Smash y Manuel Molina, que cubre su imperdonable pelo corto con una gorra, en la Playa de Aro (1971).
Smash y Manuel Molina, que cubre su imperdonable pelo corto con una gorra, en la Playa de Aro (1971).

“A mí me importa poco

que un pájaro en la alameda

se pase de un árbol a otro”

Anónimo.

Mal que bien, y más tarde que temprano, los Smash grabaron en 1971 varios temas de su particular síntesis de flamenco y rock, que pasa por la primera de pleno derecho de la historia. De todas ellas se escogió el single "El garrotín/ Tangos de Ketama" (Bocaccio, 1971), cuya cara A, pachanguera y fascinante, sería el punto álgido de la popularidad del grupo, al entrar en las listas veraniegas. Por fin la gente bailaba algo de Smash, y no se retorcía descontroladamente con algo de Smash.

Sin embargo, Gualberto no andaba nada contento: habían tomado la canción más floja y sencilla de cuantas grabaran. “Por aquella época, uno de los mánagers habló conmigo y me dijo que si aguantaba dos años me iba a forrar y que después ya haría la música que verdaderamente me gustaba”. Pero Gualberto eligió su vocación y se fue a Estados Unidos a practicar su sitar. Smash empezó a disgregarse a velocidad de vértigo.

“Cuando después del Garrotín me fui a Estados Unidos mis compañeros no duraron prácticamente nada ¿por qué? Porque igual que a mí a ellos tampoco les gustaba la dirección que estaba tomando la música del grupo, yo simplemente me fui primero porque siempre lo he tenido muy claro, con Philips me fui porque no quería grabar lo que quería el manager y el productor, y con Bocaccio más o menos lo mismo” (Gualberto).

El siguiente single fue la progresiva "Ni recuerdo, ni olvido" (Bocaccio, 1972). Era aquí donde las aguas procelosas del rock y el aceite de oliva virgen del flamenco se entrecruzaban en una misteriosa yuxtaposición, reminiscente de Schönberg. La disquera volvió a faltarles el respeto dividiendo arbitrariamente la canción en dos partes. En este punto Julio no resiste más y lo deja.

https://youtu.be/0HEULkz3_WM

Para 1972, Smash había desaparecido. ¿Se debía, como declararon sus integrantes, al maltrato por parte de las discográficas, o la desbandada obedecía a otras razones? Su productor ofrece una versión muy distinta. Smash no serían aquellos profesionales visionarios enclaustrados en su arte que despreciaron la comercialización y el juego sucio de la industria musical. Smash era más bien una panda de malandrines. Aquellas sesiones en la Costa Brava destacaron por su bravura. El experimentado productor Alain Milhaud, que había trabajado con Los Bravos, Los Canarios y los Pop-Tops, conserva el siguiente recuerdo:

“Los Smash no supieron aprovechar la oportunidad que se les brindaba y, en lugar de trabajar para montar un repertorio propio e interesante, gastaron el tiempo entre continuas e inconfesables juergas lúdicas y psicodélicas, rodeados de sus respectivas mujeres y otros invitados e invitadas, y dormir para recuperarse de un consumo desmesurado de alcohol y drogas de todo tipo. Cuando por primera vez acudí a Lloret de Mar para conocer el repertorio del grupo y ensayar con ellos [...] tuve que esperar más de tres horas antes de osar pretender escuchar algún que otro tema malo, aburrido, mal estructurado, en una palabra: inservible. Hubo una fuerte bronca con amenaza mía de romper nuestro acuerdo. [...] El grupo, bajo la dirección del equipo de management de Oriol Regàs, tuvo la oportunidad de actuar en numerosas ocasiones y en grandes recintos. Sin embargo, en pocas semanas dejó fuera de servicio el material que Oriol les había comprado y puesto a su disposición. Ello motivó legítimamente el enfado de Regàs y su ruptura con el grupo, que se desintegraría poco después. Los Smash quisieron imitar a Jimi Hendrix y The Who y, en un momento de completo descontrol, rompieron sus Marshalls con sus guitarras, sin reparar en que los inventores de ese particular show utilizaban amplificadores y bafles preparados para la circunstancia. Destruidos los de Smash, el combate cesó por falta de combatientes. Una historia lamentable que recuerdo con desgana y tristeza” (Salvador Domínguez, Bienvenido Mr. Rock, SGAE, 2002, pp. 574-575).

Hay que añadir, para ser justos, que según Henrik Liebgott, “al final nos quitaron los instrumentos y todo. Los músicos están siempre más abajo en el tótem de la industria. Ya se sabe”. ¿Fueron confiscados aquellos instrumentos o fueron sacrificados a los dioses del rocanrol? Gastándoselas como se las gastaban, no podemos descartar del todo lo que dice el francés...

We Come To Smash This Time. Hendrix a la española. Furia sin trampa ni cartón, ni vaselina. Mientras fríos técnicos como The Who seleccionaban con cuidado el equipo especial cuya destrucción escenificarían cada noche para regocijo del público, Smash, como buena parte de esa generación criada con sus suspiros puestos más allá del Cantábrico, se creía que los trucos eran de verdad. Cegados por la luminosidad de los neones del pop, los sevillanos remedaban lo que les venía del extranjero del modo en el que ellos imaginaban que debía de hacerse. Ídolos que nunca dejaron de ser fans, montándoselo como mejor podían. Artistas que siguen siendo artistas, pese a los años. Leyendas muy vivas.

Así acabó la dulce odisea de la banda Smash. Seis meses en la Costa Brava para grabar cinco canciones dicen mucho de aquellas “continuas e inconfesables juergas lúdicas y psicodélicas”. Su mánager Ricardo Pachón, que les acompañaba, lo resumía así: “nos disolvimos en ácido”. Lo vendía un señor alemán a cincuenta pesetas la dosis: los sevillanos nunca habían visto nada igual y es obvio que lo aprovecharon.

En 1973, Smash era ya un turbulento recuerdo. Pero no termina aquí nuestra historia.

Sólo había otro andaluz igual de azalvajao' que estos chicos de Sevilla y Copenhague. Alguien que exclamaba al oído de todo aquel que quisiera a oírle (y a quien no también) que él (y no otro) era el “hombre libre” por excelencia. El puro entre los puros, que resistió sin despeinarse la década de los modernismos de Camarón y Paco de Lucía. El destino, el mismo que había llevado a Gualberto a Woodstock y a Agujetas a Japón, iba a unir lo mejor de ambas orillas del flamenco.

“Todo es mentira. El flamenco es mentira y los libros que hay de flamenco son mentira. Aquí no ha habido más cantaor que Juan Talega en esa época que yo conocí. Cuando yo lo conocí a los pocos días se murió. Conocí a la Niña de los Peines y a los pocos días se murió. No he conocido más viejos” (Manuel Agujetas).

https://youtu.be/h9XqZ94flMI

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