El Ballet Nacional de España, que ha inaugurado el 22 Festival de Jerez, ofrece un programa doble en el que la balanza artística se inclina en favor de una selección de clásicos de repertorio frente a lo contemporáneo.

Exhibir piezas de colección del repertorio de la compañía y ofrecer una amplia pincelada del nuevo proceso creativo abierto tras el cambio al frente de la misma hace ya más de un lustro ha sido el hilo argumental de la suite coreográfica con la que el Ballet Nacional de España ha levantado el telón de la vigésimo segunda edición del Festival de Jerez. La institución pública, que cumple 40 años y hacía casi década y media que no pisaba la muestra jerezana de danza española y baile flamenco, ha tornado lo que podía caer decididamente en el pastiche, o directamente en el copia y pega, en una sucesión de números convenientemente ensamblados y con la tensión suficiente para seducir uno tras otro al público. Con algún que otro altibajo, desde luego, pero con momentos muy vibrantes y de gran expresividad, especialmente en el preludio con la Eritaña de Albéniz, que coreografió el maestro Antonio Ruiz Soler, y en las piezas menos efectistas y mainstream de Alento, la segunda parte de la función y una de las obras creadas por Antonio Najarro desde que dirige el BNE.

El arranque ha sido una maravilla, con unas entradas en silencio a una escena dibujada de tonos pasteles y con una poesía visual en movimiento muy potente. Estas sevillanas boleras, que pudieron inspirarse en tierra roja fenicia o en un ventorrillo andaluz, han ido haciéndose enormes en su brevedad, hasta acabar en un clímax de puntas y palillos de una precisión y contención rotundas. La irrupción fulgurante de la pareja principal, las mudanzas en las variaciones de los diferentes solistas y la precisión cirujana del cuerpo de baile han compuesto un trepidante lienzo de gran belleza. Luego, el archiconocido Zapateado de Saraste, otra cumbre de don Antonio el Bailarín —al que, por cierto, según confesó en alguna entrevista, esta pieza "no le emocionaba” y solía bailarla “como un autómata”—, ha sido algo más plano, yendo siempre por delante el incuestionable nivel de factura técnica del elenco que integra la propuesta. Pero la técnica y el virtuosisimo, como bien sabía el genio sevillano, no lo es todo. Afortunadamente.Con una escenografía estéril cada vez que ha asomado —salvo en Ser, uno de los números de Alento, en la que Inmaculada Salomón se desliza con bata de cola y palillos por un columpio suspendido del cielo—, en la Soleá del Mantón todo lo ha ocupado este apéndice alado en manos de Esther Jurado, que se ha atrevido a emular a la gran Blanca del Rey en una de las coreografías más celebradas de la danza española. Los ecos de Manuel Torre en la voz del nieto de la Tomasa han reverberado tímidamente para impulsar esas raíces y alas de Jurado que han dado paso al archifamoso Bolero de Maurice Ravel, versión coregráfica de Rafael Aguilar. Danza estilizada de aire vintage que, salvo el vestuario, ha funcionado de menos a más hasta acabar envolviendo en un crescendo final al que se llega, con el mantra de la música y el sudor de los cuerpos elásticos y esa especie de cigarreras de Bizet con abanico, casi por agotamiento.

Después del descanso, Alento ha combinado momentos algo naïf, previsibles y almibarados con algunos hallazgos muy sugerentes, caso del movimiento con cinco bailaoras, Ánimas, mucho más logrado, disruptivo e imprevisible. Con las cinco mujeres jugando con sus batas de cola, desencadenándose de ellas y fundiéndose al final al fondo del escenario gracias a un gran empleo de la iluminación. Casi sin perder el hilo, los chicos han estado muy bien en Acecho, casi transportando a un musical de Broadway sin más apoyo que la expresión corporal en el más amplio sentido del concepto. Por lo demás, muchos fouttés, triples saltos mortales y un despliegue físico al más alto nivel —exceso de efectismo para buscar el aplauso fácil, al fin y al cabo—, pero poco poso y pellizco. Baile de autómatas, quizás, si hubiera que recurrir al discurso de Antonio, por cierto, primer director del BNE. Hasta llegar aquí, nada que ofrezca algo nuevo bajo el sol más allá de la recreación, el aburrido academicismo y ese gusto por incentivar en lo llamado contemporáneo o vanguardista todo aquello que sea vendible y/o exportable. 

Teatro Villamarta. 23 de febrero. 21 horas. Aforo: Lleno con las entradas agotadas. Ballet Nacional de España. Eritaña - Zapateado de Sarasate - Soleá del mantón - Bolero - Alento. Director: Antonio Najarro; asistente de dirección: Azucena Huidobro; bailarines principales: Esther Jurado, José Manuel Benítez; primeros bailarines: Aloña Alonso, Inmaculada Salomón, Sergio Bernal, Eduardo Martínez; Solistas María Fernández, Débora Martínez, Miriam Mendoza, Carlos Romero, Carlos Sánchez; cuerpo de baile: Cristina Aguilera, Estela Alonso, Sara Arévalo, Pilar Arteseros, Marina Bravo, Cristina Carnero, Alba Dusmet, Alba Expósito, Patricia Fernández, María Martín, Tania Martín, Sara Nieto, Carla Prado, Irene Tena, Vanesa Vento, Javier Caraballo, Antonio Correderas, Juan Pedro Delgado, Albert Hernández, Antonio Jiménez, Álvaro Madrid, Adrián Maqueda, Álvaro Marbán, Víctor Martín, Alfredo Mérida, Pedro Ramírez, Daniel Ramos, Axel Galán; maestra repetidora: Maribel Gallardo: repetidores: Cristina Visús; instructora de danza: África Paniagua; maestros de Ballet: Tino Morán, Raúl Tino; cantaores: Saray Muñoz, Gabriel de la Tomasa; guitarristas: Diego Losada, Enrique Bermúdez, Jonathan Bermúdez; rercusionista: Roberto Vozmediano; pianista: Coni Lechner; violinista: Albert Skuratov. 

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