Las Jornadas por la Memoria Histórica recrean el relato de algunas víctimas de la Guerra Civil y la represión franquista en la ciudad, como la vida de Ana, Antonio y María Luisa Cobo, Francisco Gil y Manuel de la Calle. 

Los familiares de las víctimas hablan, una premisa que parecía sencilla, pero que terminó siendo un acto inquietante, desgarrador y sobre todo emotivo. Cuando entra el factor humano en la ecuación, los que intervienen se abren en canal para presentar recuerdos de unos antepasados que no desean ser olvidados. Las Jornadas por la Memória Histórica y Democrática de Jerez han recogido, gracias a una mesa redonda, la vida arrebatada de algunos jerezanos a partir de 1936. Los muros de Los Claustros de Santo Domingo han sido testigos de la memoria de personas como María Luisa Cobo, una mujer que luchó por la igualdad de género, y Honorio Marín, un viticultor que combatió por la libertad de cualquier ser que habitara en la tierra.

Los relatos de las víctimas de la Guerra Civil o la represión franquista solo tienen un final. Sin embargo, siempre suele haber punto y coma, algunos, casi 80 años después, no descansan en paz. "No pierdo la esperanza de encontrar a mi tío. Voy a seguir, no voy a amilanarme", expresa Ana Gil, sobrina de Francisco Gil Sánchez, un jerezano de El Torno que fue apresado mientras vendía espárragos, tagarninas... lo que encontrara por el campo. ¿Su delito? Sus ideas, nacer en el seno de una familia republicana. Cuenta que lo detienen en las proximidades de El Puerto y que se lo llevan preso al penal, "luego pasó a San Fernando y no volvimos a saber nada más de él". La noche oscura del franquismo le engulló. En una visita que la madre de Francisco le hizo a éste en San Fernando, le dicen que ahí ya no se encontraba, que Francisco es enviado por unas brigadas de trabajo a hacer los canales de Bilbao. Mentira. A su tío lo matan con 32 años. Ana, su sobrina, lleva investigando desde mayo de 2015, pero dice que siempre ha tenido “ese afán por recuperar su memoria y conocer dónde están sus restos”. Su tío, Francisco Gil, aparece fallecido en el informe a causa de una encefalitis crónica. Una mentira más, una tras otra. “Era lo que decían en vez de poner que le habían dado dos tiros”, espeta. Ana lucha para que "se haga justicia y darle un entierro digno junto a su mujer y su hija ya fallecidas”.

La sobrina de Francisco Gil no se encuentra entre los ponentes para expresar al auditorio su historia, su duelo. Permanece entre el público, rodeada de otros familiares de víctimas de la Guerra Civil que asisten al encuentro con la misma ilusión con la que va ella: revivir esas lindas y cariñosas figuras que fueron asesinadas por un ideal que no era el escogido por los poderosos. Francisco Reinoso Cobo, ex Defensor de la Ciudadanía, lleva consigo la vida de su madre, Ana Cobo, la de su tío Antonio y la de su tía María Luisa, a la que todo Jerez conocía por su labor social: "Si tienes problemas, llama a María Luisa la comunista". 
Reinoso cuenta que su tía sortea a la muerte cuando la falange preguntaba, debido a una equivocación en el registro civil, por Ignacia Cobo. Ella, hábil y astuta, le dijo a la milicia que se trataba de su hermana, y así, María Luisa consiguió salvar su vida. Su hermano, Antonio Cobo no tuvo tal dicha. “Un chaval que estudió y trabajó como proyectista de cine”, cuenta su sobrino, fue apresado una noche en casa de sus padres. Se lo llevan y dos días después llaman a la puerta para entregarle su abrigo, sus pertenencias. Lo fusilaron. “¿Dónde está?”, pregunta retóricamente Francisco Reinoso. “Supuestamente en la Trocha, lo que hoy es la N-IV, se responde a sí mismo. “¿Dónde está enterrado?”, profundiza. No lo saben, creen que está en la cuneta. Cuenta que otro pariente suyo, Antonio Chacón, le habló de unos camiones que eran arrastrados por mulas, que iban al cementerio de Santo Domingo y allí, en una fosa común, depositaban a todos los asesinados. “¿Juicios?”, pregunta como si los atentados hubiesen ocurrido en el siglo XXI. No, claro que no. El silencio, el terrorismo, la represión… no juzgaba a nadie. Para qué juzgar si era más sencillo hacer sacas nocturnas sin más.

La familia Cobo fue perseguida desde el primer momento en que se posicionó a favor del cambio social. “Mi tía, una buenísima persona, se va creando enemigos”, expone Reinoso. Habla de los poderosos, de la Iglesia y la nobleza, aquellos estratos que querían continuar con la desigualdad social y conservar al pueblo como borrego y fiel servidor. María Luisa Cobo y su hermana Ana, sin temor alguno a las futuras represalias, fueron constructoras de la fundación de la CNT Mujeres Libres, el sindicato que quería la emancipación y la igualdad de la mujer. A esta causa también se unió la pequeña de la familia, y esto colocó al apellido Cobo en la diana del pelotón de fusilamiento. “Tenían que matar a alguien de la familia”. Reinoso explica que finalmente acaban cogiendo a su madre Ana como rehén, con tan solo 16 años, para que su hermana María Luisa se entregara. Y así fue, terminó siendo encarcelada. 

Entre el público también se encuentra como oyente Amaro de la Calle, nieto de Manuel de la Calle Camas, quien en su época fue presidente del gremio de hostelería de cocineros y camareros en Jerez por la CNT. "A él lo fusilan meses después del golpe porque logró esconderse", explica su nieto. Manuel fue durante cierto tiempo "un topo", es decir, una persona que vivió oculta después del golpe por miedo a ser fusilados por sus ideas políticas. Vivió escondido en un armario que se ubicaba en una azotea. Viudo a sus 45 años y con seis hijos, era ayudado por sus hermanas. Ellas, cada día, le daban la comida arrojándola a la azotea y él salía por la noche a recogerla. "Se ve que alguien lo vio y pegó el chivatazo a la Guardia Civil. Fueron a por él y ya no supieron más. No sabemos dónde está", incide Amaro con crudeza. "Mi tía abuela, que era de las más chicas, siempre hablaba de un hoyo en el cementerio antiguo de Jerez, en La Constancia. Y para ella, su ilusión era que, cuando muriera, la tiraran al hoyo al igual que a su hermano. Y así fue", agrega. La famosa herida abierta de la que tanto se habla, esa cicatriz que supura y que no sana, pasa factura. Enloquece, acongoja, amarga y desconcierta a generaciones y generaciones que buscan respuestas.

Por último, un nieto narra los últimos momentos de su abuelo, y los siguientes días de su abuela, "una verdadera madre coraje". Honorio Marín y Micaela, trebujeneros de nacimiento y jerezanos de adopción, se conocieron muy jóvenes y con el paso del tiempo se hicieron pareja de hecho. Conciben a nueve hijos, ocho de los cuales estaban con vida en el momento en que Honorio Marín, abuelo de Honorio Marín Trillo, es arrestado y asesinado. Viticultor de profesión, alternaba su jornada con la pedagogía y estuvo afiliado a la CNT. “De hecho llegó a ser una persona destacada en el gremio de viticultores”. Honorio cuenta, con mucho mimo, una de las facetas más bonitas de su abuelo. “Me cuenta mi madre que los vecinos no podían tener pájaros porque llegaba mi abuelo, abría la puerta de la jaula y los dejaba en libertad. Él amaba la libertad”, comparte. “Ese era mi abuelo”, pronuncia con dificultad por un nudo que se le forma en la garganta. A causa de su actividad sindical y política, Honorio Marín fue reprendido y asesinado por el movimiento, además de haber sido encarcelado años antes por la República.

Su mundo se volvió oscuro en el mismísimo día del levantamiento. “Mi abuelo tenía un buen amigo en la Guardia Civil y el mismo 18 de julio le avisó. Fue a su casa y le dijo: Honorio vete de Jerez, estás en la lista, van a venir a por ti”. Su mujer, Micaela, le aconsejó lo mismo. Sin embargo no hizo ni caso, decía que no se movía porque no había cometido ningún delito. Su nieto relata que tampoco tuvo mucho tiempo para pensárselo, ya que en aquel día, por la madrugada, aparecieron varios guardias de asalto para detenerle. “Ambos se llevaron a mi abuelo a rastras en ropa interior, sin dejarle ni siquiera algo de tiempo para que se vistiera”. Lo meten preso durante 33 días, tiempo en el que de vez en cuando le arreaban alguna que otra paliza; hasta que el 21 de agosto le dieron la noticia a la familia. “Tu padre ya se ha ido de viaje”, recrea Honorio Marín Trillo con los ojos vidriosos. Se emociona y mantiene una larga pausa. Relata que su familia consigue contemplar el adiós de Honorio Marín mientras este iba en el camión con los demás presos. “Mi abuela, a consecuencia de aquello, que estaba amamantando a ese bebé que tenía, de unos meses, pues parece ser que se le retiró la leche, y al poco tiempo…”, no logra concluir. Pero el auditorio se hace una idea. Honorio Marín Trillo, entre sollozos, no consigue terminar la frase. La historia que lleva sobre sus hombros le pesa, y el público, casi un centenar de personas, empatiza e inicia un sonoro aplauso.

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