Portada del disco 'Vanguardia y pureza del flamenco'.
Portada del disco 'Vanguardia y pureza del flamenco'.
"El primer encuentro de la juventud sevillana con las drogas alucinógenas fue letal. Mane y Pepito [Saavedra] fueron sus primeras víctimas" Debemos este veredicto a Gonzalo García-Pelayo, testigo privilegiado de lo que se ha dado en llamar la "generación arcoíris" de Sevilla, el surgimiento de una mini-California en el asfalto tórrido de una ciudad franquista y folclórica. Una generación que en gran medida permanece incógnita, por la falta de materiales que registren lo que fue antes de que se “disolviera en ácido”. La banda Gong, por ejemplo, a la que pertenecían los citados Mane (o Mané) y Pepe, y hacia la que todos se deshacen en halagos, sólo nos dejó dos singles, más —se rumorea— un álbum inédito en paradero desconocido. En comparación con ellos, los Smash dieron bastante de sí: dos álbumes y casi diez singles. “El problema de Mane es que era una persona muy comprometida, con todo, ya fuera la música o sus experiencias alucinógenas, que terminaron convertidas para él en una cuestión casi religiosa: comenzó a ver a Dios por todas partes. Todo aquello, afortunadamente, ya pasó. Pero Mane no volvió a tocar” (García-Pelayo). Pero también en el caso de Smash se hablaba de un álbum maldito, que sólo unos pocos habían tenido el honor de escuchar. En él —nos relataba con dramáticos ademanes el primo del primo del primo de uno de esos anónimos privilegiados— se inventó el rock andaluz.

Smash dejo de dar señales de vida en 1972. Pasaron los años... Declinaba ya la década cuando se produjo un movimiento aparentemente insignificante en la industria musical española. Unos documentos traspapelados cuyas consecuencias resultarían impredecibles. Básicamente, todo el catálogo del sello Bocaccio fue traspasado a Zafiro. Vicente "Mariscal" Romero, encargado de Chapa Discos, se puso a rebuscar entre los materiales de aquella colección recién recibida, en pos de alguna rareza memorable. Los materiales se encontraban en unas oficinas de la madrileña calle Augusto Figueroa, que habían pertenecido al padre de Teddy Bautista. Mariscal Romero había oído hablar de aquellas sesiones que auspiciara Alain Milhaud, donde Smash, ese legendario grupo del underground sevillano, grabó su único éxito radiofónico: "El garrotín". Quizá era todo una fábula, contada por unos sevillanos más exagerados que la madre que los parió... Pero no. Localiza las cinco canciones grabadas por Smash en la Costa Brava, dos de las cuales eran aún inéditas (corre el rumor de que existen dos más en algún cajón, de las que nadie se acuerda). "Éramos todos amigos, éramos todos progres en el año 70. De hecho yo estaba haciendo la mili, tenía el pelo corto, y tenía noticias de aquellas canciones, miré en los armarios, encontré de pronto esas cintas y me pregunto: ‘¿Esto qué es?’, y me encontré otras cintas de El Agujetas, entonces es cuando armo con esa pasión mía andalucista el disco y se lo doy a Zafiro y sale el disco histórico” (Mariscal Romero). O puede que fuera una intentona de explotar el éxito comercial del que disfrutaba entonces Manuel Molina con Lole y Manuel, pues el nombre del recién llegado se colocó el primero y la carátula lucía una de las fotos de la banda con él, aun a costa de dejarse fuera al bueno de Gualberto. El título: Vanguardia y pureza del flamenco (Chapa, 1978). En una cara, el psicoflamencopop de Smash: "Tarantos", "Alameda's blues", "El garrotín", "Ni recuerdo, ni olvido" y "Tangos de Ketama". En  la otra, una sesión (quizá de 1974) de Manolo Sanlúcar con el cantaor Agujetas, quien acababa de consagrarse el año anterior, tras ganar el Premio Nacional de Cante de la Cátedra de Flamencología de Jerez. En lo que a Smash respecta, aparece, al fin, la primera música que podemos llamar flamenco-rock con todas las de la ley. La síntesis es menos fluida, menos estructurada, que en las composiciones posteriores de Alameda o Triana: si éstos facturaban sonatas, lo de Smash era una suite. Las guitarras eléctricas y flamencas no se superponen, sino que se ceden respetuosamente el turno. Sólo en sus mejores momentos se alza el cante sobre el fondo pop, generando un contraste aterrador, una descontextualización revienta-tímpanos que se aprecia mejor en la pieza maestra, "Ni recuerdo, ni olvido". Pero, por muy pioneros que fueran Smash en el terreno, lo tardío de la publicación reduce su impacto al mínimo. Smash inventó el rock andaluz y no se enteró (casi) nadie. Y lo que es peor: en el futuro serán vagamente recordados como los abuelos del rock andaluz por esas cinco canciones, en lugar de ser recordados como la banda psicodélica española por excelencia por todo su trabajo anterior. No terminan ahí las injusticias. El cantaor emparejado con Smash no era otro que Agujetas. Es de sospechar que no le hiciera demasiada gracia colaborar en la presentación del retoño: se utilizó material de estudio propiedad de la disquera, que podía hacer con él lo que le placiese. ¿Qué pensaría el gran cantaor cuando se vio junto a esos fantoches melenudos y sus tarantos ácidos en espanglish? ¿No se aprecia un sentimiento de culpa, culpa por haberse utilizado su nombre para promover ese engendro, detrás de su reivindicación hasta la muerte de la pureza del cante gitano? Él, que rompería la endogamia de su clan al tomar en matrimonio a una bailaora japonesa; él, que acompañara a Gualberto en sus directos de 1975... Él, que en la loca espiral de una época, en un desliz perfectamente excusable, grabará junto al sevillano un disco con sitar en 1979 (Gualberto y Agujetas, Movieplay), con letras clásicas como:

"De los árboles frutales me gusta el melocotón y de los reyes de España, Juan Carlos de Borbón."

¡Pero bueno! ¿No estaban hechos los unos para el otro? ¿Acaso ha habido artistas más indomables en la historia de la música española que el Agujetas y los Smash? En sus casas los conocerán. E incluso puede que los reconozcan.

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