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Vivir es volver a ver. Por ende, como escribió el poeta asturiano Ángel González, para vivir un año es necesario morirse muchas veces mucho. 

Vivir es volver a ver. Por ende, como escribió el poeta asturiano Ángel González, para vivir un año es necesario morirse muchas veces mucho. Nosotros, desde esta península tan entrañable de Iberia sumergida nos lo estamos pasando bomba. Las cosas como son: España como farsa es un pasote. Qué risas.

Un amigo me informa que desde anoche hay liga y nuevas elecciones. Otro me comenta que Niño Torres renovará sí o sí. Despierto y mi padre me destaca una entrevista magnífica de Luis Martínez al actor José Sacristán en El Mundo. Os invito a leerla. Resulta gratificante este tipo de entrevistas al hombre bajo el disfraz actoral. Es una gozada poder subrayar tantos entrecomillados brillantes.  No vamos a entrar en esta columna en postrimerías pero sí quiero decir (y que conste en acta) lo siguiente: admiro profundamente a Sacristán y, tanto es así, no me importaría ser algo parecido a él en otra vida. Me abandono al eterno retorno o, ay, a la reminiscencia antes de que el alzhéimer me azote la memoria y la integridad física. En sicología a esto se le llama identificación. Miel sobre hojuelas. Qué a gusto me quedo al poner en negro sobre blanco esta fascinación tan personal. Asuntos de proyección personal.

No quisiera yo volver a dorarle la píldora al personal. Ni ahondar en la euforia del forofo. Paseando por los mares del sur no tengo ánimo suficiente para empatizar con los soldados de la tribu. Me daría un síncope (o, mejor dicho, un paparajote) entrar en dimes y diretes. La vida es preciosa porque cuesta; a veces, ganas y, a veces, te chantajea. Todo sabemos que el tiempo pone cada cosa en su lugar: cada reina en su trono, cada payaso en su circo.

Respetemos el trabajo del vecino. Tendamos la mano al necesitado. Cantemos una bonita canción con nuestra mejor voz. Cuidemos a nuestros mayores. Dediquemos un momento al día a preparar comida rica. Salgamos los martes a tomar café con un amigo del alma. Aceptemos los reveses del día a día con calma. Nunca nada es para tanto. El fantasma de Canterville camina desnudo por siniestros ministerios y tiene miedo hasta de su sombra. La melancolía congénita que ahoga a la persona que amas inspiraría al mismísimo Egon Schiele.

Este taxón torpón tiene su propia nomenclatura. Espero que tú, lector aguerrido, también poseas la tuya. Ya huele a albero, a rebujito y a pescaíto frito. O, tal vez, a carretera y manta. Feliz semana. Carl von Linneo nos bendiga. 

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