La tercera versión de '¡Que suenen con alegría!', una vuelta de tuerca a la tradición músico-vocal de la Navidad, reúne por primera vez en un escenario, con química y mucha complicidad, a dos divas de la lírica y el flamenco como Ainhoa Arteta y Estrella Morente.

La calidad indiscutible de todos y cada uno de los músicos (espectaculares, desde luego, Lucía Moreno al piano, la guitarra de Santiago Lara y la versatilidad de Diego Villegas a la madera y vientos) y la química entre las dos divas, sin egos, con complicidad permanente, con gracia y naturalidad (hasta para esquivar algún problema técnico), propició que esta gran fiesta de la Navidad en la que se ha convertido casi cada año ¡Que suenen con alegría! haya encontrado su versión definitiva tras dos primeras experiencias menos redondas. Esta vez se abandonó el trío vocal de hace un par de años con tenor, cantaor y cantante pop, y se pasó al formato dúo. Pero no con cualquier dúo. Juntas por primera vez en un escenario, nada hacía presagiar que dos mujeres que habíamos oído cantar como los ángeles por separado pudieran alcanzar tal grado de comunión escénica en esta vuelta de tuerca a la tradición músico-vocal propia de estas fechas. Más si cabe, con el enorme obstáculo por medio de dominar géneros musicales tan radicalmente opuestos como la lírica y el cante jondo. Hondos los dos, pero en las antípodas en lo que a interpretación y puesta en escena se refiere.
Sin embargo, la tolosarra Ainhoa Arteta, afincada desde hace ya algún tiempo en Cádiz, se atrevió con todo: coplas a los Reyes Magos con acento andaluz; una pataíta por bulerías; y, por supuesto, se lanzó a entonar un homenaje-guiño a la Navidad en su tierra con el villancico popular Hator hator. Una especie de Vuelve a casa por Navidad en versión vascuence con la que hizo gala de sus "30 apellidos vascos". Eso sí, sin querer dejar pasar la oportunidad instantes antes de aclarar que, ante todo, “todos somos españoles”. La réplica durante la hora y media larga de espectáculo siempre la encontró en Estrella Morente, dama grande del cante que ya no necesita de apellido para exhibir poderío y facultades por méritos propios. En algunos momentos, como si le brotara del vientre, su timbre y su eco eran los de una soprano, siempre con ese requiebro vocal que transporta a lo sefardí o a cualquier esencia musical aún más remota que contiene el flamenco. Si hace una semana celebramos la vida en el espectacular homenaje que Barcelona rindió a su padre, Don Enrique Morente, en el séptimo aniversario de su muerte, anoche en el Teatro Villamarta de Jerez su hija mayor repartió sonrisas, gracia y garra sobre un escenario donde también quiso enviar un fuerte abrazo a la familia Moneo, que un día antes había perdido a su patriarca, el cantaor Manuel Moneo.
Jaleada desde el patio de butacas por su marido, Javier Conde, y la pequeña Estrellita, la granaína se deshizo en elogios ante el público por la ocasión que suponía cantar en Jerez y con una “genio” a su vera como “la Arteta”. Emocionada y humilde ante “la maestra”, Morente fue en la práctica quien ejerció de maestra de ceremonias, consciente de que, aunque el espectáculo y su libreto comportaban una importante carga lírica, era el flamenco y sus melismas los que levantaban el ánimo del público. En los Tangos del chavico ya se notó el calor que desprendía la voz y el contorneo de Estrella en escena. Hasta en Noche de Paz, envuelta en terciopelo, pareció encender una candela de un patio de vecinos de cualquier barrio histórico andaluz. Por el contrario, vestida de raso, era Arteta la que aportaba otra sobriedad, otro estremecimiento, al recital gracias a interpretaciones tan sobrecogedoras como su particular Ave María o incluso en su parte del dueto de Adestes fideles.

Esos contrastes se exprimieron al máximo en un escenario vacío, donde todo el protagonismo era para los intérpretes, la música y las letras. Apenas unas impresiones de color en parte del telón de fondo para significar algunos cambios de climas, pero todo desnudo escénicamente y ocupado sencillamente por un cónclave de artistas excelentes convocados en torno a las enormes figuras de Arteta y Morente, y dirigidos por la exigente batuta escénica de Paco López, autor intelectual de un evento que va camino de convertirse en nuestro país en eso mismo que simboliza cada año por estas fechas el gran concierto de Año Nuevo de Viena. Ya era hora de que alguien sacara brillo a esos cánticos de nuestra tierra. ¡Que sigan sonando con alegría!

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