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35 años después de su primera emisión se publica 'Verano Azul. Unas vacaciones en el corazón de la transición'.

No recuerdo si fue la segunda o la tercera vez que la repusieron, pero lo cierto es que durante una emisión de Verano azul circuló en mi barrio la leyenda urbana de que Chanquete, el incombustible anciano que echó ancla en 'La Dorada', una suerte de abuelo de Heidi que buscaba climas más tropicales, había muerto de verdad. Por aquellos años internet era una utopía, apenas leíamos otro periódico que el Marca, y la televisión y la radio constituían nuestro único cordón umbilical con aquella otra realidad que traspasaba los muros de nuestro pueblo. Al igual que nuestros pequeños héroes de la pantalla -Javi, Pancho, Desi, Bea, Quique, Piraña y Tito- no dimos crédito a los rumores, pero durante varios días, hasta que nuestros padres nos confirmaron que Antonio Ferrandis, que así se llamaba 'Chanquete' en la vida real, seguía vivo y coleando, rodando más series y películas, y que incluso con una de ellas había ganado España el Oscar a la mejor película extranjera, tuvimos nuestras dudas y quisimos con todas nuestras fuerzas que aquella noticia fuera un bulo y nada más.

¿Qué había pasado dentro de nosotros para que una persona ajena a la familia, un personaje de ficción que no gozaba de ninguna facultad prodigiosa como, por ejemplo, Bruce Lee, otro de nuestros ídolos de la época, nos importara tanto como para sentir su muerte? Creo que la respuesta hay que buscarla en que Chanquete reunía en un solo hombre todas las cualidades más nobles del padre, del abuelo, del tío y del amigo, un caleidoscopio de virtudes que chocaban en numerosas ocasiones con el ímpetu de los chavales a los que adoctrinaba, y que bien podíamos ser nosotros con sólo trucar la pantalla, como en Pleasantville, y poder escuchar sus "sermones", pasear por las calles de Nerja, repartiendo leche a los vecinos, recibir nuestra primera moto, enamorarnos como pardillos, desnudarnos en una piscina con una mezcla de chulería y rebeldía, organizar una campaña de limpieza, luchar contra la especulación inmobiliaria, asistir al ocaso de un mago en horas bajas, a la perplejidad de un enfermo mental que creía venir del espacio exterior, al divorcio de nuestros padres, a la soledad de una pintora que busca su refugio, a la aventura de explorar una cueva desconocida, al inconformismo de los desplantes con frases escogidas, a los secretos íntimos de los cantantes de moda... 

Como el personaje de Tobey Maguire en aquella película, los niños de entonces que hoy rozamos la cuarentena podríamos responder sin problemas a un maratón de preguntas sobre la serie sin temor a equivocarnos. La sociedad ha cambiado notablemente y Verano azul se ve hoy con un punto de sonrojo y algo de vergüenza ajena, pero entonces llegó en el momento oportuno para los niños que estábamos aprendiendo a vivir, esos niños cuya nostalgia siempre beberá de los inolvidables ochenta hasta caer, ciegos de mirindas y canciones infantiles, en un espejismo imposible de recuperar.

35 años después de su primera emisión el 11 de octubre de 1981 aparece Verano Azul. Unas vacaciones en el corazón de la transición (Alpha Decay, 2016), libro escrito por la periodista y escritora Mercedes Cebrián, compañera generacional de esos niños de los setenta que crecimos con la serie y sus sucesivas reposiciones. Sin dejarse llevar por el arrebato nostálgico-plañidero, la autora de El genuino sabor convierte a la ficción televisiva si no en objeto de tesis, sí en un icono cultural o fenómeno sociológico digno de un merecido estudio en el que ver reflejados los cambios sociales que se operaban en la España de la época. Cebrián aprovecha la ruta turística que organiza en Nerja Miguel Joven (el inolvidable Tito en la serie) para ir deslizando temas y cuestiones que van surgiendo a raíz de los comentarios del guía o de los escenarios a los que se va asomando como una turista mitómana más. Aprovecha también para insertar diálogos originales de la serie cuando vienen al caso y analizar situaciones, dilemas y problemas planteados en cada episodio como espejo de esa sociedad que se hacía a sí misma. El resultado es un inteligente ejercicio de "memorabilia" y tino ensayístico que sabrán captar en toda su profundidad los que se conozcan la serie casi de memoria.

Dice Mercedes Cebrián que probablemente a Miguel Joven se le acabe el trabajo dentro de unos años, ya que será difícil que aquella generación -esa en la que me incluyo- tenga relevo en las posteriores, y haya nuevos jóvenes que quieran hacer esa ruta como quienes buscan un tesoro perdido.

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