En esta vida todo es cuestión de distancia, de verdades y falacias que amarillean.

“Déjalo ya. Recorre este silencio de naranjas sin sol y cipreses sin luna. Ahora que la verdad y la mentira se alejan fatigadas en el humo amarillo de un desdén, tendrás que defenderte de los rencores y del patetismo”. Hoy han vuelto a mi cabeza estos versos de Luis García Montero. Esa verdad y esa mentira que se distancian cansadas son tan reales que casi parece que se escapan vivas del poema. En realidad, en esta vida todo es cuestión de distancia, de verdades y falacias que amarillean. La vida se parece bastante a esa batalla fratricida que luchamos en la infancia, esa que auspiciada por un motivo estúpido nos tuvo al borde de romper la amistad que creímos eterna; esa que con el paso del tiempo ha amarilleado en el recuerdo y solo permanece en sepia, despertando para siempre, eso sí, una sonrisa de ternura y una furia furibunda.

Lo que al buen saber y entender de mi madre sería que todo depende del cristal con que se mira. Así son a veces la verdad y la mentira. Esto en época de preverdades, posverdades y toda la jerga postapocalíptica de la red social, debería comprenderse mejor que nunca. El poeta se ha visto abrasado estos días por un denso humo amarillo como el de su poema, el de las críticas feroces. El descarnado reproche se ha hecho uno con el escritor como blanco. De aquellos rencores y patetismos vienen estos lodos, que diría él. La causa confesa: un artículo de opinión. 795 palabras, título incluido, que le han valido los insultos desde muchos frentes. Lo han llamado fracasado por mear fuera del tiesto. Suele pasar. Montero ya sabía lo que se le vendría encima si osaba atentar contra la sacrosanta hermandad del “todos somos”. Nadie puede hacerlo. Pensemos por un instante en lo que eso significa… atentar contra ese constructo sintáctico, una masa en principio amorfa, uniforme, contra esa generalidad que de algún modo todos parecemos integrar. Eso son palabras mayores.

Nada que objetar contra ese lema “todalizador” en cuanto al calor humano que pueda proporcionar. Todos (o casi todos) compartimos la indignación ante el asesinato de un niño, todos (o casi todos) podemos empatizar con la impotencia de una mujer violada, todos (o casi todos) sentimos dolor ajeno ante el desgarro de un padre abatido por la pena. Si las salidas masivas a las calles tras un lema pegadizo impreso en una pancarta pueden servir para reconfortar a los familiares, bienvenidas sean. Hacia aquello capaz de minimizar el desconsuelo vayan todos mis respetos.

Para la tele, como en el verso, “la muerte es un contable perdido en la inocencia de los números”

Ahora bien, si se cae en el error del poeta y se comete la trasgresión de pensar más allá, puedes pagarlo caro. Si te dedicas a plantear las contradicciones de la condición humana, si buscas una causa estructural de fondo a la vileza, a la injusticia, a la desigualdad, corres el riesgo de que te llamen trasnochado. Si criticas la labor de un sistema mediático abyecto donde la rentabilidad lo puede todo y la audiencia manda caiga quien caiga, estás perdido. Para la tele, como en el verso, “la muerte es un contable perdido en la inocencia de los números”. 

Por lo visto, si vas contra el amarillismo, el denso humo amarillo te cae encima. Igual que si miras fijamente al abismo, el abismo te devuelve la mirada. También fue Nietzsche quien escribió lo de humano demasiado humano para referirse a aquellas pulsiones horribles que, por eso mismo, nos devolvían más a nuestra propia condición. Esa a la que pertenecemos una asesina execrable, usted y yo. Quien considera que puede decir lo que piensa de verdad, bramar contra el capitalismo que nos gobierna a todos, advertir que no existe individuo que no se construya hoy por y dentro de un sistema y de su perversión, sucumbirá al humo amarillo. “Quien se arriesga a vivir un sueño ajeno acaba por ser víctima de sus propios fantasmas”. Así acaba el poema Naranjas y cipreses, un poema de Luis García Montero.

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