“Así que brindemos por todos los vivos que han muerto y por todos los vivos que todavía no lo están”.

Vivimos tiempos convulsos. No sólo los vivos mueren y los vivos tampoco dejan a los muertos en paz, en una versión mucho más canalla de aquel dicho de “a burro morto, cebada ao rabo”.

¿Qué aires son los que nos alimentan? El tío Téofilo tiene una respuesta salomónica. Él tan loco y buen músico. La barba poblada y tatuada en un somero desorden. Bardo de locas historias. Más iluminado que las vueltas de una rueca recién resucitada.

“Oye Teófilo, ¿por qué no dejan a los muertos en paz?”. El tío se encoge de hombros, sonríe y le presta mayor atención a la ficha del dominó que tiene delante. La mira detalladamente. Un seis doble. Media docena de negrísimos puntos de sutura. Su mirada se clava de soslayo en el par de contrincantes que Eliseo y él enfrentan con un silencio en franco declive.

Lo normal es que se hable. Que se pregunte. Que los jugadores se sonrían entre sí. Que uno pida la nueva ronda de anís u orujo de hierbas una vez los vasos estén vacíos. “Ahora te toca a ti, Teófilo, pide otra de orujo, ese de marras que ahuyenta el frío”.

Sin desprender los ojos de la culebra en que arden el resto de fichas en juego, Téofilo levanta el brazo. “Cuco, otra de lo mismo”. Se mesa la barba. Pone cara de besugo sombrío. La guasa alrededor de la mesa. “Esta ronda que sea en honor a toda la cebada que le vamos a echar al  burro muerto”.

Cuco regresa al instante, con un platillo plateado y los cuatro vasos aún desangelados por el hielo del congelador. Los dispone sobre la mesa, al costado derecho de cada jugador, y por orden los va llenando de semejante ambrosía. “Lo que beben los vivos, y se han dejado los muertos”, bromea mientras les sirve.

“Bueno, aquí a los muertos no les dejamos en paz, desde que murió la burra de la Anselma y ella rehusó a vivir de tal forma que no fuera al lado de la burra muerta”, dice Teófilo. “Así que brindemos por todos los vivos que han muerto y por todos los vivos que todavía no lo están”.

Brindar los todos los muertos. Todos asienten entre ligeras murmuraciones y entrechocan los vasos entre sí, antes de llevárselos al gaznate. Salud por aquí. Salud por allá. Para la burra de la Anselma. Para la vieja que ya no está.

Todo a causa de un vieja cantiga de Lubeira, que el tío Téofilo adaptó a las circunstancias cuando hace muchos años, la Anselma perdió a la burra que era su más amada posesión, luego de adquirida la condición de enlutada viuda por haberse despeñado su marido por los riscos del río Cabe.

“A la vieja Anselma
se le murió la burra bermeja,
todos los que no cantaren
que lleven el camino de ella”.

Ahí le cantan toda la mesa a coro, así como la otra docena de circunstantes que salían, entraban o simplemente descansaban en la barra de la cantina.

El tío Teófilo sonríe. Los demás también. La partida continúa.

Y ahora que todos los vivos me han cantado como a la burra bermeja, yo puedo irme con el resto de los muertos, a bien descansar.



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