Recorte de prensa de la época.
Recorte de prensa de la época.

Fueron un clásico de los 80. A pesar de esa sombra de “ilegalidad” que siempre se cernió sobre ellos, tejida sobre todo en unos primeros años en que su existencia y difusión se forjó casi en la semiclandestinidad, es indudable que el vídeo comunitario forma parte de la memoria colectiva de muchos de los que pasamos nuestra infancia y adolescencia en aquella década maravillosa, que tantísimos recuerdos nostálgicos aún nos regala. El videoclub y el vídeo comunitario formaron por entonces un binomio vital en nuestro bisoño despertar audiovisual.

Aunque fue un fenómeno generalizado por todo el país, Andalucía fue la zona donde más extensión y popularización alcanzaron, llegando a concentrar más del 65% del total de sus usuarios y siendo la sede de alrededor de 200 empresas dedicadas a ofrecer entretenimiento por cable. Y dentro de nuestra región, Sevilla fue la provincia en la que mayor número de usuarios recibían este servicio. Hubo pueblos, como Utrera, en el que más del 80% de los hogares recibían la señal de alguno de los vídeos comunitarios que emitían en el municipio.

En 1987 una sentencia del Tribunal Supremo lo declaró “legal” aunque reconocía que no había legislación previa sobre el fenómeno y que se hacía necesaria una regulación, que no llegó hasta algunos años más tarde. Por aquel entonces existían alrededor de 350 empresas de vídeo comunitario en todo el país, que llegaban a alcanzar una audiencia de más de 3 millones de espectadores. Esa cifra, en aquella época, representaba casi el 10% del total de población residente en España. La relación con el sector tradicional, a pesar de todo, siempre fue complicada y polémica. Muchas salas de cine se vieron abocadas al cierre, culpando al vídeo comunitario de gran parte de la pérdida de espectadores.

Cierto es, también, que en aquella vorágine la propiedad intelectual y los derechos de autor fueron sistemáticamente vulnerados, al amparo de la laguna legal que el surgimiento imprevisto de este servicio había generado en una industria que se transformaba con demasiada rapidez. Y es que la ley, casi siempre, suele ir por detrás de los avances sociales y culturales. Sin embargo, algunas productoras, sobre todo las que realizaban films de serie B de bajo presupuesto, encontraron un filón en esta forma de exhibición que multiplicaba su público potencial y facilitaba el consumo y la explotación de sus producciones.

Otro rasgo característico del fenómeno fue la caótica estética urbana que resultó de todo aquello, con los cielos de ciudades y pueblos repletos de cables que iban de un edificio a otro conectando viviendas, cables que se cruzaban y retorcían sin orden ni concierto, por azoteas y fachadas, y que llevaban la magia del cine en formato VHS a miles de televisores analógicos.

Yo nunca tuve vídeo comunitario. Mis padres nunca quisieron instalarlo. A pesar de que lo pedí muchas veces y de todas las formas que me fueron posibles. Por eso me encantaba ir a casa de mi amigo Satu, que sí que tenía. Pasamos muchas tardes viendo sin parar una película tras otra, comentándolas, pasando miedo con aquellos productos de terror ochentero, disfrutando las comedias de desmadre, paladeando con fruición las pelis de acción, de aventuras o ciencia ficción.

Y es que recuerdo muchas películas que vi por primera vez en el vídeo comunitario de mi amigo Satu, tan heterogéneas, tan diversas, tan inclasificables pero, desde entonces, tan entrañables para mí: Los fantasmas atacan al Jefe, Perseguido,Noche de Miedo, Los Albóndigas en remojo, Robocop, El Piyayo, Teen Wolf, Desafío Total, To er mundo é güeno, To er mundo é… ¡Mejó!… También muchos de los actores y de las actrices que forjaron su estrellato por aquel tiempo: Stallone, Schwarzenegger, Bill Murray, Bo Derek, Kim Bassinger, Michelle Pfeiffer, Sharon Stone, Farrah Fawcett, Michael J. Fox… Hubo películas que vimos hasta cuatro o cinco veces, ya que las repetían en diferente horario a lo largo de una misma semana. Podíamos pasarnos toda la tarde de cualquier sábado sin despegar el culo del sofá, zampando bocatas de Nocilla y tragándonos sin parar todo lo que echaran por el tubo de rayos catódicos.

Y tampoco puedo olvidar los rótulos que anunciaban la programación diaria, realizados con aquellos rudimentarios ordenadores Spectrum, Amstrad o Commodore 64 de 8 bits, programados en lenguaje BASIC, que muchos sólo utilizábamos para jugar al Ghosts ´n Goblins, al Commando o a La Abadía del Crimen.

Aquellas tardes de vídeo comunitario forjaron muchos sueños cinematográficos pero, sobre todo, fraguaron amistades capaces de cruzar océanos de tiempo, tan férreas como indestructibles. Como esa camaradería que aún mantengo con mi amigo Satu, con el que estoy seguro que, más pronto que tarde, cumpliré alguno de aquellos sueños fílmicos que trenzamos durante tantas y tantas tardes de cine comunitario…

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