Por una carretera paralela a la autovía A-4, a su paso por Jerez, se llega a la viña La Capitana. El camino es angosto, cuesta circular en coche por las hendiduras de un terreno por el que pasan, sobre todo, camiones cargados de uva y todoterrenos. El vehículo se deja junto a un antiguo cortijo, pintado de blanco, con rejas verdes en sus ventanas y un azulejo de la virgen de la Merced presidiendo la puerta principal de una edificación que está rodeada de viñas, que son propiedad de la familia Ferral desde 1975. Manuel y Paco, hermanos, gestionan unas tierras que mantienen llenas de cepas más por romanticismo que por negocio. Ambos, desde pequeños, se han criado rodeados de ellas. Pero no éstas. Cerca de la que fue la casa de su infancia, Manuel y Paco empezaron a coquetear con el mundo del vino gracias a una viña que tenía su padre, cerca de Montealto, que era conocida como viña San Antonio.

“Mi tío nos mandaba a espantar avispas de las cepas”, recuerda Manuel Ferral, quien cuenta que, durante muchas campañas, la uva criada en sus tierras la recogían miembros de su propia familia. Con él están dos hijos, Juan Luis y Manuel, que lo ayudan durante la campaña a recolectar la uva y que, como espera Manuel (padre), heredarán. Él, dice, lleva vendimiando desde que tiene memoria. “Apenas pude”, recalca. Antes, cuando aún no tenía edad, o mejor dicho, fuerza suficiente, se dedicaba a “rebuscar cepas”, y ahí empezó a brotar su amor por un mundillo al que sigue ligado como productor. Unos 180.000 kilos de uva espera sacar esta vendimia de las doce hectáreas de viña que regenta junto a su hermano.

Mientras, Manuel supervisa, sombrero de paja en ristre y camisa clara, cómo una cuadrilla venida desde Puerto Serrano recoge la uva de su viña. Juan, de 30 años, es uno de los trabajadores, que lleva más de una década acudiendo a La Capitana. Cuando acabe la campaña se irá al verdeo, a Jaén, unos meses, y luego a Huelva, donde se lleva a su hija, de doce años. “¿Qué voy a hacer? Si no hay nada”, apunta Juan, resignado a trabajar en el campo. Lo intentó en la construcción, pero terminó volviendo a las campañas agrícolas, “porque cuando empecé se terminaron las obras”, comenta sin dejar de cortar uva. No puede parar porque la jornada está a punto de terminar y sus compañeros no dan tregua. Pasadas las once de la mañana terminan. Lo prefieren, para evitar las horas de más calor. “Pero mira los kilos que recogemos”, dice, apuntando al camión que ya está en marcha y que sale en dirección a la cooperativa para descargar la uva.

En un pago cercano aún siguen con la faena. El horario es distinto. Hasta las dos y media no dejarán las tijeras y las cubetas hasta el día siguiente. José levanta la cabeza de las cepas y dice que es el que lleva “más años vendimiando de aquí”. Tiene 58 y lleva haciéndolo desde que cumplió 16. “Hasta que no me toque algo…”, añade con una mezcla de ironía y resignación. Este vecino de Espera confiesa que no es que le guste especialmente trabajar en el campo, “pero no tengo otro trabajo mejor”. Ya le empiezan a pesar los años, y la operación de una pierna, que no le deja andar con normalidad. “Pero mientras pueda rachear, tendré que venir”, dice. Él y su mujer, con la que trabaja cada campaña, ya sea vendimiando o verdeando olivos.

Paco Ferral observa a sus trabajadores desde el tractor en el que se va acumulando la uva recogida. Como su hermano Manuel, siempre ha trabajado en campañas agrícolas, aunque comenta que ahora “casi nadie quiere campo”. “Otros años venían 200 a pedir vendimia, este año han venido tres y los hemos colocado”, señala. Tres de las componentes de la cuadrilla de Paco son Jennifer, Mónica y Cristina, amigas desde hace años y compañeras de faena. “Estamos todo el año en el campo, desde los 16 llevo así: escardamos, recogemos patatas, maíz, boniatos… Es lo que tengo, me llaman y vengo”, comenta la primera sin levantar la cabeza de la cepa.

Cristina, que escucha la conversación, se une luego a ella. Cuenta que es madre de dos mellizos de tres años, que se quedan con su madre y su suegra cuando ella y su marido, que está en Almería “echando hormigón”, están fuera trabajando. “Menos mal que están las abuelas”, dice. Ella, que también ha estado como empleada en tiendas de ropa y en supermercados, cuenta que termina volviendo al campo porque “en otros sitios pagan poco y hay que estar muchas horas”. “¿Y cómo crío a esos dos niños si entran este año en el colegio y ya me he gastado 110 euros en material escolar?”, pregunta.

Juan, José, Jennifer, Mónica y Cristina apuran los últimos días de vendimia, que está en su recta final, y que este año, en todo el Marco de Jerez, espera aglutinar unos 65 millones de kilos de uva —un 15% más que en 2016—, según previsiones del Consejo Regulador. Manuel Ferral, sobre el terreno, comenta que “la uva está buena, tiene buen grado, muy sana”. Una temporada más, él y su hermano Paco aguantan la embestida de un mercado que “no es muy rentable” —aunque dice que lleva unos años al alza—, pero que quieren con locura.

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