esclavitud2_-_sevilla_en_1588_grabado_de_joris_hoefnagel
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La presencia de esclavos está documentada en actas y protocolos notariales así como en los archivos parroquiales y en las propias ordenanzas y normativas municipales de modo significativo.

Como es bien conocido, la esclavitud surge en el Neolítico y es una práctica frecuente ya en las civilizaciones del Próximo Oriente Antiguo. De esta forma, el esclavo —siervo o cautivo, con una clara diferenciación según el autor y la época referida—, se constituye como un elemento indispensable para la élite dominante al encargarse de las tareas más pesadas y forzosas o del propio trabajo doméstico. Una tónica que vemos reflejada de manera señalada en el Imperio Romano y que hereda, en cierto modo, la Europa medieval. Tras un considerable declive, podemos decir que el tráfico de esclavos volvió, como es obvio, a ser mayor en la Baja Edad Media, periodo en el que Europa y el Mediterráneo se abre a una mayor circulación comercial y que tiene su punto álgido en el siglo XVI tras la conquista de América. En este sentido, por su notable condición de puerto de las Américas, la ciudad de Sevilla se convierte en una de las capitales esclavistas del mundo. Y, como no podía ser de otra forma, la influencia de Sevilla en todas las ciudades de la Baja Andalucía —y especialmente Jerez— se hizo notar también en este aspecto.

Entre los estudiosos de la esclavitud en Jerez destacamos las investigaciones de Mingorance Ruiz, Abril Fuentes e Izco Reina que, en diferentes publicaciones y comunicaciones, han intentado sintetizar y concluir las líneas generales de un fenómeno que es difícil documentar con certeza. Los estudios que han hecho al respecto los dos primeros autores se enmarcan dentro de una cronología que comienza en 1424 —año en el que comienza una presencia documentada de esclavos en los protocolos notariales— hasta 1550 —en pleno reinado de Carlos I y con marcada influencia de las continuas guerras en Europa y la empresa americana—. Por su parte, Izco Reina ha utilizado el periodo 1550-1599, tomando de referencia las partidas bautismales de la parroquia de San Miguel. De una forma u otra, una vez reconocida la dificultad que comprende ofrecer datos sobre la esclavitud en Jerez y, por tanto, una serie de conclusiones al respecto, sí podemos decir que la presencia de esclavos está documentada en actas y protocolos notariales así como en los archivos parroquiales —el caso de San Miguel es revelador— y en las propias ordenanzas y normativas municipales de modo significativo.

El número de esclavos en Jerez no sólo fue considerable sino que porcentualmente parece acercarse a las cifras recogidas para la ciudad de Sevilla en investigaciones similares. De esta forma hablamos de en torno a un 10% de la población, en el que —excepto en algunos momentos— son mayoría los hombres, y con una ocupación vinculada, sobre todo, al ámbito doméstico. El número de esclavos documentados en Jerez en este periodo de tiempo es de 4.504. En cuanto al origen de los esclavos, podemos concluir que fundamentalmente eran negros si bien también había —aunque en menor medida— moros, moriscos, berberiscos e incluso orientales y canarios autóctonos. De hecho, parece ser que hubo una transición de un mayor número de esclavos de origen musulman en el siglo XV a una mayoría de negros en el siglo XVI. Un dato que refleja la situación originada tras la expansión americana y el comercio de esclavos negros que lleva consigo, en contraposición a la esclavitud bajomedieval castellana que se alimentaba fundamentalmente de musulmanes tras la conquista de la España musulmana. Por otra parte, la actividad laboral a la que se dedican los esclavos es, dentro de las citadas tareas domésticas, la cocina, la costura, el cuidado de los niños o el servicio, entre otros. Si bien parece que hay un número considerable de aprendices de oficio en torno a la artesanía —son más numerosos los esparteros—, el sector de esclavos que se dedique a labores del sector primario es prácticamente residual.

Uno de los aspectos a considerar, tal y como expresa a carácter general Franco Silva (1979:275), es la extensión social de la propiedad de los esclavos, siendo estos propiedad de diferentes grupos sociales. Entre ellos destacan sobre todo los dedicados al sector terciario, junto a los artesanos, los cargos institucionales y los eclesiásticos. En San Miguel, el principal arrabal de la ciudad, se localizan 724 dueños de esclavos de los 3.061 amos según la investigación de Mingorance Ruiz y Abril Fuentes. Dicho estudio incide, junto con San Miguel, en la importancia de San Dionisio, donde se localiza también un número considerable, a juicio de estos autores por la ubicación del centro artesanal, eclesiástico y comercial en esta zona de Jerez. La cotización del esclavo medio parece, además, haber aumentado considerablemente desde el primer año que tenemos constancia de su contabilidad —1424—, hasta mediados del siglo XVI: de 8.600 maravedíes a 24000.

En lo que respecta a las atribuciones físicas y sociales del esclavo, tenemos constancia en bandos municipales de su discriminación por parte de la sociedad y de las instituciones. El esclavo no sólo está desprovisto de condición humana en el ámbito jurídico sino que esta aplicación formal es apreciable en cada uno de sus actos. Uno de los bandos que utilizamos para acercarnos al primitivo carnaval de Jerez se reafirma en esta línea. Así se describe en dos documentos de las actas capitulares de la ciudad, de 1464 y 1505, respectivamente:

“Sepan todos que esta noble çibdat... es ynformada que munchs esclauos e esclauas... andan de noche por çibdat e por sus arrabales... para yr a hurtar e robar casas e otros munchos daños...”.

“...commo esta çibdat y los señores que en ella biuen tienen esclauos e porque los tauerneros les venden vino y se enborrachan y por el beuer del vino furtan a sus amos...”.

A la serie de restricciones y discriminación que recaía sobre este colectivo desprovisto de condición de humanidad, se le suman una serie de características que le distinguen del resto de los mortales. Véase en este caso una vestimenta particular, los hierros —señalado con la ese y con un clavo— o rasgos claramente físicos. La posesión de un esclavo daba, en resumidas cuentas, una posición de prestigio a su dueño y una inversión que, en ocasiones, generaba hasta plusvalías a su amo. El acceso a la libertad del esclavo, por otra parte, era posible aunque no habitual y se ejercía a través de unas condiciones que iba de la mano de una suma importante de dinero y la intermediación familiar. La integración de un liberto era muy complicada y más bien lo que hacía era abrir el camino para que con los posteriores cruces familiares disminuyan de forma progresiva su caracterización, física y social, de esclavo. Precisamente, algunos apellidos —como Moreno— podrían seguir señalando, tras varias generaciones, el origen de un determinado individuo. Menos información tenemos para Jerez en cuanto a la compraventa o comercio esclavista. Los datos que manejamos con respecto a la ciudad de Sevilla señalan un protagonismo de los genoveses en este tipo de tratas y, además, atestiguan ser una gran fuente de ingresos y de negocio para los negreros, un distinguido grupo social de la época. La huella del comercio esclavista llegó a ser tal que no se entiende este periodo histórico en la Baja Andalucía sin la figura del negrero y del esclavo.

 

Bibliografía

MINGORANCE RUIZ, J.A., ABRIL FUENTES, J.M. (2014). La esclavitud medieval en Jerez de la Frontera. 750 aniversario de la incorporación de Jerez a la Corona de Castilla: 1264-2014. Jerez de la Frontera: Colección Patrimonio.

MINGORACE RUIZ, J.A. (2006). La esclavitud en Jerez de la Frontera en 1542. Revista de Historia de Jerez, nº11-12. 2005/06.

MINGORACE RUIZ, J.A. (2007). Esclavos y esclavas en las partidas bautismales de la parroquia jerezana de San Miguel. 1550-1599”. Revista de Historia de Jerez, nº13. 2007.

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