Sabina como un ladrón en la noche

Joaquín Sabina, en su concierto en Jerez de septiembre de 2017. FOTO: JUAN CARLOS TORO.
Joaquín Sabina, en su concierto en Jerez de septiembre de 2017. FOTO: JUAN CARLOS TORO.

Dicen que, huyendo por arrabales úteros, Sabina anduvo suelto por Jerez.

Dicen que, huyendo por arrabales úteros, Sabina anduvo suelto por Jerez. La noche del pasado viernes 1 de septiembre, el cantante volvió diez años después a tocar en el Estadio Municipal de Chapín. El verano estaba caliente. El graderío rebosaba ese público heterogéneo que desde el fin de siglo viene acompañando al trovador de Úbeda: desde el minerío hasta el biempensante socialdemócrata, pasando por la pija y la crema de la intelectualidad. No sorprende toparse con la juventud triunfante ni, cómo no, con los últimos reductos del golferío militante que desde los 80 poblaban sus conciertos. Todos vienen a rendir tributo a este transcendente sátrapa.

A estas alturas el nuevo álbum es un éxito comercial incontestable y la gira, interminable. Todas las localidades vendidas. El revientataquillas sigue en plena forma. Sus acólitos pagan encantados el galáctico caché de su héroe. El viejo bardo ubetense lleva dos décadas con estatus de mito y eso, señoras y señores, se paga. Y se agradece. Desde el lejano 2005, año de su renacimiento artístico, Sabina parece embarcado en una especie de gira interminable. Con ansiedad, respeto y devoción se le espera por todos los países de habla castellana. No olviden que, parafraseando a Andrés Calamaro, Sabina es grande porque afuera le esperan multitudes. Un público hambriento de verdad que nunca se cansa de degustar las canciones cocinadas a fuego lento que por décadas viene confeccionándose en, la denominada por Diego Manrique, Casa Sabina.

Jerez esperaba puntual su encuentro con Lucifer. El tendido estaba sonriente, alegre y juvenil. Preparado para recibir su canción de la noche y los tejados. En este mismo feudo, casi una década atrás, Bob Dylan, maestro y huella alargada para el cantautor ubetense, habría dejado el canto colgado que Joaquín Sabina recogería inconscientemente para prolongar aquel recital. Sublimes sin interrupción. El primer tercio del concierto lo ocuparían seis de las nuevas canciones provenientes de su último álbum: Lo niego todo, Quien más, quien menos, Posdata, No tan deprisa, Lágrimas de mármol, Sin pena ni gloria y Las noches de domingo acaban mal.

La primera, Lo niego todo, se ha convertido en un clásico inmediato. Junto a Lágrimas de mármol, las más celebradas de la nueva hornada. Posee cierto aroma a canción definitoria, a definición de una etapa. Aporta solemnidad y, tal vez, el respetable sienta que el cantante trata de avisarnos que el tiempo pasa y nos vamos volviendo viejos. Primeros compases del recital y asistimos a una banda perfectamente engrasada, comandada por el simpar Pancho Varona y el preciosista Antonio García de Diego. En la ranchera rockera con aires de chulería y desengaño marca de la casa, Posdata, Chapín se puso a bailar. Esta letra juguetona con música del maestro Ariel Rot es la niña mimada del público.

Desde su primera escucha, Posdata se me antoja una canción perdida de Love and Theft. Con Sin pena ni gloria sentí el primer escalofrío de la noche. Junto a Leningrado y la canción que da título al nuevo trabajo, es mi canción favorita del Sabina de 2017. Imposible resistirse a esas guitarras punzantes y a esa melodía tan efectiva. Tal vez contenga la mejor estrofa del álbum: "El corazón mientras late / sueña con amanecer / abrazado a una mujer / que lo bese y lo rescate / y aunque pierda la fe / nunca da por perdido el combate". El primer bloque lo cerraría Las noches de domingo acaban mal, rock stoniano que bien podría ser, musicalmente hablando, una pista más del lejano Ruleta rusa.

El segundo bloque del concierto se tornaría en orgía tribal. La ceremonia litúrgica estaba servida y Sabina es consciente de ello. Tiene tantas canciones memorables que podría pasarse tres noches desgranando lo mejor de su cancionero y aún los más estudiosos celebrarían una cuarta y quinta noche. Con Una canción para La Magdalena el estadio susurra cada verso hasta la emoción. Ruido y Por el bulevar de los sueños rotos, lucen frescas y el público se viene arriba.

Peces de ciudad nos recuerda que estamos ante uno de los compositores más dotados en lengua castellana. La canción narra el viaje de aquel español que por un motivo u otro huyó y recorrió ese mundo ancho y ajeno. Con ecos armónicos de To ramona se nos relata las peripecias de un exiliado cualquiera que en su deambular particular descubre que "en desolation row / las sirenas de los petroleros / no dejan reír ni volar". Para cuando llegue Y sin embargo, las parejas ya se besan apasionadamente. ¿Qué decir de las palmas por bulerías con 19 días y 500 noches? Chapín disfruta y celebra las aventuras sempiternas de este mujeriego impenitente. Para los bises, Noches de bodas/Y nos dieron las diez. Y, sí, el verano acabó. Joaquín Sabina recalará el 9 de septiembre en París para tocar en el legendario teatro Olympia. La gira de nunca acabar continuará y Sabina continuará como un ladrón en la noche.

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