Rincón Malillo: Foto: Jerez Intramuros.
Rincón Malillo: Foto: Jerez Intramuros.

“La calle de la Justicia: de nada sirve que corras aunque te mueras de prisa” 

Manuel Ríos Ruiz

 

Se dice que el Maligno disfruta con las encrucijadas. Sin duda lo tiene más fácil en las bifurcaciones, donde por un momento se olvida si se viene o se va, donde repentinamente asalta al recto camino la tentación o el error del desvío...

Detrás del jerezano Palacio de Riquelme, cerca de la Plaza del Mercado, se ubica una sinuosa cruceta de calles que responde, por lo menos desde 1589, al nombre de “Rincón Malillo”, misterioso espacio pobremente euclidiano a quien Germán Álvarez Beigbeder dedicó la segunda de sus sinfonías.

El término, aunque pintoresco, no es único en la geografía española: tiene paralelos en Las Cabezas, Lebrija, Toledo o la serranía de Ronda. Según el erudito Agustín Muñoz, su uso en Jerez podría explicarse por la abundancia de salteadores nocturnos en lo inadvertido de sus recovecos.

Varias leyendas, que nos disponemos a relatarles, nos sugieren que, efectivamente, se esconde algo bastante Malillo en aquel Rincón...

Tal vez fue uno de esos salteadores el que cometió el imperdonable desliz de cruzarse con don Luis Montoro, que también responde, en otra versión, al nombre de don Álvaro de Mendoza y Virués. (Optamos por este último porque de él se conserva, en la vecina iglesia de San Mateo, una lápida familiar.) Era don Álvaro, o don Luis, célebre por sus pendencias, y su destreza al mandoble no tenía rival. Su hacienda debió de ser digna de sus sonoros desmanes en el mundo del juego y la bebida, donde frecuentaba la compañía de hombres de alta reputación y mujeres carentes de ella. Y seguramente fue el fermento de la vid el que le indujo, en aquel callejón de madrugada, a dar muerte sin piedad a su desgraciado asaltante: acaso alguien que lo miró con malos ojos.

En la euforia de su triunfo, osó retar, con romántico ademán, al mismísimo Diablo a un duelo, que lo pondría a huir con su rabo de cabrito entre las piernas. El gesto, que se pretendía retórico, sería castigado en el acto con una insoportable punzada de dolor y una mancha de sangre creciente en su brazo derecho, el de la espada. Don Álvaro entró en pánico y huyó hacia su casa por la calle Justicia, haciendo justicia mediante la patética escena a su vanidad. Cuentan que no volvería a salir de entre sus muros, por lo que el vulgo lo apodaría “El Enjaulado”. Su herida nunca cerró del todo: cuando falleció, décadas después, se descubrió la sangre fresca en el cadáver. El Enjaulado mandaría colocar una hornacina con una cruz de hierro forjado en aquella encrucijada que, si entonces no tenía el nombre de Rincón Malillo, lo adquirió en lo sucesivo.

Pareciera que el Rincón Malillo no es el mejor paraje que frecuentar con nocturnidad, y no sólo por los (muchos) peligros del lado de acá... Sin embargo, para un personaje cuyo nombre no ha trascendido a la historia, fue aquella fama maldita el aliciente para retar a alguien a quien quería mal a atravesarlo en la hora más solitaria. Allá fue éste, pero pasaron los minutos sin que regresara. Temiendo una broma de mal gusto, el primero lo siguió y no se sabría de su paradero hasta el alba, cuando un vecino se los topó a ambos en el suelo, el uno sobre el otro, con el pelo del color de la nieve por haber muerto de miedo ante una visión que había abandonado sigilosamente la escena...

¿Sería obra de un salteador ordinario? Habíalos a puñados, mas no justificaban semejante pavor. Ni siquiera se lo inspiraron a la víctima de la siguiente historia, y eso que perdió, como tantas otras antes que ella, nada menos que la vida en aquel siniestro rincón…

Cuentan que una buena mañana el dueño del Palacio Riquelme recortaba su poblada barba frente a un espejo de cámara. De repente, un grito, dos gritos… ¡Casi se saja la nariz del susto! Parecían venir de aquel infame Rincón Malillo que bordeaba su propiedad, y parecían gritos de socorro. Al acudir en su ayuda, descubrió a una de sus sirvientas en manos de un asaltante que se dio en fuga. La señorita, herida de gravedad, falleció en sus propios brazos. Resolvió el buen señor, en la misma escena del crimen, no culminar su afeitado hasta que no se hiciera justicia. Y así se apareció, con una pintoresca barba de medio rostro durante semanas, quizás meses... ¿años?

Debemos imaginar a sus allegados, cariacontecidos, rogando al aristócrata que olvidara el incidente, que diera fin a aquel absurdo afeitado inaugurado hacía tantas mañanas… Que no era serio pasearse por ahí con la barba demediada y la otra mejilla perfectamente rasurada. Pero –respondería nuestro héroe— ese desequilibrio sólo reflejaba uno mayor: el de la injusticia irresoluta. Hasta que, tarde y mal, como de costumbre, las fuerzas del orden capturaron al malhechor y al fin arribó el día dichoso en que el buen señor pudo contemplar, con sombría satisfacción y el cutis como nalga de neonato, el ahorcamiento en el cadalso de la Plaza del Mercado, frente a su propiedad.

La vecina Plaza del Mercado, como revela esta leyenda, era utilizada por las autoridades como sitio de ajusticiamiento público. El caso más célebre fue el de los inculpados por la (falsa) conspiración de La Mano Negra, condenados a garrote vil en 1883, pero desconocemos cuándo comenzó dicha costumbre. La primera ejecución de la que tenemos una referencia documental data de la primera mitad del siglo XIX. Es probable que el emplazamiento se remonte a tiempos muy antiguos, donde la función de las ejecuciones era muy otra...

Las religiones paganas de Iberia, y algunos cultos mistéricos importados de Grecia, contemplaban el sacrificio humano, que ya era tabú en buena parte del orbe mediterráneo. Algunos de los emplazamientos designados en la era cristiana para la ejecución de reos y condenados ocuparon el lugar de antiguos enclaves de sacrificio. La razón no era sólo de utilidad práctica, como si de un día para otro el pueblo hubiera dejado de creer en aquellos dioses hambrientos, sino continuar apaciguándolos cuando la justicia terrenal enviara a la muerte a los que, a su entender, la merecían...

Con el paso de las generaciones los dioses se fueron perdiendo en el olvido, pero el enclave mantuvo su propósito. Como las ejecuciones en el Medievo tenían carácter ejemplarizante, se siguieron celebrando en una plaza céntrica donde la gente pudiera contemplarlas: la misma que antes había servido para situar al altar originario del dios furioso, que acabó demolido o transformado en un vecino templo cristiano. Es lógico, en este sentido, que el cadalso jerezano se montara en la plaza donde tenía lugar el Mercado municipal antes de trasladarse a la moderna Plaza de Abastos, aunque nos consta que también ocupó otras (como la Plaza Belén).

Es casi obligado que las rutas de peregrinajes a los grandes templos estén salpicadas de pequeños altares votivos que recuerden a los dioses o santos conmemorados. El implacable tiempo los destruye con facilidad o, si la ruta es importante, los sustituye por otros.

Es muy plausible que la ruta que conducía hacia el gran templo discurriera por la actual calle Justicia, por la que según la etimología popular discurrían los condenados para dirigirse, en patética procesión, hacia el lugar de su ejecución (de hecho, allí se encontraba en otro tiempo el palacio de Justicia). A día de hoy todavía existen dos rincones de la calle que sugieren su pasada importancia: un altar vacío en una esquina y un azulejo en un alto, de autoría anónima, que representa a un ojo inspirado en la obra del pintor René Magritte y sugiere el de la deidad que vigila a quienes por allí se encaminan... Ambos deben de haber sustituido a viejos altares votivos de los tiempos en los que la deidad hambrienta observaba callada desde los muros a quienes daban sus últimos pasos sobre la tierra. En cuanto al templo cristianizado, la sospecha recae sobre la demasiado próxima iglesia de San Mateo...

Cabe preguntarse, llegados a este punto, si el término “Malillo” no será por casualidad una deformación de Maligno. Pues con el mismo Satán fueron identificadas por los prelados algunas deidades adoradas por la grey antes de la llegada de la religión cristiana a estas tierras. De ahí que la caracterización popular del Diablo como un macho cabrío retenga tantos aspectos del dios Pan o el celta Cernunnos. Recordemos que es el Diablo el personaje invocado en el epicentro del cruce en la borrosa leyenda de Álvaro de Mendoza...

Tenemos en nuestra hipótesis un Diablo, un altar sacrificial pagano y un cadalso de ajusticiamiento medieval. Pero, una vez dejó de ser empleado como tal (su uso se moderó en el siglo XIX y se extinguió en el XX), ¿qué sucedió con el Rincón Maligno? Que de repente comenzó a morir gente allí a manos de “salteadores”. ¿Existieron realmente esos salteadores (la traicionera configuración del cruce de calles lo favorecía) o se les atribuyeron a ellos extrañas muertes que carecían de otra explicación?

De las tres leyendas que hemos recogido sólo una tiene como elemento central un asaltante de carne y hueso. En la primera, en cambio, es el Maligno en persona, y en la segunda un ser de identidad desconocida que nada hace imaginar terrenal. Cabe incluso la posibilidad de que, al cesar las ejecuciones en sus inmediaciones, el Rincón empezara a ser frecuentado por maleantes, poseídos por una momentánea e inconsciente ansia de matar, que exigía que la sangre se derramara de nuevo en aquel lugar…

Es peligroso especular sobre el actual trazado de la encrucijada, pues en su forma actual no cuenta más de dos siglos. Sin embargo, es posible que los edificios actuales respetaran, por razones conscientes o inconscientes, las líneas que antes conformaran el rincón. Lo remontábamos a la época pagana, y uno de los símbolos paganos más conocidos es el trisquel o esvástica de tres brazos, de origen celta, pero presente en un gran número de culturas precristianas. La esvástica de tres brazos ha sido mal empleada en tiempos recientes (como lo fue su hermana de cuatro) por ciertos grupos de extrema derecha, pero sus orígenes se pierden en el tiempo. En la península ibérica se data su presencia desde la cultura de los castros. La versión céltica se suele asociar con la simbología solar, representando sus brazos los tres rayos que surgen del astro. En el panteón egipcio, hace las veces el ojo del dios solar (Ra-Horus), de tres líneas (y recordemos que sobre la calle Justicia se eleva el azulejo de un ojo...).

Si miramos a vista de pájaro la forma del Rincón Malillo, nos percataremos de que, a grandes rasgos se corresponde con la de un trisquel rectilíneo: 

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El Rincón Malillo en Google Maps.

Vemos en la imagen una reconstrucción del trazado del Rincón Malillo. El brazo de la izquierda se ha visto parcialmente obstruido por el edificio de las Bodegas Tradición, construido sobre un casco de bodega anterior. Se aprecia que tres líneas (calles) parten de su centro y pronto se cruza cada una con su perpendicular. ¿Será esta la primitiva configuración del sitio?

Nuestra cultura racionalista nos hace olvidar a veces que en tiempos premodernos la geometría del cosmos respondía a un patrón sagrado, según una serie de equivalencias entre el llamado ‘microcosmos’ del mundo que experimentamos todos los días y el ‘macrocosmos’ de lo que está más allá. Los templos de todas las religiones, ya sean cristianos, hindúes, budistas, musulmanes o modestos altares domésticos, siempre han seguido un diseño cuidadosamente elegido para hacer fluir las energías espirituales. El objetivo: reproducir el diseño cósmico en sus líneas fundamentales y, de ese modo, reactualizar el acto de la Creación o conectar con la estructura invisible del Universo.

Todo esto es bien sabido: disciplinas tan respetables como la numerología, la magia o la alquimia se han preocupado durante siglos de descubrir, o detallar, estas proporciones. Probablemente la estructura del Rincón Malillo se inscribe en la misma tradición que los yantras indios y los maṇḍalas tibetanos: una geometría espiritual que aún rememora el lugar de culto que fue.

Tres leyendas. Tres brazos de un pétreo cosmograma. Tres líneas que parten de un punto y se comienzan a bifurcar hasta el infinito. Tres cuerpos, tres kāyas. Tres almas en pena en las tres direcciones: arriba, abajo, aquí. Cielo, infierno, mundo. Todas se unen en un punto que atrae a la carne y la sangre. ¿Quién será el que habita en el centro del Laberinto?

Algunos lo llaman Malillo. Otros creyeron que se trataba de asaltantes, o tal vez duendes perversos. Hubo quien vio al Príncipe de las Tinieblas. Acaso un dios previo de un culto mistérico, como Líber o Dionisos (patrón precristiano de Jerez). ¿Por qué no una diosa? Los diagramas mágicos de las deidades tántricas femeninas presentan tres líneas en su núcleo. Todos ellos nombres para una vaga atmósfera temible que todavía escarpa el cabello a los que osan aproximarse a las horas propicias. Una hueste demoníaca (la del chöd, la de la Santa Compaña...) que restalla con el látigo de un motor respirador.  Lo recoge un extraño –y antiguo– dicho:

“Voy al Rincón Malillo

a ver si me lleva la luna

y me da el entendimiento”

 Una realidad más allá de las palabras. Una puerta al centro de la conflagración.  El Amo del Mundo que extermina a sus criaturas. El Minotauro sanguinario del corazón concéntrico del Laberinto. El furioso Yahvé que envía el Diluvio y abre un mundo nuevo. Tras el Armagedón, el Reino de los Cielos. El Saturno, el Moloch, el Demiurgo que devora a sus hijos y al devorarlos, los salva. La deidad tántrica que se esconde tras el velo de la muerte. El tenebroso apocalipsis de la Representación. La desintegración de todos los fenómenos. El fin de todos los mundos. El principio del Dharmakāya: el cuerpo de la Verdad.

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