La comparsa ‘Los Prisioneros’ tiene entre sus componentes a tres vecinos de Córdoba que emprenden más de 500 kilómetros ida y vuelta en cada ensayo o actuación.

A vista de pájaro la vida es un equilibrio. El control de la situación se alza muy por encima de los alcornoques, los quejigos y las encinas que tienen hipotecada la tierra del Parque Natural de la Sierra y Hornachuelos. En el suelo había que mantener la posición erguida y encontrar el punto de gravedad entre el lentisco, la coscoja y el tamujo que alfombraba el paso. Sin embargo, ahora, la inmensidad de la república arbórea se va difuminando entre las monarquías caudalosas, que, con su sangre azul, serpentean los vericuetos hasta llegar al mar o la mar. De esa fuente fueron a beber tres de las aves, dos autóctonas y otra importada –quizás del paraíso- que como aves de paso migran para emigrar y ser pájaros prisioneros de otro mar. 

Y entre pluma y pluma, piando y manteniéndose en el aire, tres aves mueven sus alas cada semana para mantener el buche lleno de sus polluelos. Porque para Rafael, Jose y Manuel, cordobeses los dos primeros, gaditano el segundo, piar por Cádiz es algo más que una afición, una pasión, es una forma de llevar el pan a casa. Lo que empezó como unos cuantos días al mes se convirtió prontos en más horas y casi todos los fines de semana cogidos viajando de Córdoba, lugar de residencia de los tres, a Cádiz o donde soliciten sus servicios. Los tres, integrantes de la comparsa Los Prisioneros, se hacen 260 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, para ensayar cada dos o tres días. Casi seis horas de carretera, con o sin mal tiempo, alzando el vuelo. Además, entre los tres forman un grupo que los fines de semana, cuando no actúan con la comparsa, aprovechan para seguir sumando kilometraje de coplas en discotecas, bares y terrazas.

“Esto para nosotros es algo más que afición, porque el sacrificio es mucho”, comenta Rafael Aranda, más conocido como Taleguilla, mientras mira de reojo los números que tiene pegado en el corazón del tipo, a modo de relicario perenne. Cifras que son las fechas de nacimiento de sus hijas, que lleva tatuado maldiciendo los fines de semana que pasa sin estar al lado de ellas. “Esto es un trabajo y así lo tenemos que asumir, hasta que se pueda sostener”, quizás una prisión donde cumple condena, aunque con la alegría y la ilusión de tres aves de la subbética, otrora componentes de una bandada serrana, hoy día integrantes de unos de los grupos más potentes del Concurso.

Recuerdan con cariño aquellos años que disfrutaban con su comparsa de Córdoba que, si bien también se llevaron algún que otro desengaño, vivieron momentos muy emotivos sobre las tablas del escenario del Gran Teatro Falla. Desde Los últimos bandoleros, pasando por Los Quintos, La Tómbola o aquellos míticos argentinos, el trío no olvida ese tiempo cuando de la mano de Miguel Amate hacían llegar, con su pluma, poesías serranas hasta la orilla de la Caleta. Fueron unos herejes en su propia casa y luego unos desterrados de la tierra gaditana. Una historia convulsa donde, como ellos mismos dijeran, “la envidia es muy mala consejera aún más cuando es compañera de la terrible codicia”. José Aranda (Pati), su hermano Rafael y Manuel Ruiz han seguido una estela donde la ilusión ha dado paso a la competición, pero la sana; la bien entendida, la que te hace esforzarte mientras recuerdas de dónde vienes. La que te hace luchar, valorando dónde estás y con la nostalgia de lo que se queda atrás. Volar, saben volar por las hojas del calendario y migrar cada año, combinando su pasión por salvaguardar sus nidos. El vuelo de tres aves de paso, que si lo son o no, solo el tiempo será notario de su viaje, siendo lo verdaderamente importante la calidad del rastro que dejan a su paso.

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