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La crónica de una tradición, de una pasión por ver el espectacular andar del misterio de Nuestro Padre Jesús de la Sentencia y Humildad junto a las alabanzas que le brindan a Nuestra Señora de la Esperanza Coronada.

Por el Arenal ya se vislumbra el vapor del sudor que desprenden los costaleros de la hermandad de la Yedra tras el relevo; hombres con garbo, con algo especial, o eso es al menos lo que aseguran en el barrio. Ya entrada la mañana, pasadas las 8, el sol se esconde entre nubes grises y el Señor de la Sentencia espera y alterna su recorrido con pasos escuetos y largas zancadas. Separados por una larga hilera de penitentes, Señor y Madre comienzan su viaje de vuelta a casa, a la humilde morada que es la pequeña capilla de La Yedra. Entre túnicas blancas y capirotes verdes la juventud, con ojos brillantes y tez cansada, contempla los andares de los costaleros del Sentencia, como popularmente se le conoce en La Plazuela al Señor. Los móviles asoman por encima de las cabezas. Mucho abrigo y pañuelo para una madrugada fría que van sobrando conforme avanza la mañana. Las familias se arremolinan sin descanso, no se detienen y escoltan al misterio como quien decide acompañar a un amigo a su casa. El público no es mero espectador, es uno más dentro de la procesión. Quiere ser partícipe del espectáculo y un año más consiguen desbordar de arte y júbilo La Plazuela. 

 

Es por Corredera cuando el sol empieza a saludar al Señor. El humo del incienso que reparte el cuerpo de acólitos se difumina y se pierde en la humedad de la mañana. Pasan las 8:30 y los rayos del sol bañan el rostro de Jesús de la Sentencia. El misterio baila al son de la banda de La Estrella Dos Hermanas, que lleva ya nueve años cubriendo sus espaldas. Casi un centenar de músicos engrandecen el caminar del Sentencia permitiendo que éste avance al son de la música con grandes o pequeñas zancadas, de costero a costero o incluso hacia atrás, una maravilla que es ovacionada por su gente, muchos luciendo la medalla de la hermandad. El Señor, por unos momentos, le arrebata el protagonismo de la mañana a la Esperanza, ya que en esta Madrugada de 2016 ha abandonado la túnica morada para sustituirla por una blanca, “pureza”, para algunos espectadores, “mal augurio” para otros, ya que la última vez que Jesús vistió de blanco llovió y no pudo sellar su largo recorrido. Afortunadamente esta vez no es así. Este 25 de marzo madre e hijo cruzan el centro de Jerez con nuevo atuendo y sin ningún atisbo de agua. Lo que más se le parece es el rocío de la mañana, temporal que encrespó a más de una que previamente visitó la peluquería. No obstante, la mezcolanza de los primeros rayos de luz de la mañana y la humedad crean una atmósfera mística que abrillanta la trágica expresión de Claudia Prócula tras conocer la sentencia de su marido.Casi sin darnos cuenta, tras una larga sucesión de marchas, la cofradía encara su última calle: Sol. Juego divino que el sol se esconda entre una masa de nubes hasta que el misterio llega a su destino. Una vez encauzado por la mítica calle que vio nacer a Lola Flores, la nube se desplaza y con cortesía un sol radiante le da la bienvenida al cortejo de nazarenos. La cruz de guía llega a la Plazuela poco antes de las 10. No obstante, los alrededores de la capilla ya estaban habitados desde las siete y media de la mañana, cuando todavía la hermandad discurría por la Catedral. Las ansias pudieron con muchos de los jóvenes que se apresuraron para hacerse con un buen sitio que les permitiera disfrutar en primera fila de la recogida. Algunos escogieron situarse delante de la misma puerta; otros que llegaron sobre la misma hora fueron más listos y decidieron contemplar dos escenas: el saludo de la Esperanza al Señor y la entrada por la puerta lateral. El resto se conformó con su llegada por la calle Sol y estar frente por frente para ver el encuentro entre los dos pasos. El perímetro de La Plazuela proporciona una amalgama de posibilidades para contemplar la recogida, evento que muchos recuerdan con cariño desde que eran unos niños. 

Las calles paralelas y la plaza principal se encuentran desiertas de prensa. Es el primer año que Onda Jerez no está presente con su recuadro negro alzándose entre la marabunta de observadores. María Esperanza de la Macarena Mendoza aguarda al otro lado de la valla, cerca de la casa de vecinos número 1 de La Plazuela para cantarle -desafortunadamente sin retrasmisión- por primera vez a la Esperanza Coronada en la recogida. “Yo le he cantado en la plaza del Arenal, en la calle Larga y ahora le voy a cantar en la puerta”, aclara emocionada, a lo que añade con una alegría inmensa: “Yo participé económicamente en la corona de la virgen”. Ella lleva esperando desde las siete y cuarto, nerviosa e ilusionada por cantarle por tercera vez a su virgen y tocaya, Esperanza. El fervor que mueve esta cofradía palpita entre los ojos cansados y soñolientos. No obstante, algunos confiesan que se acaban de levantar y sustituyen el desayuno por dicho cuadro. “No es cuestión de fe, se trata de tradición”, apostilla uno de los que se encuentra en primera fila. 

El misterio vacila en su llegada a La Plazuela, meciéndose al compás de un solo de trompeta. Las plumas de los soldados romanos se agitan por los andares cortos. El viento apenas sopla por la mañana. El sol aviva los colores de las imágenes, estrenadas en la Semana Santa de 2005 para sustituir a las antiguas, y calienta las miradas y las frentes de los espectadores. La trompeta sigue sonando a solas, el misterio da pasos cortos y con el estruendo de los tambores el paso comienza sus zancadas largas. El Señor acelera y el público ensordece, a golpe de aplausos, el barrio de La Plazuela.

“Yo le he cantado en la Plaza el Arenal, en la calle Larga y ahora le voy a cantar en la puerta”

Minutos antes llovieron pétalos desde ambos flancos de la calle Sol. Los balcones tiñen de rojo el cielo para santificar a los protagonistas de la mañana. Pequeñas cabezas aparecen tímidamente desde la azotea de la hermandad. La pavera y parte de los 130 pequeños nazarenitos que tiene a su cargo suben a lo más alto de la casa de hermandad para divisar con tranquilidad -lejos del alboroto de la plaza- la llegada de los titulares y para arrojar los pétalos de rosas, guardadas en varias cajas. Al pasar el misterio los pequeños se aventuran a llamar la atención de sus padres, gritos que son silenciados por la muchedumbre, que manda a callar. Es entonces cuando La Plazuela se llena de música, saetas y aplausos. Cerca de 10 personas dedican unas palabras al misterio y al palio: desde el bar La Plazuela se oyen diversos hombres que se animan a cantar, algunas saetas ni están orquestadas, ya que incluso la banda interrumpe una de ellas. Ovacionada es la saeta de Eva Rubichi desde un balcón, hasta el punto de que los fuertes aplausos mitigan los quejíos de la cantaora. Todo ello ocurre cuando los cuatro zancos del misterio del Señor de la Sentencia están posados en el suelo, frente a la capilla y a la espalda de la estatua de La Paquera de Jerez.

Sentencia: curioso nombre y término. ¿Cuántas lecturas se pueden sacar de dicho concepto? El Señor sentencia una madrugada con un recorrido de 10 horas. Él es el último en recogerse, y nunca mejor dicho porque las damas van primero, siendo el único misterio de Jerez que aguarda a que el palio se recoja antes que él, debido a las dimensiones de su pequeña sede. La espera con mimo y paciencia en la media circunferencia que rodea la capilla de La Yedra. En su corona de espinas, alguno de esos pétalos de rosa lanzados minutos antes, que parece que quisieran mitigar su dolor. Abajo la gente se encuentra apelotonada. La Plazuela está abarrotada y los espectadores llegan ya hasta Madre de Dios. La Paquera nunca ha estado tan solicitada. La Policía Local tiene que crear una valla imaginaria para que la Esperanza llegue y revire elegantemente para saludar a su hijo. Los nazarenos se agolpan en la mediana de la capilla junto a la banda. Ante tantísima expectación, los policías crean un acceso por calle Pañuelo de la Yedra para que los fieles que asisten detrás de los pasos puedan salir del recinto y hacer hueco al palio. Es el turno de ella, de la “guapa, y bonita, y bonita y bonita y bonita”. Lágrimas de emoción reciben a la reina de La Plazuela al filo de las 11, hora prevista de la recogida. En la salida de la calle Sol la banda de la Cruz Roja interpreta la marcha Encarnación Coronada, donde músicos y público cantan al unísono el Dios te salve María. Acto seguido es el himno de la coronación de la Esperanza de La Yedra, de Paco Cepero, el que resuena: “Dios te salve, reina y madre, Esperanza de la Yedra. La Plazuela te venera y te reza con devoción. La más bella, tu mirada embelesada, Esperanza Coronada…” Bellísima letra que une el espíritu de todos los que cantan con la mirada puesta al palio. 

Poco a poco, entre los cánticos y los pasos breves de los costaleros de la Virgen, el palio se dispone a entrar en la capilla. Las cámaras de los balcones la rodean. Observada, reina de todas las miradas –con Jesús quieto y momentaneamente olvidado-, el palio se balancea: entra y sale, entra y sale ante los piropos de su barrio. La Plazuela grita su nombre y la colma de lindos halagos. Bajo el himno de la coronación reiterado por los que viven la Semana Santa con pasión, la Virgen se resguarda del sol y espera dentro de la capilla la entrada del misterio. Galante y puro, el Señor imita los pasos de la virgen y se aproxima con brío a la puerta. Por más que las vallas envuelvan la Plazuela, La gente desborda el cerco y se coloca a la vera del Señor. El reloj hace ya rato que dio las 11, pero el Sentencia no tiene prisa por recogerse. De espaldas entra y sale. Cinco son las ocasiones en las que el Señor oscila en su recogida, y todo al compás de la banda de Dos Hermanas. Sale y entra: sol y sombra.

Creyentes y no creyentes aguardan apaciguados la recogida de la hermandad de La Yedra. Para muchos no se trata de creencia, sino de tradición. La mayoría acude a la recogida como una costumbre familiar. Para algunos es como un relevo que la familia cede a los jóvenes, aquellos que se atreven a soportar más de 18 horas despiertos. Con el objetivo de que año tras año la Esperanza y el Señor de la Sentencia se encuentren arropados por su gente y su ciudad. Una vez que entra el Señor, ya pasadas las 11 y media, La Plazuela, anteriormente abarrotada, se queda en nada. La gente se dispersa rápidamente, el espíritu y el fervor se esconden dirección a la cama o hacia algún tabanco. Ya no hay multitud alrededor de La Paquera, ahora solo la acompañan latas, cáscaras de pipas y bolsas de patatas fritas que quedan en el olvido. Como en el olvido queda lo vivido este viernes en la Plazuela, ya que es una sensación efímera que cala entre la multitud y que necesita ser recordada cada año. 

Sobre el autor:

Claudia González Romero

Periodista.

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