Una de las huellas que han quedado marcadas para siempre en el Jerez más flamenco es, sin lugar a ninguna duda, la que dejó el día de su marcha al reino de los cielos Francisco Carrasco Vargas Curro de la Morena (Jerez, 5 de noviembre de 1948 – 7 de abril de 2001). Desde aquel Sábado de Pasión de hace 25 años, tal día como hoy 7 de abril, la impronta, el carácter y la forma tan singular que tenía de vivir, ya nada fue igual.
Porque no se marchaba un cariñoso padre de familia, un amigo al que le gustaba siempre la chanza y la travesura desde pequeño, un buen compañero de trabajo de la empresa en la que trabajaba o un saetero y cantaor flamenco que será recordado por siempre en Jerez. La ciudad se quedaba huérfana de una persona querida por todos cuanto le conocieron, que siempre tuvo una sonrisa amable para quien se le acercaba y, sobre todo, una persona que irradiaba una energía capaz de contagiar su carisma y su poder de transmisión.

Un cuarto de siglo después de su marcha, no hay conversación flamenca en la que no salga su nombre por alguno de los tertulianos. Caracolero como el que más, gran artista y aficionado, se quedó a las puertas de poderse dedicar de forma completa a su gran pasión: el cante. Desde aquel año de 2001, tan solo horas antes de la inauguración de la Peña Flamenca Manuel Soto Sordera — hoy extinta y que tras la noticia de su muerte aplazó todos sus actos— quiso inscribirse en los tablaos del cielo para contemplar desde allí arriba a la ciudad por la que profesaba un cariño desmedido.
Un artista entre la vida cotidiana y el cante
"Tantos años después, aún me cuesta poder hablar de él", confiesa su viuda — Carmen Pulido— mientras nos recordaba aquellos años en los que "me pretendía". "Éramos los dos muy chicos", rememora, si bien dejaba constancia de que el "maduró antes que muchos niños". "Siempre fue un marido y un padre muy responsable: primero la familia, después su trabajo y, después, lo demás".
"Él adoraba el cante y estaba todo el día cantando, daba igual que se lo pidieran o no, a él le gustaba cantar todo el día" añade, reseñando que su intención era dedicarse plenamente algún día al mundo artístico, pero "cuando estaba a punto de prejubilarse en el trabajo se nos fue y ya no pudo cumplir ese sueño".

La saeta como forma de vida
Por otro lado, dentro de su vertiente artística, su hija Carmen hace hincapié en su faceta de saetero. "Él nunca fue de ninguna hermandad, pero decía que las suyas eran las de su barrio" y que por este motivo no había ni Miércoles Santo o Noche de Jesús en la que su saeta no estuviera presente en algún rincón de la ciudad. "Lo que el sentía cada vez que cantaba una saeta no se puede explicar, era como si lo necesitara para vivir", apuntaba.
Y es que, si uno cierra los ojos y tira de la hemeroteca de los recuerdos, la memoria siempre recuerda a Curro de la Morena con "su camisa celeste, con los cuellos y los puños blancos, su chaqueta azul marino y su pañuelo, porque él nunca usaba corbata". O aquella imagen de la última vez que le cantó a Jesús del Prendimiento en la capilla del Asilo de San José, sin saber que a la semana siguiente lo iba a recibir en los cielos.
Una persona que "no tenía nada suyo porque todo lo quería compartir siempre con quien estuviera" porque así se lo había inculcado su madre 'La morena' por la que "sentía gran pasión y ella para él era algo fuera de serie".
Todos los que le conocieron coinciden en lo mismo "Curro de la Morena era un fuera de serie" y cada día que pasa siguen "echándole de menos". Tanto en los lugares donde le gustaba parar a diario en las cercanías de su casa, como en el arrabal flamenco en el que se crio o bien en "las distintas reuniones que tenía gracias a los contratos artísticos que le salían y podía coger si el trabajo se lo permitía".

Un legado que trasciende al artista
Desde el 5 de noviembre de 1948, día en que nació Francisco Carrasco Vargas en el número 10 de la calle Cantarería, hasta el 7 de abril de 2001 en el que nos dejaba para siempre el hijo de Juan Carrasco y María Vargas 'La Morena' en la plaza del Cabeceo, Curro de la Morena siempre soñó con ser artista.
De hecho, aun siendo lo que hoy se podría considerar como un aficionado aventajado — por aquello de no ser profesional al 100% ni tener dedicación exclusiva a este arte musical— sus capacidades cantaoras le hicieron ser reclamado en infinidad de ocasiones, compartiendo espacios con primeras figuras del momento y trabando amistad con personalidades de la vida social española como el futbolista Migueli o los cantantes Alberto Cortés o Massiel.


Esta afición e inquietud por el mundo artístico siempre le acompañó, llegando incluso en su juventud a participar en los concursos de que convocaban en la época y no fueron pocas las peñas jerezanas que quisieron contar con el en los ciclos de cante que organizaban. Pero como reconocen sus hijos, si no se dedicó al cante fue porque "siempre anteponía su familia y su trabajo a todo lo demás". "Decía que cantar para él era un extra, aparte de que le gustara la fiesta y si tenía que dormir tres, cuatro o cinco horas, las que fueran, las dormía y, después, se iba a su trabajo" señalan.
"Primero la obligación y después la afición era su forma de ver las cosas y eso nos lo ha inculcado a todos desde pequeños", abundan conscientes de que cuando se es joven "tiene otra manera de ver la vida y de disfrutar de las cosas", pero cuando se empieza a tener una responsabilidad "cambiaba su manera de proceder".

Por otro lado, amigos cercanos destacan de Curro de la Morena su "eco inconfundible" que se sostenía con los tres pilares que conformaban sus hijos Carmen, Luisa y Juan y, por supuesto, la mujer de su vida, su esposa Carmen, además de su familia. "Nos quería a todos al 500%, era locura con cualquiera de nosotros", relata su hija emocionada recordando como "se le llenaba la boca hablando de cualquiera de nosotros porque lo llevaba a gala y con mucho orgullo".
"Es más, nunca nos quería ver tristes y si teníamos algún problema hacía cualquier cosa para que eso no fuera una preocupación para nosotros y trataba de levantarnos el ánimo de la manera que fuera", exponían mostrando su admiración por un padre que "no entendía la vida sin mi madre y cuando se unían los dos era una cosa tremenda".

El recuerdo de un flamenco irrepetible
Por eso hoy este reportaje no está dedicado a quien ha pasado a la historia y el recuerdo como el saetero que dejó inmortalizada las letras en las que las manos del Prendimiento son dos lirios encendidos o que ni el sabio de Salomón ni los más ricos de Persia tenían su satisfacción, tampoco a quien dejó para la historia su voz en las colecciones de sellos discográficos como Auvidis o Flamenco en tus manos, con aquella salida memorable por bulerías de Mariquilla Moquillo, sino a esa persona que estaba detrás del escenario y más allá de la Semana Santa y que tenía un don que "sin decirte una palabra te inculcaba como tenías que ser en la vida, pero sin imposiciones porque jamás le dijo a ninguno de sus hijos por aquí o por allí".
Una persona que se nos fue demasiado pronto y que al flamenco de Jerez hoy en día le haría mucha falta. Un padre de familia cabal, un buen profesional, un buen compañero de trabajo, un magnífico futbolista, un presidente de peña flamenca — lo fue de Tío José de Paula— y que, si cantaba bien, mejor persona era. El Francisco Carrasco que habitaba detrás de Curro de la Morena, el que se nos fue hace un cuarto de siglo y aún todavía le tenemos en el recuerdo. Y al que hoy le rendimos homenaje con este reportaje más de su vida que de su obra, porque, sin la una, no existiría la otra.
Juan Franco Martínez Juan de la Plata afirmaba con acierto definiendo a Curro de la Morena que "mejor que él habrá quien cante, pero no más gitano ni con más sentimiento". Y si se vive como se canta y se canta como se vive, Jerez lleva 25 años huérfano de uno de sus artistas flamencos más singulares, que sin llegar a subirse a los escenarios como profesional, hasta el Beni de Cádiz cuando le escuchó le dijo "Titi, ¿de qué galaxia eres?".
Para la historia quedan ya esos momentos que regaló en vida, en los que sobrecogía a todos los presentes al paso de Jesús del Prendimiento, Jesús Nazareno o el Cristo de la Buena Muerte, la Virgen del Desamparo, el Traspaso o Dulce Nombre en noches y mañanas históricas.
Y, al igual que el velo del templo se rajó cuando la profecía se cumplió, no estaría de más que a quienes les correspondan realicen cuantas gestiones sean oportunas para que Francisco Carrasco Vargas Curro de la Morena (Jerez, 1948 – 2001) forme a pasar parte de la nómina de los jerezanos ilustres de la ciudad y que su legado sea recordado hasta el fin de los días.


