"Las dos puñaladas que me dieron me duelen menos que la de la Seguridad Social"

La historia de Juan Cadenas, ex Policía Local de Puerto Serrano que perdió un ojo tras detener a uno de los peligrosos 'Cachimbas' y que afirma haber recibido un varapalo mayor por parte de la Administración.

“Los putos amos”. Así se definen en Puerto Serrano los Cachimbas un peligrosísimo clan familiar que ha hecho del delito su forma de vida. Pura mafia. Los más peligrosos, los hermanos Jorge, Pedro y José, acumulan una infinidad de delitos: agresiones, desordenes públicos, contra la seguridad vial, intentos de homicidio… Para esta familia, nada ni nadie está por encima de ellos. Ni siquiera las fuerzas del orden. Guardias civiles y policías han salido mal parados en más de una ocasión al intentar detenerlos o para sofocar cualquiera de las peleas en las que se han visto involucrados. Uno de los peores parados es el protagonista de esta historia, Juan Cadenas.

Noche del 17 de enero de 2015. Juan, 30 años, Policía Local de Puerto Serrano, patrulla por las calles de la localidad serrana cuando un Volkswagen blanco los adelanta a toda velocidad. Lo reconocen en el momento. Es Jorge Cachimba. El conductor no muestra ningún aprecio ni por su vida ni por la de los demás, entre ellos un sobrino suyo, de 14 años, que viaja de copiloto. En ese instante comienza una persecución que acaba minutos después en el pub El Encuentro. Jorge se baja del coche, los agentes le recriminan su acción y en ese momento, tío y sobrino la emprenden con los agentes, el adulto a base de patadas, el menor, a pesar de su edad, ya tiene cara suficiente para coger una silla del bar y estampársela a uno de los policías. La detención fue “un infierno”, relata Juan, que en todo momento intenta que la detención sea limpia. “Reduje al conductor intentando no hacerle daño. Esta gente han tenido mucho beneplácito judicial y cualquier lesión que les hagas te puede acarrear un disgusto”.

Juan y su compañero trasladan a Jorge a la jefatura de la Policía Local. Con semejante personaje ni se les ocurre trasladarlo al cuartel de la Guardia Civil de Ubrique, a media hora de allí. De camino se percatan de que José, hermano del detenido, y en compañía del menor de edad, les siguen en el mismo Volkswagen empleado en la persecución. Al llegar a jefatura, éste les pide explicaciones. El compañero de Juan le explica que Jorge está detenido por conducción temeraria y por agresión a agente de la autoridad, pero el Cachimba no atiende a razones y llama por teléfono a Pedro, el tercer hermano del clan y el más violento. Juan, temiendo lo que podría pasar con los tres en jefatura, llama por teléfono a otros compañeros para que acudan y cierra con pestillo la puerta. Paradójicamente, las medidas de seguridad del edificio brillan por su ausencia. “Eso no era una jefatura, era una estación de autobuses”.

Los ánimos se caldean. Jorge y José amenazan a los agentes. Minutos después llega Pedro, desbocado, que de una patada revienta la frágil puerta de la jefatura. El golpe provoca la rotura de unos cristales. El Cachimba coge un trozo puntiagudo y amenaza a Juan para que libere a su hermano. El agente, entonces, desenfunda su arma reglamentaria y encañona a Pedro. Sin embargo, pronto duda de su acción. La dichosa “proporcionalidad”, “el miedo” que les infunden durante la formación a la hora de emplear su arma. Entonces vuelve a enfundarla, momento que aprovecha Pedro para intentar agredir al compañero de Juan. Se produce un forcejeo en el que participan todos. Juan sale malparado. Recibe un pinchazo en su ojo izquierdo y un severo corte en la garganta. La sangre sale a borbotones. Entra en shock. A duras penas sale de la jefatura y se refugia en su coche antes de que sus agresores lo alcancen para rematarlo.La noche es larga para unos y otros. Los Cachimbas tras su acción, huyen para acabar atrincherados en el domicilio de uno de ellos. Policía Local, Guardia Civil e incluso un grupo especial llegado de Sevilla tardan una hora en asaltar la casa y detenerlos. Juan, por su parte, acaba en Urgencias del hospital de Jerez, donde pierde su ojo izquierdo durante la intervención de cuatro horas que le practican. Aun así puede dar gracias. Los médicos le dicen que la segunda puñalada, por unos centímetros, no le alcanzó la yugular. “Habría muerto en un minuto”.

Un varapalo aún más doloroso

Perder un ojo es difícil. Cuesta mirarse al espejo, la autoestima acaba por los suelos. Juan reconoce que le cuesta salir a la calle aunque sea para tomarse una cerveza. “No tengo ganas de relacionarme con nadie. Si por mi fuera, viviría aislado en una casa en el campo con mi mujer y mis hijos”. Su familia es su única alegría. Tiene tres niños, dos con su actual mujer y un tercero con su expareja. Al más pequeño lo vio nacer a los pocos meses del trágico suceso que lo dejó tuerto. “Hay veces que me siento afortunado, aunque sea con un ojo lo vi nacer”. Sin embargo, siente que la mayor puñalada no se la dio Pedro Cachimba, sino la Administración. 

El pasado 7 de marzo recibía una comunicación del Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS), otorgándole la incapacidad permanente total para ejercer su profesión, que lleva aparejado vivir con una pensión de poco más del 50 por ciento de su salario. Ese mismo día, el mismo INSS dictaba otra resolución contra su agresor. Por su trastorno de personalidad mixta se le concedía la incapacidad permanente absoluta para toda profesión, con derecho a pensión del cien por cien de su base reguladora, considerándole incluso en situación de alta, o asimilada al alta, al estar en prisión provisional. “A mi eso me ha machacado, no lo entiendo. Las dos puñaladas que me dieron esa noche me duelen menos que la de la Seguridad Social. Me pongo a pensar y pienso qué se les pasará por la cabeza al resto de policías que hayan conocido esto”, relata Juan. Ahora, incluso lamenta no haber disparado su arma. “Si hubiera tenido un cuchillo no me lo hubiera pensado. No quise matar por una repercusión económica y judicial y al final me ha afectado económica, física y mentalmente. Estoy arrepentido de no haber disparado. No habría perdido el ojo, quizás tendría un juicio por homicidio, pero me defendería ante un juez”.

El juicio por su caso tendrá lugar entre el 20 y el 23 de febrero de 2017 en la sección octava de la Audiencia Provincial de Cádiz, cuya sede está en Jerez. La fiscalía pide para su agresor 32 años de prisión y 18 para sus hermanos. Sin embargo, y aunque la petición de condena es alta, Juan no es del todo optimista. “Temo que esto que ha pasado en el INSS se traslade a los tribunales”, afirma, además de considerar que “el sistema está pensado para los delincuentes. El fiscal les pide de indemnización 255.000 euros, pero no van a pagar ni las costas del juicio, se van a declarar insolventes, aunque para pagar a una buena abogada sí que tienen dinero” –la mediática Esperanza Lozano, defensa en su día del hijo de Ortega Cano-. Juan tiene motivos para estar desanimado. “Lo peor de todo es que a esta gente se les ha detenido 20 ó 30 veces. Y la Guardia Civil, meses antes de lo que me ocurrió, alertó al juzgado de Instrucción de que estos tres hermanos son un peligro para la sociedad. Tienen siete u ocho juicios pendientes. Y encima de todo les tenemos que pagar una incapacidad absoluta. Y a mí ni las gracias. ¿Acaso no he perdido ya bastante?”. 

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