Sánchez-Barbudo, el pintor jerezano del siglo XIX que se convirtió en un charnego en Italia

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Son las cinco y media de la tarde y el sol empieza a esconderse. En las puertas de la Escuela de Arte de Jerez algunos fuman y otros acceden como público para las II jornadas de pintura gaditana del siglo XIX. La gente se apelotona en la entrada del salón de actos. La ponencia de Gerardo Pérez Calero, catedrático de la Universidad de Sevilla, aún no ha comezando y algunos aprovechan para platicar un rato. Al fondo del salón, un gran número de personas de pie hablando, y al frente en primera fila, un hombre solo y sentado. Se trata de Adolfo de los Santos Sánchez-Barbudo, quien fuera médico psiquiatra del Virgen Macarena de Sevilla y ahora fotógrafo desde la última década es el próximo conferenciante en el acto. Adolfo no ha estudiado pintura, pero se ha criado con ella. Adolfo no ha trabajado del arte, pero siempre ha tenido la necesidad de crear, ya sea un cuadro o un libro. Adolfo vive el presente, pero confiesa que a veces le interesa más el pasado.

Natural de El Viso del Alcor (Sevilla), creció en la casa que fue la notaría de su bisabuelo, Adolfo Sánchez-Barbudo y Morales, al cual no llegó a conocer. De niño, en aquella residencia, se divertía jugando en el "soberao" (cobertizo), un lugar lleno de cachivaches, muebles y libros antiguos, desde donde empezó a descubrir todos los archivos de su bisabuelo Adolfo, y algunas pinturas y cartas de su hermano, Salvador Sánchez-Barbudo y Morales. "Ambos tenían muy buena relación; además de hermanos, fueron muy cómplices y muy amigos", incide. El mayor, Adolfo, estudió Derecho y se convirtió en notario. El mediano, Salvador, con una maestría precoz para la pintura, se transformó en un pintor reputado en Europa. Y el pequeño, Enrique, "es todo un misterio" para Adolfo de los Santos. Pero los tres consiguieron salir de la pobreza más absoluta cuando su padre, Francisco Sánchez-Barbudo, maestro jerezano, falleció muy joven y dejó a su mujer, Catalina Morales, viuda y madre de tres niños. "Por lo que mi tatarabuela decidió abandonar Jerez para buscar tiempos mejores en Sevilla".

Poco le habló su madre sobre el tío bisabuelo el pintor... "Él estaba presente en los comentarios de vez en cuando, alguna cosa que decía mi abuelo…". Si bien con nueve años Adolfo jugaba en el cobertizo con "una tablita pintada de un niño subiendo por un árbol, un cuervo queriéndole picar y el niño, con cara de terror, se hace caca", desconocía el valor que podía tener aquella obra. Pero... ¿qué hacía allí escondida... abandonada? Adolfo narra que Salvador Sánchez-Barbudo consiguió que un mecenas, José Juan Fernández de Villavicencio, conocido como el marqués de Castrillo, lo llevase a Madrid, donde desarrolló su pintura de escenas costumbristas, con personajes de la alta aristocracia, mientras se preparaba las oposiciones para obtener una plaza de pensionado en Roma. Pero unos años antes de marcharse a Italia, en 1982, presentó su obra La última escena de Hamlet en la Exposición Nacional de Bellas Artes para obtener el premio nacional de pintura, certamen en el que consiguió la segunda medalla. "Él cogió tal cabreo, que le dijo a su hermano: Yo no vuelvo más a España". Y cumplió su palabra.

"Él era el tío de Roma. Y ya está. Se casó con una italiana y se hizo totalmente italiano". El médico sevillano cuenta que Salvador Sánchez-Barbudo renegó de sus raíces españolas hasta tal punto que cuando le escribía una carta a su hermano Adolfo, lo hacía en italiano. "Me queda muchísimo por descubrir de Salvador, y todavía me pregunto, ¿por qué este hombre dijo, ya no vuelvo más a España? Y es que a mí me da la impresión que Salvador fue un charnego, pero en Roma. Él se hizo muy italiano. ¿Por qué no volvió?", se pregunta Adolfo. Rechazó al Estado español, pero sí que regresó. Adolfo indica que en los primeros años del siglo XX Salvador decidió visitar a su hermano durante todo un verano. "Fue en ese momento cuando pintó esa tablita y una serie de apuntes de escenas callejeras, por donde salía…". Esas pinturas las guardó su bisabuelo en el "soberao". Además de cartas, postales y entrevistas que le habían hecho a Salvador en Italia y que luego este envió a España para que su íntimo hermano y amigo las conservara. Y tanto que lo hizo. Su bisabuelo aglutinó todos los documentos y lo encuadernó. "Ese libro lo tiene un primo mío y tiene un valor tremendo, sobre todo sentimental, pero también para los estudiosos de la pintura del siglo XIX porque son documentos originales".

Salvador se convirtió en un pintor de gran nivel en el siglo XIX. "Vivió magníficamente, fue discípulo de Villegas y muy cercano a Fortuny, que por aquel entonces eran la élite de la pintura. Lo cobraba bien y vivía muy bien", indica su predecesor. Pero el 28 de noviembre de 1917 Salvador murió de fiebre tifuideas. "A él le gustaba la caza y en sus ratos libres se iba a cazar patos a la lagunas Pontinas, en Roma. Y allí había muchos mosquitos con bacterias del tifus, y los mosquitos le pegaron unos cuantos picotazos. Cogió el tifus, y como no había remedio por entonces...", explica Adolfo. Su viuda no tuvo otra salida que pedirle asilo al hermano de su difunto marido, a quien le envió una carta en la que le decía: "Tu hermano Adolfo te deja la mitad de lo que tiene para ti, pero yo quiero irme a España, porque yo aquí no tengo a nadie”. No obstante, la Primera Guerra Mundial todavía se estaba librando y el bisabuelo de Adolfo no quiso ir a por ella. “Yo no me muevo de mi pueblo en mi vida, se decía”. ¿Qué ocurrió entonces con las obras de Salvador? Se perdieron. "Podríamos tener una riqueza de cuadros de mi tío bisabuelo y no tenemos nada porque todo se lo quedó el Estado italiano". Obras que a día de hoy se encuentran distribuidas por Europa y Sudamérica.

Salvador Sánchez-Barbudo no tuvo descendencia. No obstante sus dos hermanos sí, y Adolfo es uno de los más interesados en su biografía, pero... ¿por qué? Confiesa que cuando empezó a recopilar información sobre su tío bisabuelo, comenzó a sentir que había un lazo invisible entre la imagen de él y su figura. "La verdad es que creé una especie de complicidad mental con él sin haberlo conocido". Adolfo de los Santos, que padece artritis psoriásica en las manos, tiene los dedos deformados, pero ello no le impide continuar con la pasión que comparte con Salvador el pintor. Coge bolígrafo y en una simple libreta de rayas, dibuja trazos que conforman un caballo esbelto. "Hombre, somos de Jerez, yo que sé. Y siempre me ha salido dibujar esto", murmura. Piensa que entre Salvador Sánchez-Barbudo y él hay una conexión especial... "Pienso que cuando nos vamos y dejamos cosas pendientes, alguien de las otras generaciones las retoman", expresa con dulzura. "Cuando visité Rome, y fui a un café que él visitaba, había un libro de visitas donde pinté este caballo y se lo dediqué a él", concluye con una enorme sonrisa.

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