Pedro Garrido, Niño de la Fragua (Jerez, 1983), tiene su propio ritual antes de cantar. Utiliza una especie de lax vox casero con el que calienta las cuerdas vocales. Acelera como haciendo gárgaras, para en seco, vuelve a coger velocidad. "Esto estira las cuerdas, las contrae…", explica junto a Noelia Torrecilla, una joven alumna cantaora que es su fan número 1.
Con el afinador, acto seguido, coge tono: 5 por medio. Riesgo. "Ni bajito porque me jiño, ni alto porque me envalentono". En un recital, quizás baja al 4. "Ahí hay que dosificar. Pero aquí no, aquí vas sin red. Y que así sea", sentencia. Y se explica: "Si es de otra forma, la saeta es mentira. Trato de ponerme en el filo de la navaja, aunque haya un día, una hora y una ubicación para cantar la saeta. Trato de olvidarme adrede de todo eso para que para mí también sea, dentro de lo que cabe, una sorpresa, un me tiro por el balcón, un rezo cantado".
Tras una preparación técnica mínima, casi quirúrgica, llega el momento decisivo: lanzarse al vacío con un rezo cantado donde para él pesa más lo espiritual que lo puramente religioso: "Yo, por ejemplo, no soy especialmente religioso. Soy más espiritual que religioso. Y tengo mis cositas a las que me agarro. Cierro mis ojitos y busco WiFi, como yo digo. Y sale un rezo muy personal, muy íntimo".
Faltan todavía unos minutos para que el misterio de la Flagelación arríe en el final de Medina con Arcos. La saeta será desde un balcón a la altura del Teatro Villamarta en cuyo escenario tantas veces ha cantado el nieto de Tío Juane. Luego Pedro volverá a su liturgia cantaora: lax vox, afinador y nuevo triple salto moral saetero ante el palio de La Amargura.
"Cuando se canta de corazón y de verdad, hay siempre un temorcito, un riesgo, un caminar por el filo del desfiladero"
Esa búsqueda de autenticidad tiene un reverso incómodo: el riesgo metafórico de caerse. La saeta impone respeto. Subir a un escenario quizás admita algún fallo, hay posibilidad de remontar. En la saeta solo hay algo más difícil: la espera, los momentos previos, el riesgo ante la expectación de una devoción brutal bajo tus pies.
"Cuando se canta de corazón y de verdad, hay siempre un temorcito, un riesgo, un caminar por el filo del desfiladero. Hay siempre un desfiladero. Insisto, y por favor que lo haya", subraya el Niño de la Fragua. Cuando uno canta pensando más en el ego que en lo que sale del corazón, "es legítimo, pero a mí no me interesa", asegura un artista que se reconoce incapaz de escucharse después de cantar. "Me da pudor, como vergüenza ajena... no me gusta nada".
Un premio 'gordo' en la peña Buena Gente
Hace nada que ha ganado el primer premio del XLVII Concurso Nacional de Saeta organizado por la peña flamenca Buena Gente. Ha sido una edición sin precedentes en cuanto a la cuantía del premio, que ha llegado a una dotación económica récord de 10.000 euros, la más alta en este tipo de certámenes en Jerez. Para hacerse una idea, un Premio Nacional de cualquier modalidad artística son 30.000 euros. De modo que estamos ante un buen pellizco que no tiene nada que ver con aquel primer premio en este concurso que Pedro ganó cuando se organizaba en la antigua Caja en plaza de las Marinas.
En todo caso, su historial en el concurso de saetas de la emblemática entidad flamenca jerezana es dilatado: dos primeros premios, segundo, tercero… varios accésits. Pero lejos de llegar a esta edición con la presión de la reválida, Pedro Garrido hizo algo poco habitual en este tipo de competiciones —“porque son una competición”, remarca—: bajó sus expectativas al mínimo de forma consciente y deliberada. "El primer premio se ha disparado tanto, económica y cualitativamente, que yo me dije: estoy en la final, yo ya he ganado. Me lo dije de verdad”.
La saeta que nadie esperaba, ni él mismo
Lo que ocurrió después es ya parte de la conversación flamenca de esta Semana Santa. Niño de la Fragua salió, agarró la silla y decidió hacer lo que le naciera. Sin plan. Sin ensayo previo. Cuando algunos medios le preguntaron cuánto tiempo llevaba preparando la segunda saeta —la que, según él mismo reconoce, fue "una bomba"—, la respuesta los dejó sin palabras: "Nada, ni siquiera minutos". Tenía la letra en la cabeza porque la había cantado en la final del año anterior —él, además, suele escribir sus propias letras de saetas—, donde obtuvo el primer accésit, y no la había vuelto a cantar desde entonces. "La he cantado de nuevo como este año yo la sintiera. No hay nada más.”
El resultado fue una saeta que, en sus propias palabras, "se ha redimensionado, como si tuviera vida propia". Quince años separan este premio del primero. En 2011 ganó en la Plaza de las Marinas. Después vino la Sala Compañía, luego el auditorio de la sede de la Peña Buena Gente.
El concurso ha cambiado de sede, de junta directiva, ha sufrido pérdidas y fallecimientos, ha incorporado gente nueva. Y él también ha cambiado. "Me siento una persona tan distinta de hace 15 años. En tantos sentidos…, soy otra persona”. La dimensión mediática de esta victoria también le resulta llamativa en comparación con la primera. "Piensa que de 2011 a esta parte han pasado 15 años", recuerda. El tiempo y la evolución del concurso han amplificado el eco de este nuevo reconocimiento de una forma que entonces no existía.
Tanto ha sida la eclosión que ha concluido la Semana Santa de 2026 con un total de quince saetas en distintos puntos de Jerez y a distintas hermandades. Incluso ha tenido que acudir un día a Sierra de Yeguas tras ser reclamado para cantar al paso de una cofradía de la localidad malagueña.
Doctorando en Flamenco, diplomado en Magisterio y coordinador en Kriatura
Tras reanudar la marcha el Señor de la Flagelación, que es como si hubiera clavado esa mirada caravaggiesca en el rostro de Pedro, el cantaor y maestro habla de una vida profesional, más allá de la Semana Santa, que orbita en torno a la docencia. Se dio de alta como autónomo en 2018 para dedicarse a enseñar cante a nivel internacional. Es diplomado en Magisterio con especialidad en Música, hizo el máster de Flamenco y actualmente es doctorando.
"En septiembre ya entrego la tesis. Estoy muy en eso, en mi investigación, que me lleva mucho tiempo”. Y las clases de cante son, hoy por hoy, el centro de su mundo profesional. "De lunes a viernes tengo mucho trabajo”. Las conferencias y los recitales son, afirma, complementarios.
Y sus alumnos no vienen solo del barrio ni de la ciudad que es una de las cunas del cante flamenco. Vienen de Madrid o El Puerto, pero también de Dakota del Norte, de París, de Tokio, de Dinamarca, de Manchester. Gente que habla español a medias y con quien él se defiende en inglés. "Encontramos la formita de conectar", dice con naturalidad el heredero, junto a su hermano Manuel, de la estirpe de Nano de Jerez y Tío Juane, el icónico fragüero de la Estancia Barrera.
Además de todo lo anterior, Pedro Garrido es también uno de los coordinadores y director artístico de Kriatura, el primer festival flamenco para la infancia y la juventud que se celebra —desde esta próxima semana— en Jerez y que acumula casi una década haciendo cantera jonda y creando lazos increíbles entre la ciudad y Dinamarca, de donde es oriunda su impulsora, Kirstine Hastrup.
Cuando habla de sus referentes en la saeta, Garrido habla también de esenciales personales en el cante: Ángel Vargas es la música y Agujetas era lo primitivo, lo cavernícola de máxima pureza. Habla de aroma. Lo que en Jerez el mundo flamenco llama los lecos —los ecos, los metales y tesituras de voz—. "Me gusta la saeta, me gusta el aroma tan evidente que tiene de Jerez. Me gusta recordar al Gloria, a Paco la Luz, a la gente que le ha puesto el perfume a nuestra saeta. Me gusta recordarlos, honrarlos. Me acuerdo de mi bisabuela Manuela, de mi abuelo Juane, me acuerdo de cosas muy bonitas".
Cuando llega la fecha, abre el corazón y se expresa. Sin más preparación que esa memoria viva, esa herencia que lleva encima como quien lleva un aroma inconfundible que no se va nunca. Gloglo glogoooo…. Gleeeeee…gleeeee… De nuevo el aparatejo para la voz —como pueden ver en el principio del vídeo que acompaña a este reportaje—. Una pequeña botella con una cañita con la que Pedro calienta para saltar de nuevo.
