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Un fuerte chaparrón sobre las dos de la tarde, la hora en la que se toman muchas de las pequeñas grandes decisiones que marcan el día de fiesta, no empaña un jueves pletórico de Feria del Caballo.

Serían las dos de la tarde cuando cayó la mundial. Las previsiones meteorológicas que barruntaban fuertes chubascos insistieron en concretarse. Daban lluvia, mucha lluvia, para el jueves de Feria y la tromba en una de las horas clave de cada jornada en el recinto ferial (esa que da entrada al mediodía del eterno retorno, a los compromisos o al almuerzo entre amigos y familiares) dio la razón a los agoreros que tenían preparado el paraguas desde hace una semana. No faltó ese cuñadismo de andar por casa en plan ‘te lo dije, si yo sabía que hoy la Feria se mojaba…’ El chaparrón duró poco pero ellos ya tenían la razón en el bolsillo. Y tú, que te habías debatido entre pillar el paraguas o no, acabaste empapado dando saltitos ridículos por el Real. Salió el sol, se marchó la borrasca y volvió la fiesta. Pero ya era tarde, la decisión estaba tomada. Hubo un momento de humedad máxima en el que dentro de las casetas se vivía una experiencia similar a bajarte del avión en el aeropuerto de La Habana. Pero duró poco. Es cierto que hubo otro momento en el que todo el mundo andaba de puntillas esquivando charcos y barro, y es cierto que más de uno se aventuró a afirmar que Jerez al fin tenía playa en el González Hontoria. Pero nada, poca cosa. Sobró el paraguas durante prácticamente el resto de un jueves pletórico. El tiempo dio tregua, todo quedó en ese aguacero y la jornada siguió su cauce habitual: otro día grande en la fiesta mayor jerezana. Duda resuelta.

Como decimos, todo volvió a su ser pese a las (breves) inclemencias del tiempo. Los enganches pasaron a quitarse el chubasquero y a lucirse correteando de arriba abajo, como góndolas en Venecia que regatean con los curiosos (o incautos) el precio final por el paseo. El albero, bien asentado por el agua, jamás volvió a levantarse como en los días precedentes, sacudido por la levantera. Más de uno, que pensaba ahorrarse el día (por el bien físico, mental y económico) con eso de la inoportuna lluvia, terminó por volver al parque. Como el asesino que siempre vuelve al lugar del crimen o ese que cree que en realidad al lugar en el que fue feliz puede volver una y otra vez, decidió empezar por la cerveza porque hacía frío para rebujito. Se notó hinchado de tanto atracón diario y finalmente optó por el fino. Habían pasado dos horas y ya estaba otra vez impregnado y envuelto al completo un día más en la Feria. Mimetizado con el ambiente pese a tanta indecisión. 

Son los pequeños detalles, las pequeñas grandes decisiones, las que marcan el devenir y el día a día de la celebración. Las dudas y las eternas preguntas. ¿Es momento de abandonar el vino y volcarse con el trago largo? Más dura será la resaca. ¿Hay que llevar a los niños ya a los cacharritos o esperamos un poco a que estén más cansados y así exijan menos? Son niños, en los cacharritos se ponen on fire aunque sean las cuatro de la mañana. ¿Me envalentono y pido la ración de jamón o reservo y apuesto por unos modestos pimientos? Da igual, si no pides el jamón te darán una puñalada en otro sitio por unas croquetas congeladas. ¿Aguanto hasta la noche o pego carpetazo ahora que aún estamos lúcidos y más o menos sobrios? Hombreeeee, me alegro de verteeee... (Otra vez hasta las tres o las cuatro de la mañana) ¿Coche o autobús? Es que luego es un tostón para aparcar y lo que te ahorras de tiempo lo gastas en gasolina y en dar vueltas como la noria; es que luego hay mucha cola; es que hoy los autobuses acaban más tarde... ¿Almuerzo en la Feria o comemos en algún sitio de los alrededores? Uf, está todo a rebosar, voy a ver si en esa caseta hay una mesita. 

¿Me llevo la chaqueta o hará mucho calor? ¿Limpio los zapatos más a fondo o le paso la toallita rápidamente? Estas preguntas son extensibles al universo femenino, aunque salpicadas por muchas más cuestiones de enorme trascendencia en la Feria: ¿me visto de flamenca o voy más cómoda? ¿Me llevo unos zapatitos planos o no me harán daño estos tacones? ¿Dónde me guardo el móvil para que no me lo roben? Son decisiones que a veces se toman en milisegundos y trastocan planes o, en algunos casos, alteran el día de hoy e incluso el de mañana. A estas alturas uno puede optar por meter la defensa atrás y conservar el resultado. O también puede lanzarse a pecho descubierto, optimista convencido, enemigo de los partes meteorológicos, sin paraguas y que le pille el aguacero en el paseo de las Palmeras. En la Feria, como en la vida, hay que ir partido a partido pero sobre todo hay que mojarse. Aunque a estas alturas de la película ya llueva sobre mojado.

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