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'Habitantes del estante'. ¿Cuál es el verdadero placer de leer esta obra?

Solaris deja ese regusto agridulce de las grandes empresas en las que se embarca el hombre. Empresas de exploración demasiado enormes como para rodearlas en un abrazo que nos concilie a nosotros y al sujeto de estudio y nos dé respuestas; demasiado, también, como para que se concreten sus fallos y la sintamos como una pérdida de tiempo, un esfuerzo inútil. Solaris es, en esencia, inabarcable. El planteamiento de esta novela es en extremo original y es lo que más se disfruta de ella. Lem se comporta como un niño hiperactivo, curioso y juguetón; nos suelta sus disertaciones, con tanta pasión e inocencia que las acabamos aceptando como un bello aporte de vigor y realismo, de ese tan necesario en la ciencia ficción.

La historia tiene varios protagonistas: el primero un hombre, Kelvin; luego el hombre en general, materializado en una serie de sujetos suspendidos en una estación científica sobre un océano que está aprendiendo. Dicho océano es el otro eje de la novela. ¿Está empezando a vivir? ¿Muriendo? No es menester que yo responda esas preguntas; el verdadero placer de esta novela es ir diseccionando las posibles respuestas a las preguntas que la vertebran de la mano del imaginativo autor. Esa masa líquida posee una gran complejidad y representa, en su relación con los hombres, la historia de la ciencia y la metafísica; las preguntas sobre el sentido último de la vida y nuestra situación en el universo, siempre con cierto rigor y empirismo entre líneas. A lo largo del libro ese océano que envuelve el planeta Solaris irá poniendo a prueba a los hombres, explorándolos del mismo modo que hacen ellos con sus aguas. Las descripciones son ricas y cargadas de matices; Lem puede soñar mareas de gelatina, casi líquida, casi músculo, e islas de esqueleto poroso y transmitirlo todo al lector para que hasta el menos avispado las reconstruya con toda la riqueza posible. La estación científica merece una mención especial; sus habitaciones y mobiliario están tan bien descritos que de verdad nos sentimos uno más, yendo a la cocina, a ducharnos o a la biblioteca, a guarecernos del par de amaneceres y atardeceres de Solaris y hundir la nariz en los volúmenes de «solarística».

Estos científicos del Santo Contacto que en un principio se creían emisarios de la ciencia, ávidos de estudiar a Solaris, pronto se ven sumidos en las profundidades de sus propias mentes. El piélago, ese mar indómito, se alimenta de sus pensamientos y los materializa para ofrecer a los hombres una distracción en su estancia en órbita, o tal vez un motivo para darse a la locura. Kelvin, Straut, Sartorius; todos ellos reciben singulares visitas que les pondrán a prueba. El cosmos, telón de fondo de la obra, es lo único que se mantiene firme; los hombres están en fase larvaria de su desarrollo como especie, dan pasos en falso y tropiezan al no entender. Lo mismo podría decirse del océano, curioso pero temeroso y errático. Merece la pena dedicar unas horas a sumergirse en esta relación y averiguar si nosotros y el mar nos daremos la mano, en sentido figurado, y descubrimos juntos qué somos.

Stanislaw Lem nació en Polonia en 1921 aunque, como en el caso de Joseph Conrad, el área concreta pertenece ahora a Ucrania. Siguió los pasos de su padre médico pero interrumpió los estudios durante la Segunda Guerra Mundial. Pese a ser de origen judío, se zafó de los horrores del conflicto y, con el tiempo, se convirtió en uno de los mayores referentes de la ciencia ficción.

«Tal vez valga la pena quedarse. Sin duda no aprenderemos nada acerca de él, pero sí acerca de nosotros».

«El hombre se había lanzado al descubrimiento de otros mundos y otras civilizaciones sin haber explorado íntegramente sus propios abismos, ese laberinto de oscuros pasadizos y cámaras secretas, sin haber penetrado en el misterio de las puertas que él mismo ha condenado».

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