Tres días, cuatro funciones y una ciudad volcada para ver a Juan Dávila en el Teatro Villamarta de Jerez. Allá por septiembre hubo largas colas en la calle Medina. Muchos se preguntaban qué artista de relumbrón llegaría al principal escenario de la ciudad para atraer a semejante cantidad de espectadores. El cómico madrileño tardó pocos días en vender todas las entradas de su espectáculo, El palacio del pecado. Este fin de semana, seis meses después de volatilizarse las casi 5.000 localidades a la venta, el showman completa un póker de funciones a reventar de público, como por otra parte a cada plaza de España a la que llega a actuar.
Con un bastón para sordociegos que le regalaron años atrás, el humorista dirige casi dos horas de improvisación andando entre el patio de butacas, en el escenario e interactuando con su público, siempre dispuesto a llegar a los recovecos más profundos del humor irreverente.
Dávila dejó atrás su trabajo como Policía Local para dedicarse a la comedia, la vocación que siempre tuvo clara. Su propuesta no es un monólogo al uso. No hay texto cerrado ni chistes preparados. Todo es improvisación, intuición y contacto directo con el público. A sus 47 años, Juan López Fernández-Dávila se ha convertido en todo un fenómeno en la escena española. Sus vídeos virales atraen a millones de seguidores y en sus giras le acompañan su hermana y varios amigos a los que ha dado empleo. Lo suyo, al menos hasta que dure el boom, es un auténtico caso de éxito. ¿Secreto? Mucha poca vergüenza, irreverencia y entrar de lleno en lo políticamente correcto. Un show no apto para ofendiditos. O sí.
Un formato que le ha valido tantos seguidores como críticas, especialmente por un humor que muchos definen como irreverente, provocador o incluso ofensivo. Dávila, sin embargo, defiende justo lo contrario: que su espectáculo es un espacio de inclusión donde nadie es tratado con condescendencia, como explica él mismo a lavozdelsur.es, momentos antes de volver a saltar al escenario del Teatro Villamarta.
"No me río de la gente, me río con la gente"
Pregunta. Hay quien define su espectáculo como "el del cómico que se mete con la gente". Otros hablan directamente de humillación. ¿Qué respondes a eso?
Respuesta. Eso se dice mucho: el tío que se mete con la gente, que humilla, que insulta. Pero en cuanto te paras a mirar un poco más allá, te das cuenta de que tiene más que ver con una labor social. Aquí no se trata de reírse de alguien mientras lo pasa mal. La clave es que esa persona se está riendo también.
P. ¿Dónde está entonces el límite?
R. En el propio público. Yo voy midiendo todo el rato. Si algo entra, seguimos; si no, paramos y pasamos a otra cosa. No hay interés en hacer daño. Si lo hubiera, no funcionaría.
El público de Dávila es tan diverso como imprevisible. En Jerez, asegura, le sorprendió especialmente este pasado viernes, ver a muchas personas mayores en la sala, un perfil que a priori parece alejado del público joven que lo sigue en redes sociales. En muchos casos, explica, llegan porque hijos o nietos les regalan la entrada como una experiencia "que hay que vivir una vez en la vida".
"Este humor da un sitio a gente que no lo tenía"
P. En sus vídeos aparecen personas con enfermedades, de distintas etnias, extranjeros… ¿Nunca te da miedo cruzar una línea?
R. Lo que ocurre es que hay mucha gente con problemas que nunca había tenido un lugar donde ir sin que se les tratara con pena o condescendencia. Aquí se les trata como a uno más. Y nos reímos juntos, incluso de la enfermedad.
P. Hay quien dice: "se está riendo de esa persona".
R. No, hay que mirarlo bien. Esa persona se está riendo también. No es yo riéndome y el otro pasándolo mal. Es compartir la risa.
P. Ha mencionado en varias ocasiones a la comunidad gitana, por ejemplo.
R. La comunidad gitana viene todo lo que puede, nunca fallan a mi espectáculo. Igual que vienen extranjeros de muchos sitios. Porque sienten que este es un lugar donde no se les señala, sino donde se les integra.
El humor de Dávila se apoya en los pecados capitales, aunque reconoce que cada día el espectáculo deriva hacia uno u otro según lo que surja en la sala. Para él, hay uno que hoy domina claramente la sociedad: la ira.
"Estamos en la sociedad de la ira"
P. ¿Por qué cree que ahora conecta tanto este tipo de humor?
R. Porque hay muchísima ira. La gente está enfadada, polarizada, sin escucha. Todo es blanco o negro. Y la risa rompe eso.
P: ¿Tiene que ver también con la dictadura de lo políticamente correcto?
R: Claro. Siempre ha habido corrección, pero ahora la gente necesita un lugar donde expresarse de otra manera. Y el teatro es ese contexto. Esto dicho por la calle no tendría sentido, pero aquí venimos a un show de humor.
P. ¿Cree que el humor políticamente incorrecto seguirá creciendo o acabarán cancelándolo?
R. Fíjate que al principio era mucho más rechazado. Ahora cada vez es más aceptado, incluso por gente que lo criticaba. Me pasa mucho que alguien me dice: "Mi pareja no te podía ni ver y ahora es la primera que quiere ir".
El sexo, la lujuria y lo que no se dice en casa también forman parte del espectáculo. Tabúes que, sobre el escenario, encuentran una vía de escape colectiva, a veces entre risas nerviosas y confesiones involuntarias del público.
"Aquí se dicen cosas que en casa no se dicen"
P. El sexo está muy presente en su espectáculo. ¿Por qué funciona tan bien?
R. Porque sigue siendo tabú. En las familias no se habla de esto, pero aquí, como está justificado por el humor, se dicen cosas que no se dicen en casa. Hay personas que se suben y cuentan muchas cosas que no cuentan en otro sitio.
P. ¿La gente se corta?
R. Al principio sí, y luego lo sueltan todo. Y después dicen: "¿para qué he dicho nada?". Pero ya está hecho, y nos reímos.
Con cuatro funciones agotadas en el Villamarta, Juan Dávila confirma en Jerez que su comedia no deja indiferente a nadie. Provoca, incomoda y divide opiniones, pero también llena teatros y genera una risa compartida que, según él, sirve para algo más que entretener: rebajar la ira y la tensión de una sociedad cada vez más crispada, de un mundo polarizado donde la escala de grises ha quedado aparcada por el negro o el blanco. Y la vida, con sus alegrías y tragedias, tampoco es eso.
