Tres venezolanas residentes en Jerez analizan la situación de la región sudamericana, que roza los 40 fallecidos después de 40 días de protestas.

Miguel Castillo, de 27 años, es el último fallecido durante las protestas que los opositores al Gobierno de Nicolás Maduro llevan 40 días protagonizando en las calles del país latinoamericano, que suma casi 40 muertes, tras una ola de violencia iniciada después de anunciar una asamblea constituyente para reescribir la Constitución. Miguel es así la última víctima conocida cuando Janeth, Mónica y Zaida, tres venezolanas residentes en la ciudad, miembros de la Asociación Venezuela en Jerez, analizan con lavozdelsur.es la situación de su país natal con la perspectiva —y la información— que les da la distancia.

Los abuelos de Mónica Herrera llegaron a Venezuela en barco, procedentes de España, en 1957, por lo que tardaron dos meses en avistar tierra, una tierra que ha cambiado mucho desde entonces. Ella hizo las maletas en 1999, cuando Hugo Chávez ganó sus primeras elecciones, porque dice que se vio venir lo que iba a ocurrir. “En los 80 los venezolanos iban a comprar ropa a Miami, así era el nivel adquisitivo de muchos, pero Chávez terminó de hundir Venezuela. Ahora hay un Gobierno disfrazado de democracia”, dice Mónica, que añade: “Volví en 2007 después del fallecimiento de mi madre y vi que las calles donde crecí estaban destruidas. Sentí miedo”.

Las venezolanas, jerezanas de adopción, cuentan que se informan de lo que sucede en su país a través de las redes sociales. No se fían mucho de los medios de comunicación, sobre todo de los oficialistas. “Allí han sido golpeados y abatidos un grupo de reporteros internacionales, quien mejor te informa es la propia gente”, sostiene Mónica, que gracias a Twitter, Facebook e Instagram, dice, conoce cómo se están desarrollando las protestas. Ella recuerda así cómo fue la última visita que hizo a Venezuela: “En el aeropuerto me querían quitar lo que llevaba para mi familia. Si no te pones una gorra o una camisa roja —color del chavismo— no te atienden”.

Janeth González lleva once años en España, la mayoría de ellos en Jerez, una ciudad que le “robó el corazón”, asegura. Aquí trabaja como asistenta doméstica, en Venezuela era comercial y tuvo su propio negocio, una quincalla —el equivalente a un quiosco— donde vendía revistas y todo tipo de golosinas. “Me vine porque no podía comprar ni una Coca Cola, ni una cerveza, ni comida...” Ella, natural de Maracaibo, una de las ciudades con mayores reservas de petróleo del país, asegura que “allí para conseguir algo tienes que estar a favor del Gobierno”. Cada cierto tiempo viaja a su país. “Voy a llorar, a sufrir”, dice, porque cuenta que hay “mucha delincuencia” y se encuentra con situaciones complicadas. “Para sacar dinero en el banco hay que estar todo el día y solo te dejan 50 euros”, cuenta. “Mis amigas me dicen que los están matando, que no hay medicamentos”.

Zaida Graterol llegó a Jerez hace doce años después de conocer a su actual marido por internet. En Maracaibo, la ciudad donde vivía, trabajaba en un centro de recría de cerdos, y no le iba mal, pero sostiene que la situación era complicada. “Mataron a una tía mía para robarle una finca. Cuando fui en 2004 vi escasez, me tuve que llevar hasta pañales”. En otra ocasión, relata, “entraron cinco tipos armados en mi casa, pidiendo dinero” y a su sobrina le robaron los instrumentos de odontología. “El único arma que tiene el pueblo es manifestarse, la gente no aguanta más, salen a la calle sin saber si van a regresar a sus casas”.

Las venezolanas cuentan que, a finales de los 90, cuando Chávez salió elegido como presidente por primera vez, la gente “estaba cansada de corrupción y de robos y decidió votar a un loco”, dice Mónica, que asegura que esas fueron unas elecciones “limpias”, porque sospecha que las siguientes no lo han sido tanto. “Chávez dijo que recibía una constitución moribunda y la cambió. Hizo locuras. Han adoctrinado a los niños en los colegios, en los libros sale Chávez. Han saqueado Venezuela en vez de revertir el dinero del petróleo en el país”, apunta.

“Para comprar un kilo de arroz hay que estar ocho horas haciendo cola, una lata de atún cuesta doce euros… cuando el sueldo medio es de unos 40 euros al mes”, dice Mónica, que dice que tiene una amiga que trabaja de profesora y gana unos 21.000 bolívares, que son unos 30 euros al cambio. “Venezuela es un país en el que la gasolina es más barata que el agua”, añade esta arquitecta, que está de acuerdo con sus compañeras al afirmar que Maduro es "un dictador". "Hay que tener cuidado con las ideologías", señala Zaida, quien cree que en España “está pasando lo mismo que en Venezuela en los 90 y no quiero pasar aquí lo mismo que en mi país", ya que Podemos “tiene medidas que son buenas, pero dentro hay quien tiene discursos que recuerdan a Chávez”.

Sobre el autor:

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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