La compañía jerezana, ubicada ahora en Madrid y cuyo último montaje, 'Ahora todo es noche', está coproducido por la catalana Focus, hace estos días temporada en el Romea de la capital condal. Celebran 40 años de “obediencia ciega” al Teatro.

Más allá de la anécdota, aquel agente sevillano de la Guardia Civil que frenaba los escraches independentistas por fandangos de Toronjo y acababa arrancando oles en lugar de pitos y caceroladas, evidenciaba el poder conciliador del arte. Aunque fuese espontáneo y no profesional. La Zaranda, cuarenta años pisando tablas, un referente nacional e internacional de la escena, tiende estos días puentes de necesario diálogo y reflexión común en pleno corazón de Barcelona. No quieren llamarlo teatro político, pero en esencia lo es. A unos metros de esas Ramblas arrolladas hace poco por la barbarie, y en pleno apocalipsis 1-O, el Teatre Romea, en el Raval, alberga Ahora todo es noche (Liquidación de existencias). Es el último montaje de la compañía "inestable" jerezana, radicada ahora en Madrid (o "en ninguna parte"), y cuyo nuevo trabajo coproducen los catalanes de Focus Group (360.000 espectadores en 2016).

Todo un símbolo de lo que es capaz de conectar el arte. Pero también, ya metidos en esa harina teatral que pasa por el cedazo, una angustiosa metáfora de la indigencia que vive la cultura mientras por las cloacas chorrea toda la porquería desagüada desde los despachos oficiales, las sedes de los partidos, la banca y las multinacionales. Así lo explicita el director artístico del Romea, el veterano actor Carles Canut, quien asegura que con la presencia de La Zaranda en Barcelona, "pretendemos homenajear a los grupos históricos del teatro español, los que deberían ser patrimonio de nuestra cultura". Porque la cultura, añade, "es todo aquello que resulta útil para el ser humano y la llama de La Zaranda es de lo más útil que hay en el teatro español". Un homenaje que debería hacer lo público pero que, sin embargo, sale del esfuerzo de la iniciativa privada. País. "Siempre hablamos de las desolaciones del tiempo y después de tanto tiempo vemos cómo el teatro sigue ocupando lugares casi marginales dentro de la sociedad", se quejan los irredentos zarandianos, siempre tocados pero nunca hundidos.

Se volvieron invisibles, tan acostumbrados ya estamos a verlos, dormitando en los vestíbulos de las estaciones y aeropuertos, revolviendo en los contenedores de basura, haciendo cola en los comedores benéficos… Los vemos tan ajenos y apenas la cantidad de una mensualidad nos separa de ellos. Los arrojados por la borda de sus destinos, los náufragos en la oscuridad de un mundo hostil. A veces en silencio cruzan nuestra consciencia, aunque los evitamos como el beso del leproso, porque su miseria nos interpela. ¿Quién cree que tiene algo para siempre? 

En La Morera, un bareto en Sant Agustí, el grupo toma unas cervezas tras la doble función del sábado. Gaspar López Campuzano, Luis Enrique Bustos, Paco de La Zaranda (Francisco Sánchez) y Eusebio Calonge conversan e intercambian chascarrillos en torno a las mesas. "Seguimos en forma porque hemos tenido que reducir drásticamente el alcohol", viene a decir uno de ellos, mientras Quique da vueltas a la cucharilla de su infusión. A lo que le interrumpe Eusebio: "...Antes de las funciones". Acaban de vaciarse en el escenario con una catarsis que definen como "autopsia" y con la que celebran cuatro décadas de "obediencia ciega" al Teatro. ¿Autopsia? "Teníamos que matarnos para seguir vivos. Nos hemos independizado de nosotros mismos", responde Paco. Y abunda: "El teatro antes que nada, al menos así lo siento, es una ventana que da al interior del ser humano; esa ventana intentamos abrirla desde nuestro silencio más profundo y desde nuestro sentir más profundo, nuestro teatro nace de un sentimiento más que de una idea".

El director de la compañía es uno de los tres mendigos que abrazan la soledad y la desolación, pero también la esperanza y la fe, durante una especie de noche oscura del alma que desemboca (teatro dentro del teatro) en una versión libérrima del Lear de Shakespeare. Que empiece la disección zarandiana. "Tanta penuria, tantas penalidades, tanta batalla… ¿Para solo una obra de teatro?", pregunta el personaje que interpreta Bustos. A lo que responde el indigente que encarna Paco: "¿Y qué quieres? ¿Que los mendigos ganen batallas, que los pordioseros lleguen a reyes? En esto que no existe está nuestro reino. Reinaremos en nuestros piojos, en nuestra hambre y en nuestro frío". En mi hambre mando yo. Ahí reside la declaración de intenciones de un autorretrato minimalista en la forma, pero que abre una enorme sima en medio del escenario. Una sublimación de su lenguaje y su constantes inamovibles en un trabajo medular."Veníamos de estar acompañados por otros actores sobre el escenario en los últimos trabajos y el peso actoral era más liviano para nosotros, pero cuando vamos a cumplir 40 años, vimos que irremediablemente teníamos que hacer un guiño a nuestros orígenes y a nuestra historia, y teníamos que estar, digamos, el núcleo duro de lo que ha sido en este tiempo Zaranda", sintetiza su director y, junto a Gaspar, cofundador del grupo en 1978. "Era fuerte decidirlo —abunda al hilo de lo anterior— porque por primera vez teníamos una coproducción con el Romea, era Focus quien iba a estar detrás del trabajo. Y aunque ellos para nada pusieron ninguna condición a la hora de trabajar, pudimos haber optado por una producción más grande. En cambio, nuestro sentimiento nos llevó a que fuéramos los tres y a hacer esta autopsia de nosotros mismos. Cuando nos vimos los tres solos en nuestro espacio de ensayo, no tuvimos más remedio que matarnos para seguir vivos, y de ahí sale este trabajo en realidad, de enfrentarnos y mirarnos más profundamente que nunca al espejo de tantos años de batallar en los escenarios del mundo, en el mundo de la creación, y lo teníamos prácticamente imposible...".

El arduo proceso creativo, que les ha llevado por enésima vez a enclaustrarse durante meses en su nave de ensayos en Jerez, es resumido por Gaspar: "El trabajo ha sido difícil porque en el primer mes lo único que hacíamos era limpiarnos de la carga que es ser Zaranda. Es una carga que, en cierta manera, nos hemos tenido que quitar un poco para poder seguir viviendo el teatro. Desaparecer para que entre un personaje, que no se note ni que existes. Esa es la labor como actor que uno tiene, que es dura pero fascinante". "Realmente es una manera de desnudarnos con este trabajo, como siempre, pero esta vez quizás de una forma más drástica en lo que intentamos descubrir en la escena", apunta Enrique. En este punto, el dramaturgo del grupo desde los tiempos de Perdonen la tristeza (1992) matiza: "Más que un popurrí, que de eso huíamos, sí ha habido un reciclaje de la pulsión del lenguaje de estos 40 años, ha habido cierta indagación en lo que han sido las constantes de nuestro lenguaje, muchas veces con la intención de querer erradicarlo. Aunque uno no puede escapar de lo que es, siempre hay margen para la indagación. Para hacer algo nuevo solo hay que profundizar, no me estimula nada el rupturismo". 
En la rueda de prensa previa al estreno, en el hall del Romea, sostienen que "el teatro que no se dirige a todo el mundo, es mal teatro. La Zaranda siempre ha partido de un lenguaje muy enraizado popularmente, basado en el propio mundo que hemos ido viviendo. La Zaranda es teatro sin rebajarse a la vulgaridad que asola los escenarios y que usurpa el nombre de teatro". Viene esa respuesta a la pregunta de una periodista sobre cómo llevan que se les considere como una compañía de "culto". Y Paco dispara: "Fatal, lo llevo fatal, es una palabra que me molesta muchísimo porque es poner coto a la creación, cuando nosotros en realidad no le preguntamos a nadie cuando entra al teatro si sabe leer o escribir, si es de esto o es de lo otro. Lo único importante es que haya esa comunicación y que la gente esté dispuesta a participar. A mí me gusta hablar de pueblo, no de populacho, y el pueblo somos todos".

El teatro les ha llevado en estos 40 años a conocer de cerca la realidad de pueblos y sociedades de medio mundo, desde París a Nueva York, desde El Cairo a Bogotá, y al final hay algo siempre común al ser humano: la esperanza. Lo ratifica Calonge: "Siempre hay una gran esperanza en todos nuestros trabajos. En lo más oscuro de la noche, como en los versos de San Juan, siempre está la esperanza del alba. El espíritu humano siempre es capaz de vencer todas las atrocidades y los terrores a los que le somete el mundo. La poesía, como decía Dostoievski, nos salvará, y lo digo como creencia y como fe, porque nos eleva y nos hace mejores, y esa es la gran esperanza que mantiene La Zaranda a su paso por el mundo".

Gaspar L. Campuzano: "El trabajo ha sido difícil porque en el primer mes lo único que hacíamos era limpiarnos de la carga que es ser Zaranda"

En todo caso, que sea el público el que decida, una vez más, esta obra abierta en canal. "Si he aprendido algo en estos 40 años de oficio —incide el autor—, y aquí quedan algunos restos del naufragio que es siempre la creación, esos trabajos con los que hemos recorrido mundo, es que es el público quien acaba escribiendo la obra que va a ver. Hemos estado en muchos países, con muchas circunstancias, y todo cambia de contexto según dónde se hace, eso es lo que mantiene la vigencia de los clásicos en el tiempo. Aquí y ahora, en este momento, Ahora todo es noche, un título bastante desolador, sin duda refleja las situaciones por las que puede pasar el mundo en el que vivimos, pero será visto por el público y el público dirá qué es la obra".

¿Y después de esto qué? Curtidos en mil batallas teatrales durante cuatro largas décadas, Premio Nacional de Teatro en 2010, Francisco Sánchez ejerce de portavoz del grupo y replica: "La Zaranda nació para expresar lo que somos y lo que sentimos pero llega un momento en el que es el teatro el que verdaderamente se expresa a través de nosotros, y no al revés. Somos simplemente un hilo conductor, con una obediencia ciega, que pone en escena los lugares donde el teatro nos va llevando. Posiblemente sea el final, no lo sé". "¿Quién cree que tiene algo para siempre?". O como decía aquel fandango de Toronjo: La experiencia. Me moriré sin saber lo que enseña la experiencia...  

Ahora todo es noche (Liquidación de existencias) estará en el Teatro Romea (Barcelona) hasta el 15 de octubre. En la provincia de Cádiz podrá verse en el Festival Iberoamericano de Teatro (FIT) de Cádiz (26 de octubre) y en el Teatro Villamarta de Jerez (10 de noviembre).

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