 horas, decidió hace unos días que solo estuvieran por la noche. “Una vecina nos avisó de que ya no estaba la Policía y fuimos para allá corriendo”, recuerda Charo. Los turnos de cuatro horas los componen tres vecinos, que se aseguran así de que sus pertenencias —apenas han podido sacar algo de ropa— siguen intactas.

En San Telmo, Charo lleva viviendo casi toda su vida. Después de casarse estuvo una temporada en la calle Escuelas, pero volvió a sus orígenes. Todo lo que sea vivir fuera de ahí le resulta raro. Hace poco solicitó un periodo de carencia de cinco años para su hipoteca, por lo que le quedan 23 por pagar. Su marido lleva dos años y medio en paro. “Estuvo de guarda en la comisaría de El Almendral, pero desde entonces nada”, cuenta Charo, que dice que le sale algún chapú, pero poco más. Los 426 euros de la ayuda familiar de su marido y lo que gana su hija, de 26 años, limpiando oficinas en El Puerto dos días en semana, son los ingresos que entran en su casa. Ella no puede trabajar por la fibromialgia. “Estuve hace unos años en el Hogar Los Dolores y en un hotel, tengo un año y medio cotizado”, explica. Charo sigue manteniendo el contacto con sus antiguas vecinas, con las que espera reencontrarse más pronto que tarde. "Me echan de menos", señala, y añade: "En cuanto me preguntan dos veces me salen las lágrimas".

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