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Porque, aunque no se mencione en la escena descrita en la caverna, todas las cuevas tienen una salida. Detrás del hombre encadenado existe, siempre, una salida.

Que el  hombre vive encadenado es algo que no he dudado desde que comencé a ganar conciencia de mi existencia. Y gasté, gasto, mucho de mi tiempo en intentar encontrar una explicación. Aún sigo buscándola. Había oído también, en muchas ocasiones, que seguíamos  viviendo, en ciertos aspectos, bajo los paradigmas sociales y culturales del occidente clásico, Grecia y Roma. El transcurso del tiempo, y algunas lecturas, me permitieron encontrar  ejemplos varios que vinieron a confirmar la alargada sombra de la cultura greco-romana. Y este es el caso del mito de la caverna, uno de los más conocidos de La República de Platón. El autor del mito de la caverna, como de tantos otros diálogos, es un filósofo griego que invita a la eficiencia. Cuando lo estudias, o lees, te acercas también a Sócrates, su maestro. Dos por el precio de uno. Toda una experiencia que nos conduce a los orígenes del pensamiento occidental, y al que, para algunos estudiosos, resulta ser una especie de Adán filosófico, si bien no en sentido estricto.

Traigo a colación a Platón y a su mito y su caverna, porque me parece que están de plena actualidad, y nos pueden ayudar a explicar, al menos en parte, los tiempos convulsos que estamos viviendo, como me han ayudado a mí a encontrar explicaciones, parciales ciertamente, sobre el mundo y sus maldades. Para ir entendiéndonos podemos resumir este intento mítico-racional de explicar el mundo como una escena en la que nos encontramos a unas personas encadenadas de piernas y  cuellos, de tal manera que solo pudieran mirar hacia delante, y tras ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos; finalmente, entre el fuego y los encadenados, un camino situado en plano superior, por el que transitan y hablan personas que proyectan sus sombras sobre la pared, la única a la que pueden mirar los inmovilizados, siendo estas sombras y estos ecos su única realidad.

No sé a vosotros, amables lectores, pero a mi esta escena me recuerda algo. Sigamos, no obstante, con el mito y su explicación. Vista la escena, podemos concluir que tenemos, en este engaño,  una existencia encadenada (en la que las cadenas vienen a significar privación), un panorama de sombras (y, por lo tanto, una realidad ensombrecida) y  unas voces que son ecos. Y tenemos también unos protagonistas: los encadenados, que venimos a ser la mayoría de los ciudadanos, y los paseantes, colaboradores necesarios para el engaño y proyectadores de sombras para una realidad fingida, que, igualmente, pudieran estar sujetos a otro tipo de cadenas. Y tenemos también un pequeño muro, imprescindible, para poder completar el engaño, y  una pared, sobre la que se proyectan las sombras, funcionando a modo de pantalla. Tengo la impresión de que a estas alturas empieza a sonarnos mucho más el sentido que nos desvela este mito tan antiguo y, sin embargo, tan moderno. Y hay que reconocer el mérito de su autor. El acierto y la hondura de Platón están fuera de toda duda, creo.

Porque, aunque no se mencione en la escena descrita en la caverna, todas las cuevas tienen una salida. Detrás del hombre encadenado existe, siempre, una salida.

Pero conviene, no obstante, detenernos también en los ausentes. Esta escena no ha surgido de manera espontánea, improvisada y natural. Debe haber necesariamente otros personajes que no aparecen en la cueva. Son los que han diseñado este escenario y esta manera de desvirtuar la verdad de las cosas y han creado la falsa realidad de los encadenados. Los que han decidido el reparto de papeles y, cómo no,  otros repartos. ¿A que os va sonando mucho más? Esos que siempre ganan, cuando hay bonanza, cuando hay crisis, cuando se hacen cambios, esos mismos que siempre ganan, no están a buen seguro en ninguna de estas cavernas, a no ser en la de Alí Babá.

A nadie se le escapa que, en este mundo, hay muchos intereses encontrados. Sin embargo, a pesar de lo caótico del mundo,  de la incontrolable pluralidad de sujetos y de activos, la permanente coincidencia de que siempre ganen los mismos, nos pueden permitir cobrar algunas certidumbres. Que son los poderes económicos los que siempre ganan, aunque se produzcan sucesiones y cambios en la casta. Que somos la gran mayoría de los ciudadanos los que vivimos encadenados a una realidad fingida, creada en muchas ocasiones, aprovechando circunstancias ciertas y objetivas, cuando no provocándolas de forma intencionada. La experiencia de las últimas crisis económicas, de los austericidios,  pueden servirnos como ejemplos recientes. Las políticas de austeridad, con las que se recortan las disponibilidades económicas de la gente de la calle, hacen que se reduzcan los ingresos de los estados, con lo que se legitima la adopción de más medidas de recortes y de reducción de gastos, que suelen coincidir con disminuciones en la prestación de servicios esenciales. Ejemplos de esta naturaleza podemos encontrar a lo largo de la historia, reciente y antigua. Y también encontramos colaboradores necesarios para el mantenimiento de esta situación.

La clase política, aunque bien es cierto que no toda, parte de los medios de comunicación, empresarios de medio pelo y tradicionalistas de todo pelaje y condición, constituyen el núcleo de paseantes dedicados a proyectar sombras para mostrarnos una realidad maquillada que nos aleje del conocimiento de la verdadera realidad, esto es, la asunción del papel que nos ha tocado vivir en este complejo engranaje social, al servicio de una estructura que cuenta en su vértice con un grupo reducido de poderosos, que manejan el texto y la coreografía, que diseñan las escenas de nuestras cavernas. Basta, para confirmar esta afirmación tan gruesa, detenerse en analizar el reparto de la riqueza en el mundo. Así es, a mi modo de ver, el mundo, y así me parece que nos  lo desveló Platón hace muchos siglos.

Y así continua, en la constante y permanente lucha entre los fantasmas de la libertad y la mentira. Un mundo que oscila entre la naturaleza que somos y la libertad a la que aspiramos, y que se empeña, con el paso de los años, en cercenar la seña de identidad del viejo occidente: la razón. Y sin ir más lejos, la reciente venta de refugiados a Turquía, por parte de la Unión Europea, nos puede servir de claro ejemplo. Desnudan la razón, la violentan,  y ya ni se esfuerzan en disimularlo. Así están las cosas.

Pero nos queda el virus de la insatisfacción, la enfermedad que se convierte en el verdadero motor para cambiar la situación, y nos lleva a buscar las grietas del sistema a través de las que mejorar las cosas. Porque, aunque no se mencione en la escena descrita en la caverna, todas las cuevas tienen una salida. Detrás del hombre encadenado existe, siempre, una salida.

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