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Sin nombre, sin cara. Sin techo. Las personas que viven en la calle pasan desapercibidas cuando pasamos junto a ellas, y no miramos siquiera a los ojos de quien pierde la mirada en el suelo, buscando los pasos de la dignidad que le salió huyendo. Es esa parte de la realidad urbana que sabemos que existe y que preferimos no tener en cuenta, porque solo así se puede hacer como que no existe y continuar con la placidez de una vida normal.

El porcentaje de personas sin hogar ha sido más o menos estable a lo largo de los últimos 30 años. Y quienes vivían en la calle apenas tenían posibilidades de abandonar esa situación. Hoy, el alto porcentaje de desempleo, las hipotecas y sus cláusulas abusivas, la ejecución de desahucios, la bajada generalizada de los salarios, y el recorte en materia de derechos laborales, han hecho que caer en un situación de exclusión sea más fácil que nunca. Así, desde que comenzó la crisis, el porcentaje de personas que se han quedado sin vivienda y sin un medio de vida ha subido en más de un 15%.

En un contexto de acentuación de la pobreza, se hace necesario la existencia de programas de apoyo como el que desarrollan en el centro de día de El Salvador. Además de la labor del comedor social que prestan las Hermanas de la Caridad, la ayuda se extiende a otros ámbitos: "Trabajamos de forma integral con las personas que tienen motivación para el cambio", explica Francisco Escobar, educador social del centro de día. "La mayoría de los sin techo que acuden a El Salvador solo vienen al comedor. Pero aquellos que quieren cambiar su situación entran en este proceso de ayuda, de autoayuda, que les permite tomar conciencia de por qué han llegado a esta situación y cómo salir de ella". El trabajo de los psicólogos y trabajadores sociales del centro se lleva en estrecha colaboración con otras instituciones como el albergue municipal. Escobar señala que "no tiene sentido que yo trabaje con una persona la imagen, el control económico o las responsabilidades del hogar, si esa persona no tiene ni siquiera un hogar. ¿Cómo vas a hablarle a una persona de responsabilidad cuando lo que más le preocupa a esa persona es buscar un sitio para pasar esa noche?"

Se trata de cubrir ya no solo las necesidades básicas de estas personas, que es el primer paso para que comience el trabajo de los educadores y psicólogos. Se trata además de un apoyo "integral", que pasa por la orientación laboral, judicial, de documentación en el caso de inmigrantes, de vivienda y personal.

Nombre, cara e historia


Juan Pedro Mena trabajaba en el sector de la hostelería. "Llegué a ser empresario. Tenía empleados, ganaba dinero. Alquilé una casita y vivía bien". Junto a Juan Pedro, Francisco, cuenta que a todas estas personas les acompaña un conjunto de "situaciones vitales traumáticas y estresantes". "Todos sufrimos alguna pérdida: muere un padre, un hermano; pero estas personas puede que encadenen hasta siete pérdidas importantes. La muerte de seres queridos condiciona mucho y está detrás de muchas situaciones dramáticas", según Escobar. "Nosotros nos centramos en darles los recursos emocionales para sobrellevar estas pérdidas y gestionar los problemas con habilidades comunicativas y sociales".

Según Escobar, la diferencia entre una persona en situación de exclusión social y otra que no lo está es la falta de apoyos. Cuando una persona ha perdido su trabajo, su casa, pero tiene el apoyo de sus padres, de un hermano, de un abuelo y sobreviven todos juntos, esa persona no está en situación de exclusión social. "Lo que define a estas personas es esa falta de apoyos, que los hace sentir que están fuera de la sociedad y sin posibilidad de formar parte de ella".

Juan Pedro ha sido uno de esos rostros que no miramos; y sostener la mirada a una persona que ha vivido en la calle y enseña con los ojos, es ya un aprendizaje vital. "Yo era de esas personas que ayudaba siempre que podía. Cuando tenía mi negocio he dado de comer a gente que no tenía para comer. Me he considerado y me considero una buena persona. Pero nunca pensé que yo fuera a un comedor social", reconoce. "Decía para mí mismo: ¿comer yo ahí? Pues sí. Y aquí estoy". Para Juan Pedro, y para su educador social, pedir ayuda es un signo de querer salir, de madurez y dignidad.

La enseñanza de Juan Pedro es clara: "Yo de esto he aprendido muchísimo: Que todas las personas merecen respeto y ayuda".

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