Trío Arbós y Méndez estrenan 'Flamenco envisioned' en el Auditorio Nacional.

El corte brusco de las soleares popularizadas por Joaquín el de la Paula es como una elipsis que suspende esta excitante conversación musical en su punto álgido. Aparece como un apunte final después de hora y 45 minutos de crescendo en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional. Ese desenlace abrupto con el que se llega al último aplauso parece anticipar que esto no ha acabado aquí, que este bello experimento tendrá continuidad en el tiempo. En realidad, todo el rato tenemos una misma sensación, una mezcla de expectación y tensión por no saber qué ocurrirá en el siguiente golpe de muñeca o cuando el cantaor abra la boca. Eso, en el mundo del flamenco, donde a menudo los recitales y espectáculos son previsibles, estimula. Pero esa última letra, esa letra popular, habla de un paño fino al que le cayó una mancha, y habla de un paño que luego se vendió a bajo precio porque había perdido su valor a cuenta de esa mancha. "Un paño fino....". Esa letra, quizás, hable también de la historia del flamenco. Y no parece casual concluir así el concierto. Esa letra de El paño moruno, que el flamenco reescribió durante mucho tiempo adaptándola a su territorio, pertenece al conjunto de las Siete canciones populares españolas (1914), para voz y piano, de don Manuel de Falla, y ninguna como ella para simbolizar lo que encierra Flamenco envisioned, el estreno que ha inaugurado el ciclo Fronteras en el Centro Nacional de Difusión Musical.

El pianista granadino Juan Carlos Garvayo fija el arranque de este nuevo proyecto del Trío Arbós, Premio Nacional de Música en 2013 y uno de los grupos de cámara más laureados de nuestro país, en las palabras que escribió el compositor gaditano en el folleto del Concurso de Cante Jondo de Granada en 1922. Ahí se refiere a la necesidad de proteger al antiguo cante jondo que, “mal estimado e incomprendido por las gentes de ahora, se considera un arte inferior, siendo por el contrario una de las manifestaciones artísticas populares más valiosas de Europa”. Un paño fino manchado y minusvalorado, sí, pero, en realidad, un tesoro que, como dice el propio Garvayo, “estaba delante de nuestras narices, pero no lo veíamos”. "Pasaban los años y teníamos la sensación de que algo nos faltaba". La chispa la encendió Fernando Terremoto. De vuelta a casa en el coche, "después de uno de esos conciertos exigentes que te dejan el alma y el cuerpo medio apaleados", un quejío del cantaor del jerezano barrio de La Asunción desencadenó la revelación: "¡Es el flamenco!".
A partir de este ansia de puesta en valor, reencuentro y revisión de lo jondo, el Trío Arbós, con más de dos décadas de trayectoria y que ha actuado en más de 30 países y protagonizado una veintena de grabaciones, volvió a seleccionar a compositores —cuatro españoles, un francés, un italiano y un austríaco— para que, en esta ocasión, les escribiesen obras de no más de diez minutos y que giraran en torno a una reflexión personal sobre lo flamenco, ya fuese como punto de partida o de llegada. En paralelo, los componentes del trío, Garvayo, Cecilia Bercovich (violín y viola) y José Miguel Gómez (violonchelo), se empaparían de la riqueza expresiva y armónica de la guitarra flamenca para extrapolar a su música la forma de acompañar al cante tradicional, representado en este caso por la garganta vigorosa y rotunda de Jesús Méndez. Entre las piezas de nueva creación y los interludios de cante y acompañamiento clásico, el resultado no puede ser más sugerente y excepcional. Funciona. Ese paño fino, sin duda, ¡era el flamenco!

Porque aunque ya es habitual que el género dé cabida a nuevas sonoridades que renuevan su imaginario e, incluso, también sea frecuente el abuso de las fusiones que persiguen fines poco confesables, en esta ocasión la propuesta derrama verdad artística a chorros. Y eso que no siempre tiene fácil alcanzar su objetivo. Hay veces en las que Méndez se ve ajeno e incómodo entre el trío porque su voz es generalmente la que espera a los músicos, a diferencia de cuando está escoltado, por ejemplo, por la sonanta de Manuel Valencia. Otras veces, la traducción de las partituras creadas ex profeso para la propuesta se vuelve algo repetitiva e ininteligible. Pero cuando ambos universos consiguen la comunión la suma se vuelve prodigiosa. Tienen que ver las manos del cantaor acompasando su cante y argamasando la música con las palmas. Y tiene que ver el aflamencamiento del virtuoso trío, capaz de meter una falseta de Moraíto, de principiar la malagueña y el fandango natural con personalidad propia pero con respeto a las formas clásicas, y hasta de sentarse en el cajón peruano para acompañar al vozarrón de tenor de Jesús —un coloso en los fandangos naturales y en la malagueña de Chacón—. Méndez reutiliza en cada uno de los estilos que interpreta muchas de las letras que incluyó en su penúltimo disco, Añoranza, quizás el más logrado hasta ahora de su fulgurante carrera, y da la cara, hasta salir airoso, cuando aprieta la boca del estómago para sobreponerse a un trío que amenaza por instantes con fagocitar su voz.

Y luego está la fascinación al comprobar en directo cómo compositores propios y extraños se acercan al magma flamenco. A su manera, bajo su prisma. A veces, de forma inquietante; otras, como un desgarro. Fieles a la pelea que supone rebuscar en los sonidos negros, provengan de donde provengan (Manuel Torre estaba obsesionado con el sonido de los sostenidos y bemoles del piano). Pécou como ese hernandiano escarbar la tierra con los dientes pero por soleá; Sotelo como una Paquera espectral por bulerías; Jesús Torres al socaire de una Malagueña ausente —la única pieza que no era de estreno—; y, en general, de Cattaneo a Gander, pasando por Gálvez-Taroncher y Elena Mendoza, todos ellos hurgando en las raíces a través de la música como lenguaje universal. De enlace de todo eso, el Trío Arbós, como en un natural juego de manos, reinterpretando desde lo clásico contemporáneo el sentido ritual y tribal que encierra el flamenco —o el mairenero cante gitano andaluz en la voz de Méndez—, mucho más allá de sus 200 años de historia documentada. Hasta del público del Auditorio, sobrio y respetuoso en todo momento pero generoso en sus aplausos, se escapó un inconfundible Vamoh allá... flamenco. Por algo sería.

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