La muestra jerezana concentra cada año a 1.120 alumnos de diferentes puntos del mundo que aterrizan en la ciudad con ganas de aprender de los maestros, bailar por bulerías y conocer al detalle los tesoros de la provincia.

"En Hamburgo siempre escuché que a los españoles no les gustaba enseñar a los alemanes, que el flamenco era algo que tenían muy entre ellos", chapurrea Pia Beakman casi en un perfecto castellano. "Lo oí en mi tierra, pero después nada de eso. Para La Chiqui es un orgullo compartir su cultura con nosotros", agrega. Pia es una de las muchas cursillistas que florecen en Jerez por febrero-marzo, durante el jolgorio del Festival de Jerez. Como ella, muchas viajan a la ciudad de Lola Flores cada año atraídas por una música "familiar y cercana" que refleja pasión y una gran carga de expresividad. "Trabajo como analista de sistemas, y para mí el flamenco es una manera de sacar toda la tensión", comenta una de ellas sobre las cualidades de un baile profundo y añejo que brota desde las entrañas. 

Jana Rivano, una ucraniana de 40 años, camina con prisa por la calle Francos. Su falda larga de colores, los tacones y la mochila al hombro, la delatan. Se dirige a la academia de baile de Antonio 'El Pipa'. No va tarde, la clase comienza en unos veinte minutos, pero quiere postrarse frente al espejo y calentar un poco antes de seguir al maestro. Ella, profesora de danza clásica en Italia —su hogar a día de hoy y donde tiene abierta su escuela de baile—, lleva más de diez años asistiendo a los diferentes cursos que ofrece la muestra jerezana durante esas semanas en las que la ciudad es la "meca del flamenco". Dice que, a su edad, dejó aparcada la danza clásica para dedicarse únicamente a ser "bailaora". "Es un baile que siempre puedes hacer, da igual la edad que tengas, sale de dentro", apunta. A Brigitte Jenny, una bailarina suiza de danza contemporánea de 58 años, le ocurrió algo parecido. 

"Siempre escuché que a los españoles no les gustaba enseñar a los alemanes, que el flamenco era algo que tenían muy entre ellos"

A ella, original de Basilea, sus amigos, su núcleo del baile profesional, le recomendaron hace cuatro años que probara el flamenco por los problemas que podría acarrear su avanzada edad. "En un principio pensé que no iba a poder con él, que no era para mí. Le dije a las profesoras que no quería ir, que no iba a aprender a bailar flamenco. Lo veía muy complicado, muy rápido… pero ahora que lo practico me da muchísima alegría. No lo hago muy bien, lo hago a mi manera, un poquito lenta... pero al final me gusta muchísimo", comparte. No solo aparecen rostros europeos por los cursos del Festival de Jerez. En la peña flamenca Tío José de Paula, en pleno Santiago, una pareja de japonesas esperan ansiosas la clase maestra de Mercedes Ruiz. "Yo soy Mayumi", saluda una de ellas. "Y yo Masae, como masaje", responde con arte su compañera. Ambas, curiosas y alegres, sostienen que Andalucía es la tierra del flamenco. Justo a su vera, la brasileña Ludmila Rooha, confiesa que escogió Jerez por su tradición en este noble arte: "Muchas cosas creo que nacieron acá, en Andalucía, el origen del flamenco está acá". Tradición, esa que tanto añora el intramuros de una ciudad "amontillada". A las afueras de la sala Andrés Peña y Pilar Ogalla, en la calle Justicia, solo se escuchan quejíos, el toque de una guitarra, y rayos y truenos que retumban a puerta cerrada. ¿Dónde está esa tradición?

Es casi mediodía y la clase se toma un breve descanso. El cuerpo de Pia Beakman desprende vapor, un vaho que poco a poco se esparce y se pierde en el sol de la mañana. Cuenta compungida que hace años que su tierra, Alemania, dejó de lado sus costumbres, sus bailes, cantes... su cultura. Una pérdida que ha sabido masticar para luego construir su propia tradición. "Todos los que somos flamencos en Hamburgo nos conocemos". Pia, sin vacilar, dice que en su ciudad existe un barrio flamenco. "No es como uno de Jerez, porque no es la cuna del flamenco, pero es como una subcultura que para mí es una familia", incide. Ella, doctora de profesión, escogió el flamenco no solo como afición, sino como forma de vida. "Es muy importante que tu mente esté en un estado de salud para que tu cuerpo se pueda recuperar. Y yo creo que el arte es algo que necesitamos". Relata que de niña soñaba con ser bailaora, pero que al criarse en una familia donde la música no existía, encuentra relativamente tarde, con 22 años, la magia del baile. Lo que su cuerpo, desde pequeña, le pedía. "Y ahora yo canto, bailo y toco la guitarra todos los días en mi casa. No lo hago bien, pero no me importa. Me gusta estar en mi cocina escuchando bulerías de Jerez y cocinando mi pasta italiana. Es algo multicultural". 

"Me gusta estar en mi cocina escuchando bulerías de Jerez y cocinando mi pasta italiana. Es algo multicultural"

Como Pia, Dolores López Morilla, jerezana de 54 años, sentía la "llamada del arte" desde que era una cría. "Yo jugaba a bailar con mis amigas y montábamos como un teatrito. Recuerdo que en las fiestas de final de curso salía bailando y cantando el Achilipú de Dolores Vargas. Yo sola, sin tomar clases ni nada con 5 ó 6 añitos… pero hija, ya cuando me llevaron fuera de aquí". Por aquel entonces su familia decidió emigrar a Mallorca para "buscarse las papas". Se desvinculó completamente de su ciudad natal durante muchos años, pero ahora que saca tiempo, gracias a su trabajo de esteticista y naturópata, regresa a su Jerez por febrero para disfrutar de ese flamenco que le arrebataron. Llegan buscando alegría, y es que para algunas es su "momento de felicidad en todo el año”. 

Ser cursillista no significa devorar todos los espectáculos que acoge el Villamarta, el Palacio de Villavicencio y las diferentes salas del certamen. Paola Dorsi, original de la Toscana, Italia, explica que por las mañanas aprende flamenco y que por las tardes se recorre la provincia entera. Eso, sin contar los desayunos de molletes con jamón con las compañeras, o las salidas nocturnas por las peñas y los tabancos del casco histórico. Es la tercera vez que Paola asiste al Festival de Jerez, la cuarta para Brigitte. Dolores y Jana llevan ya casi diez ediciones. La pareja japonesa suman trece y Pia va por su cuarto año consecutivo. Ludmila es la única primeriza. Sin embargo, para estas alumnas da igual las veces que hayan asistido a las clases de Domingo Ortega o Manuel Liñán —por citar a otros dos de sus maestros—. No cuentan los cursos pasados. Siempre miran al frente y todas coinciden en que al año siguiente repiten. Hay algo que, pese a los miles de kilómetros que las separan, las une indisolublemente. ¿Adivinan? ¡Salud!

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído