"Cuántos alemanes vinieron aquí". El suelo a ellos les sale barato y a los nativos caro, espeta un rapero que enarbola una bandera de Andalucía la tarde de un 27 de febrero. Nadie imaginaría que fuera caro, pues acabamos de ver a la bailaora Irene Olivares maltratarlo bastante con el talón. "Cuando el andaluz está triste canta por alegrías", se despide rapeando El Borzo de Jerez, pero ya asoma por el horizonte un toque por seguiriyas...

Andalucía tiene varias formas de llorar, qué duda cabe, y el recital "Paisaje flamenco andaluz con jonduras", representado ayer en la Sala Compañía, conecta algunas de ellas sin por ello presumir de una gran consistencia temática. Oímos hablar de "esa Andalucía donde no cabía un olivo en el cielo", de ciudades como Medina donde, pese al sobrante agrario, "hasta las piedras se mueren de hambre". Una tierra que podría ser un edén y está regada con sangre, sudor y poca gloria. Reina una atmósfera lúgubre, con la presencia de dos sábanas tendidas evocando sudarios y la descripción, al comienzo, de un muerto "con todos los orificios de su cuerpo tapados para que la muerte no se siguiera derramando". La intención de la obra, de acuerdo con la sinopsis, es honrar "a todos los andaluces, hombres y mujeres, que cantaron sus miserias para no acabar convertidos, forzosamente, en animales sin nombre ni futuro". La narradora, por ejemplo, nos relata en un interludio la historia de su madre, que culminó su vida laboral rompiéndole una botella en la cabeza al explotador (olés del público).
La bailaora Irene Olivares se estrenaba en el Festival de Jerez con una fantasmagórica soleá y un control del poder de lo que en la India llaman mudras. Le cedió al tacón un solo y un acompañamiento de fandango robado a la guitarra de Santiago Moreno, autor de la música y los textos. En materia de cante, Wilo del Puerto osará la petenera (lo lúgubre obliga), mientras que Eva del Cristo tiene el pellizco que tenía Fosforito en un taranto que habla de cantar un taranto, que ejecutará a palo seco. Porque, además de esas dos Andalucías, la de la alegría triste y la de la seguiriya triste, el espectáculo se las arregla, en su brevedad (poco más de una hora), para conectar dos Andalucías aún más alejadas con una sesión de cantes levantinos, como aquel de "estará bebiendo vino y luego vendrá borracho". El cante, por lo general, es clásico, pese al ocasional rap.
Un aspecto de la dramaturgia que refleja fielmente la idiosincrasia andaluza es la forma en la que finalizan algunos de los cantes. Tenemos a los invitados José de los Camarones y Paco Moyano debatiendo en la lengua tonadesca, debate de un tipo que fue habitual en peñas y bares, salvo porque los silencios son pasto del sagaz violonchelo de Sofía Torres. La "discusión" termina por calentarse y se ponen a gritar los dos a la vez, como los tertulianos de la televisión, marchándose del escenario entre gritos, que ya quisiéramos en los platós. Es el primer acto, muy efectivo, y un motivo que se repetirá: Eva del Cristo sale corriendo en medio del cante, consolada por la bailaora, los cantaores en corro se dan el piro con su silla en cuanto rematan… En Andalucía somos gente muy de hablar por hablar, de hablar por los codos, pero también de hablar sola. De evadirnos en y con nuestra charla. Es nuestra terapia frente a los alemanes y sus compras de suelo, y frente a cosas aún peores que nos hacen los de aquí. Un paisito de gente desesperada que habla sola, de fantasmas enajenados que cantan por las esquinas y que, cuando les preguntan por sus manías, le quitan hierro con alguna frase hecha: "cada loco con su tema".


