El cineasta gaditano Julio Diamante. FOTO: GONZALO DEL ARCO.
El cineasta gaditano Julio Diamante. FOTO: GONZALO DEL ARCO.
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De un tiempo a esta parte, y gracias sobre todo a las posibilidades que brinda la tecnología, cada vez más al alcance de todos, cualquiera coge una cámara y se pone a rodar creyéndose al instante cineasta. Con el uso indiscriminado del dron, que en efecto toma imágenes muy pintonas, pero las imágenes pintonas no hacen una película, ya se cree el aficionado, y hasta el profesional, que está todo hecho. Sin embargo, y lo denuncio por enésima vez, muchos aspirantes a cineastas, o incluso algunos de los que ya empiezan a hacer cosas algo más serias, no han visto cine más allá de los años 90.

Durante un encuentro con estudiantes de audiovisual en Madrid, mi estupefacción fue extraordinaria al toparme de bruces con el desconocimiento de directores tan populares como Alfred Hitchcock, François Truffaut o ¡John Carpenter! (que es más moderno y, por fortuna, aún está vivo). No es que los estudiantes no supieran quiénes eran, que algo les sonaban, sino que no habían visto ni una sola de sus películas. No les estaba hablando yo de Miklos Jancsó, Jonas Mekas o Trần Anh Hùng, menos mal, sino de ¡Hitchcock!

En cierta ocasión, un aspirante a director me contó una idea, para él originalísima: dos mujeres que, cansadas de compartir al mismo hombre, un individuo que deja bastante que desear, deciden acabar con su vida. Sin un ápice de maldad por mi parte, puedo jurarlo, le dije “como Las diabólicas” y el chaval me respondió “¿Las qué”?... No solo no había visto la película de Clouzot, es que ni siquiera sabía que existía. Sin embargo, había tenido la osadía de pensar que su sinopsis era única por culpa de un bagaje como espectador más bien nulo (Las diabólicas es un título imprescindible, no una rareza). Y antes que cineasta hay que ser espectador, antes que escritor, lector…

En Cádiz también hay muchos jóvenes queriendo dedicarse al cine, pero, de igual manera, me encuentro con la desidia por el aprendizaje. No basta con subirse tres veces a un escenario para convertirse en actor, no sirve grabar unos planos para ser director. Hay muy pocos genios, el resto tenemos que aprender golpe a golpe, paso a paso, a fuerza de estudios y trabajo, trabajo y estudios, y con estudios no me refiero solo a los académicos, que tampoco están mal, sino a recurrir a quienes nos precedieron y a los que nos rodean, de antes y de ahora, con los ojos, el cerebro y el corazón muy atentos.

Pero sería injusto por mi parte arremeter únicamente contra los jóvenes que empiezan, porque en verdad más grave me parecen la ignorancia o la desidia, o ambas cosas, de buena parte de los que nos gobernaron y nos gobiernan hoy, no ya por el cine en general, sino por los cineastas gaditanos que han recorrido ciertos caminos y a los que o no se les reconoce o se les reconoce de una manera muy endeble.

No se trata de centralizarlo todo en Alcances, como si tuviese que ser el cajón de sastre del cine gaditano (que, por cierto, cumple 50 ediciones, ¡50!, y cuenta con apoyos exiguos cuando debería de apostarse por él para convertirlo en lo que debiera haber sido siempre: un festival grande, de referencia y con capacidad de trascender más allá de Andalucía), sino de distinguir de otra manera la figura de directores como Julio Diamante (que tiene una calle, por llamarla de algún modo, y que, por cierto, no sé cómo su archivo no está ya en Cádiz) o de Paco Periñán (uno de los primeros nominados al Goya Revelación y gran desconocido en nuestra tierra) o de actores como Manuel Morón.

¿Por qué no tener nuestro paseo de la fama, como los hay en Almería, Málaga o Madrid? En Cádiz se ha rodado, se rueda y se rodará mucho, y ha dado directores, actores y otros profesionales de renombre. ¿Por qué no contar con nuestro particular boulevard, que todo no va a ser carnaval, y mira que a mí las estrellas del Falla me parecen muy apropiadas, por ejemplo en el paseo de la Caleta, marco para rodajes por antonomasia, o en el marítimo, como se encuentra en Valencia?

Y menciono esta frivolidad por no hablar de asuntos más apropiados, aunque me temo que inabarcables, como un museo o casa del cine con su propia filmoteca (pero si aún no contamos con el del carnaval, me temo que el del cine no existirá nunca) y la posibilidad de crear encuentros con los profesionales. Por cierto, y sin querer ponerme ninguna medalla, pues solo me mueve aportar algo a mi ciudad, como académico he propuesto en varias ocasiones, y así ha quedado recogido en las actas de las asambleas, que la Academia de Cine tenga en cuenta a Cádiz en su programa itinerante.

Sea como fuera, nuestra ciudad debería reconocer con dedicación a algunos de nuestros cineastas, y antes que ninguno a Julio Diamante, cuya importancia en el cine español, no ya solo como director de títulos tan encomiables como Los que no fuimos a la guerra, sino también como director del festival de Benalmádena, uno de los más importantes de su época, creo que da para erigirle una estatua, como la que justamente ostentan Fernando Quiñones o Carlos Edmundo de Ory, en algún lugar destacado de la ciudad.

El cine en Cádiz también existe. Con Tom Cruise, Jude Law u otras estrellas de relumbrón, pero también con quienes salieron de aquí para aportar su mirada al cine español. Merecen atención. Al menos a mí, que sí sé quiénes son Diamante y Periñán, Francisco Pierrá y Manuel Morón, Juan Miguel Lamet y otros muchos nombres, me parece que a Cádiz le falta una gran apuesta por el cine y sus profesionales. Hasta ahora ha sido insuficiente.

Sobre el autor:

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José Manuel Serrano Cueto

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