Los dos últimos rebaños trashumantes de la provincia de Soria (imagen de archivo).
Los dos últimos rebaños trashumantes de la provincia de Soria (imagen de archivo).

Ya se van los pastores a la Extremadura; ya se queda la sierra triste y oscura.

Ya se van los pastores, ya se van marchando; más de cuatro zagalas quedan llorando.

Ya se van los pastores hacia la majada; ya se queda la sierra triste y callada.

  Esta popular canción proviene de la Sierra de Cameros (La Rioja), pero la trashumancia la propagó por toda la meseta española. Se canta en Navidades, se canta en coros e iglesias, se canta en las escuelas, la cantaron Aldaba e Ismael Serrano. Su éxito indica que aún tenemos la capacidad de emocionarnos con el remoto mundo pastoril del que proviene; esperemos que por mucho tiempo.

Al oírla no puedo evitar pensar en la poesía japonesa, que no tiene parangón en su capacidad de condensar en unas pocas sílabas las emociones e intuiciones más profundas y sutiles. Su formato más conocido, el haiku, es un brevísimo poema de 17 moras (o sílabas), divididas por lo general en tres frases de 5, 7 y 5 moras. Veamos algunos ejemplos (traducidos por Vicente Haya).

Koi koi to iedo hotaru ga tonde yuku

“«Ven, ven», le dije, pero la luciérnaga se fue volando.”

(Ueshima Onitsura)

Uri-ushi no mura o hanaruru kasumi kana

“Vendida la vaca se aleja del pueblo por entre la niebla”

(Hyakuchi)

Kozue yori ada ni ochi keri semi no kara

“Desde lo alto del árbol cayó sin el menor significado la cáscara de una cigarra”

(Bashô)

El haiku es una de las formas poéticas más difíciles para hablantes de otras lenguas, no sólo por la dificultad de captar lo que los originales connotan, sino porque fabricar haikus en otras lenguas supone un esfuerzo añadido de concisión. Y, de todas las lenguas, una de las menos indicadas es el verboso castellano: un haiku cualquiera en castellano cuesta por definición diez veces más que uno en japonés, y dice, también por definición, diez veces menos. Jorge Luis Borges aceptó el reto en uno de sus últimos libros (La cifra, 1981) y nos regaló algunos haikus elegantes, aunque demasiado intelectuales para los estándares nipones. Una emoción omnipresente en el haiku, clave para comprender su arriesgada propuesta estética, es una cierta resignación ante la transitoriedad de las cosas (mono no aware), que se acompaña de una empatía hacia su fugaz existencia, expresada casi siempre en términos impersonales, sobre todo mediante imágenes relativas a la naturaleza o los cambios estacionales (las hojas de otoño, el florecer de los cerezos…). Si bien se ha sobrevalorado la conexión del haiku con el budismo zen, pues encontramos precedentes en la literatura japonesa prebudista, no es menos cierto que a partir del siglo XVII muchos de los grandes creadores de haikus fueron monjes budistas, que encontraron en él un reflejo artístico de la doctrina de la impermanencia de todo lo que existe. Estas consideraciones budistas parecen quedar muy lejos de nuestros jóvenes pastores riojanos. Sin embargo, me parece que “Ya se van los pastores” cifra un sentimiento intrigantemente similar. El motivo principal es el cambio estacional (el comienzo de la temporada de la trashumancia). El narrador observa, quedo y anónimo, cómo un año más se van los pastores y cómo un año más lloran las zagalas del pueblo. La naturaleza cíclica de estos acontecimientos viene expresada magistralmente por el uso del adverbio ‘ya’ (“ya se van los pastores…”, “ya se queda la sierra…”). El resto de la canción lo componen sucintas descripciones de un paisaje permeado por los sentimientos implicados: “la sierra triste y oscura”, “la sierra triste y callada”. Aunque es más sentimental que muchos haikus (en los que mencionar el llanto sería poco menos que un tabú), no puede serlo menos en el marco de la poesía española. Esta punzante intuición del ciclo de la vida se diferencia también de un haiku en que aquí la transitoriedad no es percibida por un sujeto poético en los cambios de la naturaleza, sino que se desprende de los acontecimientos del año campesino, que acompañan a aquéllos, generación tras generación, desde tiempos inmemoriales. Como cabría esperar, nuestra canción presenta diversas variantes. En una de ellas, minoritaria, “vuelven” los pastores, arruinando el espíritu melancólico con la  esperanza fácil de un final feliz:

Ya se van los pastores, volverán cantando, los amores que dejan ahora llorando.

Casi se puede percibir en esta “corrección” impertinente la mano de algún folclorista decimonónico, no sólo por  la expresión conceptista de “cantar amores”, sino por la imagen idealizada de los pastorcillos cantando, que contrasta con la desolación que emanan los versos anteriores. También parece un añadido (seguramente por parte de los habitantes de Monfragüe) la estrofa:

Al pasar por Monfragüe se van alegrando: a la mesa extremeña  ya están llegando.

A la incoherencia del final feliz se le suma, en este caso, la del cambio de perspectiva: antes el  protagonista era el pueblo, con sus pastores que se marchan, su sierra oscurecida y sus zagalas llorosas. Ahora, de repente, avanzamos quinientos kilómetros para enfocar la sonrisa de los pastores en Monfragüe… Aunque nunca sabremos cuál es la versión originaria –si acaso hubo una originaria–, los veneros de sabiduría del pueblo pueden (y suelen) dar más de sí. La versión citada al principio, que es la más conocida, termina en una “sierra triste y callada”. Ello refuerza una repetición anterior: “Ya se van los pastores, ya se van marchando”. Pues el único regusto que deja la marcha, la marcha repetida, eterna, es el de una desolación silenciosa. Hoy en día no habrá muchos pastores o majadas, pero nuestra vida no deja de tener sus ciclos, empezando por los del nacimiento y la muerte, y esta resignación agridulce es la única reacción emocional que respeta el orden de las cosas. Como lo expresa otra canción popular en estas fechas:

La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va. Y nosotros nos iremos, y no volveremos más.

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